Neo-ludismo

Hacia fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, a raíz de la revolución industrial que significó la introducción de las máquinas y las fábricas que reemplazan a los talleres artesanales, surgió en Inglaterra -y se desplazó luego por buena parte de Europa Occidental- un movimiento que se lo bautizó como “Ludismo”. El nombre respondería a un tal Ned Ludd, que habría destruido un par de telares en 1779 como protesta por la suerte que corrían los aprendices, artesanos y maestros que se quedaron sin sus talleres y sin su trabajo. Pronto la protesta se extendió y se quemaban molinos y máquinas (De los 800.000 artesanos de Inglaterra, sólo fueron incorporados a las labores industriales 200.000). Poco a poco, la resistencia a la máquina cedió, imponiéndose la industrialización de la producción. Sin embargo, cada salto tecnológico enfrenta serias dificultades en las “zonas de confort” que se van constituyendo y generando fuerte resistencia al cambio. Además, en virtud del incremento de la productividad como efecto de cada revolución tecnológica, permanentemente se incrementa el desempleo. Adicionalmente, considerando la falta de capacitación y formación de los trabajadores, se configura un desempleo estructural ocasionado por una especie de “analfabetismo estructural”. Si a esto sumamos el carácter cíclico de la producción capitalista, en circunstancias deprimidas, la recesión genera aún más desempleo. Los cambios tecnológicos que aumentan la productividad, más la falta de capacitación y educación, más la depresión cíclica y más la concentración de la riqueza y el ingreso, son factores adversos para la clase trabajadora. Asistimos a un momento de uberización y flexibilización laboral extrema que prioriza la producción de servicios y no precisamente de bienes materiales. Así la evolución de las relaciones y los sistemas productivos. Mientras no exista un mínimo de equidad y una mejor distribución de los frutos del progreso y desarrollo científico y tecnológico, cada avance y revolución del conocimiento - como ocurre con las tecnologías de la información y el conocimiento (TICS)- no necesariamente constituye para los trabajadores una buena noticia. Mas bien, puede resultar un avance perverso que termina reduciendo los salarios reales y generando mayor número de desocupados. El problema es demasiado serio como para esperar de brazos cruzados y, simplemente, esperar a ver lo que pasa. Es indispensable construir una solución colectiva a partir de comprender que el problema y la solución son eminentemente políticos. (O)
Asistimos a un momento de uberización y flexibilización laboral extrema que prioriza la producción de servicios y no precisamente de bienes.

Neo-ludismo

Hacia fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, a raíz de la revolución industrial que significó la introducción de las máquinas y las fábricas que reemplazan a los talleres artesanales, surgió en Inglaterra -y se desplazó luego por buena parte de Europa Occidental- un movimiento que se lo bautizó como “Ludismo”. El nombre respondería a un tal Ned Ludd, que habría destruido un par de telares en 1779 como protesta por la suerte que corrían los aprendices, artesanos y maestros que se quedaron sin sus talleres y sin su trabajo. Pronto la protesta se extendió y se quemaban molinos y máquinas (De los 800.000 artesanos de Inglaterra, sólo fueron incorporados a las labores industriales 200.000). Poco a poco, la resistencia a la máquina cedió, imponiéndose la industrialización de la producción. Sin embargo, cada salto tecnológico enfrenta serias dificultades en las “zonas de confort” que se van constituyendo y generando fuerte resistencia al cambio. Además, en virtud del incremento de la productividad como efecto de cada revolución tecnológica, permanentemente se incrementa el desempleo. Adicionalmente, considerando la falta de capacitación y formación de los trabajadores, se configura un desempleo estructural ocasionado por una especie de “analfabetismo estructural”. Si a esto sumamos el carácter cíclico de la producción capitalista, en circunstancias deprimidas, la recesión genera aún más desempleo. Los cambios tecnológicos que aumentan la productividad, más la falta de capacitación y educación, más la depresión cíclica y más la concentración de la riqueza y el ingreso, son factores adversos para la clase trabajadora. Asistimos a un momento de uberización y flexibilización laboral extrema que prioriza la producción de servicios y no precisamente de bienes materiales. Así la evolución de las relaciones y los sistemas productivos. Mientras no exista un mínimo de equidad y una mejor distribución de los frutos del progreso y desarrollo científico y tecnológico, cada avance y revolución del conocimiento - como ocurre con las tecnologías de la información y el conocimiento (TICS)- no necesariamente constituye para los trabajadores una buena noticia. Mas bien, puede resultar un avance perverso que termina reduciendo los salarios reales y generando mayor número de desocupados. El problema es demasiado serio como para esperar de brazos cruzados y, simplemente, esperar a ver lo que pasa. Es indispensable construir una solución colectiva a partir de comprender que el problema y la solución son eminentemente políticos. (O)
Asistimos a un momento de uberización y flexibilización laboral extrema que prioriza la producción de servicios y no precisamente de bienes.