No al intervencionismo

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Estamos muy grandecitos para creer que la defensa de los derechos humanos y la democracia animan al gobierno cuyo presidente, un racista de poca monta que enjaula niños y niñas latinoamericanas dejándolos morir deshidratados lejos de sus padres en pseudos refugios que son, en realidad, campos de concentración del siglo XXI, quiere únicamente echar guante a los recursos naturales venezolanos. Es el mismo sujeto que no ha parado de insultar a los latinos desde que llegó, especialmente con la ignominiosa idea del billonario muro que quiere construir en la frontera con México para, precisamente, aislarse de un mundo y unas culturas que desprecia. El tipo nos detesta.
No señores. No nos quieran ver la cara. No somos tan descerebrados. No se puede defender, si no es por profunda estupidez e ignorancia, la idea de que el desembarco de tropas que han llevado muerte y destrucción en Asia, África y aquí mismo entre nosotros, tantas veces han podido o se lo hemos permitido, van ahora a sembrar la paz y el progreso en una sociedad latinoamericana con problemas. Y alto ahí, lector, no confundas este artículo con la defensa de una de las facciones en pugna. No se trata de eso.
¿Entendemos las consecuencias de una posible intervención militar en Venezuela? En Iraq, Libia o Afganistán, antecedentes inevitables al analizar escenarios similares, es posible encontrar únicamente pueblos y sociedades devastadas, culturas avasalladas, patrimonios destruidos, hombres humillados, mujeres violadas y niños sin futuro. Esas sociedades, si no terminan por desaparecer o disolverse en el éter de la historia, necesitarán siglos para reponerse de unas intervenciones “humanitarias” realizadas originalmente en nombre de la democracia y de la población civil a la que se dice defender y que, en definitiva, es la que pone los muertos.
Si hoy la crisis migratoria venezolana es grave una intervención militar sólo empeorará exponencialmente el problema ¿Han pensado en ello quienes defienden la idea? ¿Les importa? Por su parte las consecuencias para toda la región serán nefastas porque la inestabilidad inherente a la violencia de la guerra será fácilmente expandible y exportable. Claro, los negociantes de armas se frotan las manos, así como los traficantes de personas y los fascismos de extrema derecha que florecerán en el nauseabundo caldo de cultivo de la xenofobia.
Ningún país debe usar su poder militar para dictar su concepto de democracia y derechos humanos o para imponer condiciones a otros. Ninguno. (O)
Ningún país debe usar su poder militar para dictar su concepto de democracia y derechos humanos o para imponer condiciones.

No al intervencionismo

Estamos muy grandecitos para creer que la defensa de los derechos humanos y la democracia animan al gobierno cuyo presidente, un racista de poca monta que enjaula niños y niñas latinoamericanas dejándolos morir deshidratados lejos de sus padres en pseudos refugios que son, en realidad, campos de concentración del siglo XXI, quiere únicamente echar guante a los recursos naturales venezolanos. Es el mismo sujeto que no ha parado de insultar a los latinos desde que llegó, especialmente con la ignominiosa idea del billonario muro que quiere construir en la frontera con México para, precisamente, aislarse de un mundo y unas culturas que desprecia. El tipo nos detesta.
No señores. No nos quieran ver la cara. No somos tan descerebrados. No se puede defender, si no es por profunda estupidez e ignorancia, la idea de que el desembarco de tropas que han llevado muerte y destrucción en Asia, África y aquí mismo entre nosotros, tantas veces han podido o se lo hemos permitido, van ahora a sembrar la paz y el progreso en una sociedad latinoamericana con problemas. Y alto ahí, lector, no confundas este artículo con la defensa de una de las facciones en pugna. No se trata de eso.
¿Entendemos las consecuencias de una posible intervención militar en Venezuela? En Iraq, Libia o Afganistán, antecedentes inevitables al analizar escenarios similares, es posible encontrar únicamente pueblos y sociedades devastadas, culturas avasalladas, patrimonios destruidos, hombres humillados, mujeres violadas y niños sin futuro. Esas sociedades, si no terminan por desaparecer o disolverse en el éter de la historia, necesitarán siglos para reponerse de unas intervenciones “humanitarias” realizadas originalmente en nombre de la democracia y de la población civil a la que se dice defender y que, en definitiva, es la que pone los muertos.
Si hoy la crisis migratoria venezolana es grave una intervención militar sólo empeorará exponencialmente el problema ¿Han pensado en ello quienes defienden la idea? ¿Les importa? Por su parte las consecuencias para toda la región serán nefastas porque la inestabilidad inherente a la violencia de la guerra será fácilmente expandible y exportable. Claro, los negociantes de armas se frotan las manos, así como los traficantes de personas y los fascismos de extrema derecha que florecerán en el nauseabundo caldo de cultivo de la xenofobia.
Ningún país debe usar su poder militar para dictar su concepto de democracia y derechos humanos o para imponer condiciones a otros. Ninguno. (O)
Ningún país debe usar su poder militar para dictar su concepto de democracia y derechos humanos o para imponer condiciones.

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