Narrativa del viejo país 

Visto

La influencia de la industria cultural en la vida contemporánea es tan grande que su lógica se aplica no solo en las estrategias de publicidad o marketing de instituciones o empresas para vender servicios o productos, sino, en general, en todo acto de comunicación cotidiana a través de la construcción de relatos o narrativas que, en definitiva, dan cuenta de la construcción de una historia. La consecuencia lógica e inmediata es que el sentido de esa historia depende del punto de vista de quien hace el relato.
Nuestro país vive estos tiempos el retorno avasallador del relato del viejo país de los años ochenta y noventa, según el cual todo lo relativo a lo público o estatal está mal o ha sido mal hecho. Como es lógico, no se evalúa ni se muestra el cambio radical y positivo que ha habido en tantos ámbitos, más allá de la necesaria revisión crítica de lo que estuvo mal. Si la intención fuese positiva se buscaría un equilibrio, pero no, el ocultamiento hace parte del relato.  
El ataque a lo público incluye decir que el Estado nos tiene ahogados de impuestos, lo cual no incluye el dato de que la presión fiscal del Ecuador es de las más bajas de la región y que el pago de impuestos es el sistema más justo de redistribución de la riqueza; que hay exceso de servidores, sin tomar en cuenta que la mayoría son profesores, médicos, soldados o policías, o que las empresas públicas están quebradas o son ineficientes, es decir, listas para ser privatizadas. Este relato olvida contar que los protagonistas del nuevo ‘cambio’ quebraron al sistema financiero del Ecuador tras una enorme trama de corrupción privada que expulsó tres millones de personas, cuyas cuentas bancarias fueron previamente incautadas ilegal e ilegítimamente. La crisis migratoria de inicios de siglo es el drama social más traumático del Ecuador contemporáneo, pues dividió familias enteras y transformó nuestra sociedad, tradicionalmente sedentaria, en un país de nómadas ‘huairapamushcas’, hijos del viento transformados en la clase obrera de Estados Unidos y Europa.
Nada de eso incluye la narrativa que predomina en medios y espacios de opinión pública ecuatorianos que proponen el regreso a la lógica neoliberal como salida a todos los males, lógica que coloniza las relaciones entre los seres humanos y el interior de nosotros mismos gracias a su repetición infinita y que busca elevar las grandes orientaciones de la política económica por encima de cualquier control democrático, de manera que todos los gobiernos futuros queden maniatados de antemano, de ahí la intención de cambiar y derogar leyes y modificar la misma Constitución a imagen y semejanza de la de 1998. Hacía allá nos conduce este viejo y conocido relato. (O)

Narrativa del viejo país 

La influencia de la industria cultural en la vida contemporánea es tan grande que su lógica se aplica no solo en las estrategias de publicidad o marketing de instituciones o empresas para vender servicios o productos, sino, en general, en todo acto de comunicación cotidiana a través de la construcción de relatos o narrativas que, en definitiva, dan cuenta de la construcción de una historia. La consecuencia lógica e inmediata es que el sentido de esa historia depende del punto de vista de quien hace el relato.
Nuestro país vive estos tiempos el retorno avasallador del relato del viejo país de los años ochenta y noventa, según el cual todo lo relativo a lo público o estatal está mal o ha sido mal hecho. Como es lógico, no se evalúa ni se muestra el cambio radical y positivo que ha habido en tantos ámbitos, más allá de la necesaria revisión crítica de lo que estuvo mal. Si la intención fuese positiva se buscaría un equilibrio, pero no, el ocultamiento hace parte del relato.  
El ataque a lo público incluye decir que el Estado nos tiene ahogados de impuestos, lo cual no incluye el dato de que la presión fiscal del Ecuador es de las más bajas de la región y que el pago de impuestos es el sistema más justo de redistribución de la riqueza; que hay exceso de servidores, sin tomar en cuenta que la mayoría son profesores, médicos, soldados o policías, o que las empresas públicas están quebradas o son ineficientes, es decir, listas para ser privatizadas. Este relato olvida contar que los protagonistas del nuevo ‘cambio’ quebraron al sistema financiero del Ecuador tras una enorme trama de corrupción privada que expulsó tres millones de personas, cuyas cuentas bancarias fueron previamente incautadas ilegal e ilegítimamente. La crisis migratoria de inicios de siglo es el drama social más traumático del Ecuador contemporáneo, pues dividió familias enteras y transformó nuestra sociedad, tradicionalmente sedentaria, en un país de nómadas ‘huairapamushcas’, hijos del viento transformados en la clase obrera de Estados Unidos y Europa.
Nada de eso incluye la narrativa que predomina en medios y espacios de opinión pública ecuatorianos que proponen el regreso a la lógica neoliberal como salida a todos los males, lógica que coloniza las relaciones entre los seres humanos y el interior de nosotros mismos gracias a su repetición infinita y que busca elevar las grandes orientaciones de la política económica por encima de cualquier control democrático, de manera que todos los gobiernos futuros queden maniatados de antemano, de ahí la intención de cambiar y derogar leyes y modificar la misma Constitución a imagen y semejanza de la de 1998. Hacía allá nos conduce este viejo y conocido relato. (O)

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