Montalvo en Paris

En la biografía del notable ensayista y pensador ecuatoriano decimonónico se cuentan tres episodios con la capital francesa. El primero cuando tenía apenas 25 años y fue designado funcionario de la Embajada para ejercer como secretario de la delegación diplomática, oportunidad aprovechada a fondo para sumergirse en lecturas e intensas experiencias intelectuales que le permitieron conocer personalmente a Lamartine y Proudhon; el segundo mucho más breve, plagado de necesidades en condición de desterrado por García Moreno en 1869; y el tercero durante la etapa final de su vida desde 1882 hasta su muerte en 1889, bajo la sombra lejana y nefasta de la dictadura de Ignacio de Veintimilla, ominoso personaje contra quien lanzaría sus famosas Catilinarias, obra admirada por su amigo personal, Miguel de Unamuno. En total el notable ambateño viviría algo más de ocho años en Paris donde finalmente moriría a la edad de 59 años, en plena madurez intelectual y creativa.
La vida de Juan Montalvo en la ciudad luz estuvo caracterizada por una austeridad cercana a la pobreza, por una intensa actividad intelectual expresada en varios libros y centenas de artículos para revistas francesas y españolas y por una nostalgia casi atormentadora de su terruño. “Si yo pudiera dar los ocho años de Europa de mis tres viajes, aunque no han sido del todo inútiles; si los pudiera dar por cuatro días de felicidad doméstica acentrada, no vacilaría un punto”, escribía añorando de forma intensa los espacios de la niñez en Ficoa, así como lamentando, sin duda, el haber dejado esposa e hija en Ecuador, durísimo costo de la coherencia entre pensamiento, filosofía y acción que como escritor llevaron a que Montalvo tuviese una vida errante, plagada de necesidades materiales.
Al final de sus días expresaría de forma aún más clara su ansia de volver en uno de los últimos contactos familiares que tuvo por medio de una carta escrita a uno de sus siete hermanos: “vivos son mis deseos de volver a la patria y sueño con el clima de Ambato, en donde me parece se acabarán mis males físicos… Tan débil estoy que apenas puedo dictar estas cuatro líneas” decía el polemista a quien el rigor del invierno de 1888 finalmente le pasaría una factura fatal al provocarle la muerte a inicios del siguiente año.
El temperamento nostálgico de Montalvo se había manifestado temprano, sin embargo, dejando trazos en uno de sus poemas: “La nostalgia consiste en un amor indecible por la patria y un profundo disgusto del país en que se está..., es un deseo de llorar a gritos al mismo tiempo que eso es imposible.”
Su amor por la patria, en efecto, fue tan grande que lo hicieron combatir férreamente las terribles dictaduras de la época a causa de las cuales debió vivir, y morir, desterrado, lejos de ella. (O)

Montalvo en Paris

En la biografía del notable ensayista y pensador ecuatoriano decimonónico se cuentan tres episodios con la capital francesa. El primero cuando tenía apenas 25 años y fue designado funcionario de la Embajada para ejercer como secretario de la delegación diplomática, oportunidad aprovechada a fondo para sumergirse en lecturas e intensas experiencias intelectuales que le permitieron conocer personalmente a Lamartine y Proudhon; el segundo mucho más breve, plagado de necesidades en condición de desterrado por García Moreno en 1869; y el tercero durante la etapa final de su vida desde 1882 hasta su muerte en 1889, bajo la sombra lejana y nefasta de la dictadura de Ignacio de Veintimilla, ominoso personaje contra quien lanzaría sus famosas Catilinarias, obra admirada por su amigo personal, Miguel de Unamuno. En total el notable ambateño viviría algo más de ocho años en Paris donde finalmente moriría a la edad de 59 años, en plena madurez intelectual y creativa.
La vida de Juan Montalvo en la ciudad luz estuvo caracterizada por una austeridad cercana a la pobreza, por una intensa actividad intelectual expresada en varios libros y centenas de artículos para revistas francesas y españolas y por una nostalgia casi atormentadora de su terruño. “Si yo pudiera dar los ocho años de Europa de mis tres viajes, aunque no han sido del todo inútiles; si los pudiera dar por cuatro días de felicidad doméstica acentrada, no vacilaría un punto”, escribía añorando de forma intensa los espacios de la niñez en Ficoa, así como lamentando, sin duda, el haber dejado esposa e hija en Ecuador, durísimo costo de la coherencia entre pensamiento, filosofía y acción que como escritor llevaron a que Montalvo tuviese una vida errante, plagada de necesidades materiales.
Al final de sus días expresaría de forma aún más clara su ansia de volver en uno de los últimos contactos familiares que tuvo por medio de una carta escrita a uno de sus siete hermanos: “vivos son mis deseos de volver a la patria y sueño con el clima de Ambato, en donde me parece se acabarán mis males físicos… Tan débil estoy que apenas puedo dictar estas cuatro líneas” decía el polemista a quien el rigor del invierno de 1888 finalmente le pasaría una factura fatal al provocarle la muerte a inicios del siguiente año.
El temperamento nostálgico de Montalvo se había manifestado temprano, sin embargo, dejando trazos en uno de sus poemas: “La nostalgia consiste en un amor indecible por la patria y un profundo disgusto del país en que se está..., es un deseo de llorar a gritos al mismo tiempo que eso es imposible.”
Su amor por la patria, en efecto, fue tan grande que lo hicieron combatir férreamente las terribles dictaduras de la época a causa de las cuales debió vivir, y morir, desterrado, lejos de ella. (O)