Nos faltan tres

Regresaron al país, para que sus familiares puedan acogerse a los ritos del duelo, los restos mortales de Javier Ortega, Paul Rivas y Efraín Segarra, malogrados periodistas brutalmente asesinados en alguna zona indeterminada de Colombia por un disidente esmeraldeño de las FARC, factores que de por sí grafican la compleja escenografía zonal de un conflicto que terminó por pasarnos una dolorosa factura a quienes por décadas nos autocalificamos como “isla de paz.”
Es muy importante subrayar, sin embargo, que Ecuador no sufre problemas de violencia endémica. Aunque desde una perspectiva generalista podamos decir que hay problemas de violencia estructural, propios de un país en vías de desarrollo caracterizado por diferencias sociales insultantes, donde la pobreza y la desigualdad, hay que repetirlo mil veces, no solo engendran violencia sino que son una forma de violencia en sí mismas.
De cualquier forma, los ecuatorianos no hemos naturalizado escenas con cadáveres en las vías o asesinatos brutales y desalmados como algo banal o cotidiano. Esa posibilidad nos escandaliza, todavía, a diferencia de lo que vemos, por ejemplo, en México, donde la gente sale a las calles para festejar el triunfo contra Alemania pero no acompaña en las mismas vías a las madres de los 33.000 desaparecidos, o en Colombia, donde su presidente dijo, con cierto dejo de indiferencia, que habían encontrado “unos cadáveres” que podían ser los de nuestros periodistas. Situaciones similares se viven, lastimosamente, en Venezuela, en Honduras o en El Salvador, entre otros países hermanos que están desbordados por el fenómeno brutal de la violencia la cual ha convertido nuestro continente en el más violento e inseguro del mundo.
La solución, para los ricos, es aislarse. Construir ciudadelas con grandes muros y compañías privadas de seguridad. Pero aquello no es viable socialmente. La solución, para erradicar la violencia o al menos controlarla, por supuesto pasa por un correcto uso progresivo de la fuerza por parte del estado, pero la represión jamás será la vía para resolver un problema que demanda, a todas luces, educación, una comunicación que no lucre de la crónica roja, ciudades que permitan y fomenten el uso del espacio público y, sobretodo, de una sociedad que se construya sobre la base de la igualdad de oportunidades. Alcanzarla será el mejor homenaje no solo para Javier, Paul y Efraín sino para todas las víctimas de la violencia. (O)

Los ecuatorianos no hemos naturalizado escenas con cadáveres en las vías o asesinatos brutales y desalmados...

Nos faltan tres

Regresaron al país, para que sus familiares puedan acogerse a los ritos del duelo, los restos mortales de Javier Ortega, Paul Rivas y Efraín Segarra, malogrados periodistas brutalmente asesinados en alguna zona indeterminada de Colombia por un disidente esmeraldeño de las FARC, factores que de por sí grafican la compleja escenografía zonal de un conflicto que terminó por pasarnos una dolorosa factura a quienes por décadas nos autocalificamos como “isla de paz.”
Es muy importante subrayar, sin embargo, que Ecuador no sufre problemas de violencia endémica. Aunque desde una perspectiva generalista podamos decir que hay problemas de violencia estructural, propios de un país en vías de desarrollo caracterizado por diferencias sociales insultantes, donde la pobreza y la desigualdad, hay que repetirlo mil veces, no solo engendran violencia sino que son una forma de violencia en sí mismas.
De cualquier forma, los ecuatorianos no hemos naturalizado escenas con cadáveres en las vías o asesinatos brutales y desalmados como algo banal o cotidiano. Esa posibilidad nos escandaliza, todavía, a diferencia de lo que vemos, por ejemplo, en México, donde la gente sale a las calles para festejar el triunfo contra Alemania pero no acompaña en las mismas vías a las madres de los 33.000 desaparecidos, o en Colombia, donde su presidente dijo, con cierto dejo de indiferencia, que habían encontrado “unos cadáveres” que podían ser los de nuestros periodistas. Situaciones similares se viven, lastimosamente, en Venezuela, en Honduras o en El Salvador, entre otros países hermanos que están desbordados por el fenómeno brutal de la violencia la cual ha convertido nuestro continente en el más violento e inseguro del mundo.
La solución, para los ricos, es aislarse. Construir ciudadelas con grandes muros y compañías privadas de seguridad. Pero aquello no es viable socialmente. La solución, para erradicar la violencia o al menos controlarla, por supuesto pasa por un correcto uso progresivo de la fuerza por parte del estado, pero la represión jamás será la vía para resolver un problema que demanda, a todas luces, educación, una comunicación que no lucre de la crónica roja, ciudades que permitan y fomenten el uso del espacio público y, sobretodo, de una sociedad que se construya sobre la base de la igualdad de oportunidades. Alcanzarla será el mejor homenaje no solo para Javier, Paul y Efraín sino para todas las víctimas de la violencia. (O)

Los ecuatorianos no hemos naturalizado escenas con cadáveres en las vías o asesinatos brutales y desalmados...