Neverland

Visto

En el imaginario literario occidental, las tierras del “nuncajamás” de Peter Pan representan el país de la eterna juventud donde ya no se crece y se permanece “for ever young.” Como se sabe, Mi-chael Jackson bautizó con aquel nombre su rancho californiano, ha-ciéndolo mundialmente famoso y, sobretodo, confirmando así su fan-tasía de evitar el paso del tiempo para, metafóricamente, permanecer niño para siempre. Es el relato que quiso crear. Es la historia que Jackson quiso vender al mundo presentándose, en definitiva, como un artista excéntrico, medio blanco y medio negro, que amaba a los niños y organizaba conciertos por la paz del mundo. Todo era humo. Desde hace muchos años se sospechaba sobre su condición de pede-rasta, por las denuncias y escándalos que lo persiguieron hasta su muerte, y ya no queda duda de eso, así como de los abu-sos a niños menores de diez años que la estrella del pop llevó adelante, de manera repetida e ininterrumpida, durante décadas, gracias al estreno del documental Leaving Neverland, dejando nuncajamás, que cuenta con los testimonios crudos e impactantes de dos de sus víctimas, quienes relatan cómo, a través de un meti-culoso y enfermo proceso de seducción, ellos se trans-formaban en sus amantes. Se trata de dos hombres, de 36 y 40 años, que cuando conocieron a Jackson tení-an 7 y 9 años respectivamente. Era su ídolo. Los dos eran niños con grandes aptitudes para el baile enfocados en copiar cada detalle de la rutina de su estrella favorita sin pensar que, gracias a ese talento, ten-drían la oportunidad de conocerla en persona. Y cuando eso sucedía la familia entera caía bajo el irresistible hechizo del super ícono pla-netario. Entonces Jackson los invitaba a su rancho, a Neverland, don-de los esperaban aventuras de parque de diversiones junto a tonela-das de golosinas. Quedaban todos encantados. La verdad era que su tela de araña estaba dispuesta para que una noche llegara el pedido del niño a sus padres para dormir junto a Michael, como una cosa normal, como una pijamada, aunque para ellos estuviese a punto de comenzar una historia que, a toda costa, deberían mantener en secre-to. La principal y evidente consecuencia, probablemente la que me-nos importa, frente a este tipo de cosas es que, al menos en lo perso-nal, ya no se puede escuchar esa música de la misma manera. La otra es comprender que su metamorfosis física era, en realidad, la metáfo-ra sórdida de lo que pasaba con su alma. Que ese frankenstein blan-quecino destruido progresivamente por las cirugías plásticas, obtenía su energía creativa vampirizando niños de 7 o 9 años. Espantoso. (O)
Es la historia que Jackson quiso vender al mundo presentándose, en definitiva, como un artista excéntrico, que amaba a los niños.

Neverland

En el imaginario literario occidental, las tierras del “nuncajamás” de Peter Pan representan el país de la eterna juventud donde ya no se crece y se permanece “for ever young.” Como se sabe, Mi-chael Jackson bautizó con aquel nombre su rancho californiano, ha-ciéndolo mundialmente famoso y, sobretodo, confirmando así su fan-tasía de evitar el paso del tiempo para, metafóricamente, permanecer niño para siempre. Es el relato que quiso crear. Es la historia que Jackson quiso vender al mundo presentándose, en definitiva, como un artista excéntrico, medio blanco y medio negro, que amaba a los niños y organizaba conciertos por la paz del mundo. Todo era humo. Desde hace muchos años se sospechaba sobre su condición de pede-rasta, por las denuncias y escándalos que lo persiguieron hasta su muerte, y ya no queda duda de eso, así como de los abu-sos a niños menores de diez años que la estrella del pop llevó adelante, de manera repetida e ininterrumpida, durante décadas, gracias al estreno del documental Leaving Neverland, dejando nuncajamás, que cuenta con los testimonios crudos e impactantes de dos de sus víctimas, quienes relatan cómo, a través de un meti-culoso y enfermo proceso de seducción, ellos se trans-formaban en sus amantes. Se trata de dos hombres, de 36 y 40 años, que cuando conocieron a Jackson tení-an 7 y 9 años respectivamente. Era su ídolo. Los dos eran niños con grandes aptitudes para el baile enfocados en copiar cada detalle de la rutina de su estrella favorita sin pensar que, gracias a ese talento, ten-drían la oportunidad de conocerla en persona. Y cuando eso sucedía la familia entera caía bajo el irresistible hechizo del super ícono pla-netario. Entonces Jackson los invitaba a su rancho, a Neverland, don-de los esperaban aventuras de parque de diversiones junto a tonela-das de golosinas. Quedaban todos encantados. La verdad era que su tela de araña estaba dispuesta para que una noche llegara el pedido del niño a sus padres para dormir junto a Michael, como una cosa normal, como una pijamada, aunque para ellos estuviese a punto de comenzar una historia que, a toda costa, deberían mantener en secre-to. La principal y evidente consecuencia, probablemente la que me-nos importa, frente a este tipo de cosas es que, al menos en lo perso-nal, ya no se puede escuchar esa música de la misma manera. La otra es comprender que su metamorfosis física era, en realidad, la metáfo-ra sórdida de lo que pasaba con su alma. Que ese frankenstein blan-quecino destruido progresivamente por las cirugías plásticas, obtenía su energía creativa vampirizando niños de 7 o 9 años. Espantoso. (O)
Es la historia que Jackson quiso vender al mundo presentándose, en definitiva, como un artista excéntrico, que amaba a los niños.

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