Mi viejo barrio

Visto

Muchos recordamos con nostalgia la vida de barrio de nuestra infancia. Los interminables partidos de fútbol en la calle, las largas sesiones de videojuegos, las aventuras en bicicleta, los paseos fuera de la ciudad, los juegos inventados. En definitiva, algunos de los momentos más memorables y felices de nuestra vida.
Y es que todos nos conocíamos dentro de ese espacio geográfico cuidadosamente delimitado que llamábamos “el barrio”, y tal convivencia permitía, a más de la intrépida “vigilancia” entre vecinos, una eficiente organización de actividades sociales y deportivas que se enmarcaban en ese espontáneo sentimiento de pertenencia a la vecindad.
El valiente, el chico de dinero, el buen quiño, el deportista, el estudioso, el músico…; cada personaje del barrio tenía alguna particularidad que aportaba y fortalecía al grupo, a la jorga, y que además eclipsaba las naturales diferencias económicas, sociales o culturales presentes en cualquier grupo humano. Sin duda, uno de los valores fundamentales de los barrios está en su gente. El sociólogo urbano estadounidense, Robert Park, solía deceir “al hacer vida en los barrios, las personas nos rehacemos a nosotros mismos”.
Hoy en día los vecindarios son muy distintos a los de hace un par de décadas. El intenso tráfico vehicular, la delincuencia, el progresivo distanciamiento entre las personas, el abuso de la tecnlogía, entre otros, son factores que disuaden a los padres de permitir a sus hijos vivir las experiencias descritas: ¿a qué mamá -en su sano juicio- se le ocurriría dejar que su hijo salga a la calle a las 2 pm y regrese 5 horas después? Asimismo, los niños de la actualidad son, por decirlo de alguna forma, “más sanamente ocupados”. Las actividades extracurriculares en los colegios, así como las academias de artes, idiomas o deportes copan las tardes de los jóvenes, suplantando aquellos espacios de socialización que se forjaban en los alrededores de la casa. La señora de la tienda, el vecino malgenio, la casa con el perro bravo, el señor que no devuelve la pelota…; aquella vida de barrio quedó para los niños que hoy crecen en urbanizaciones cercadas y privadas, custodiados bajo el atento “ojo” (o cámaras) de padres y vecinos. Un escenario más seguro para las familias, sin duda. Sin embargo, esta nueva vida de barrio no se compara con aquella que nosotros pudimos vivir y que tenía ese agradable sabor a libertad y rebeldía que solo se puede encontrar en un lugar: la calle. (O)
En el barrio se construyen historias con amigos y momentos. Y si la vida en los barrios es buena, la ciudad también lo es.

Mi viejo barrio

Muchos recordamos con nostalgia la vida de barrio de nuestra infancia. Los interminables partidos de fútbol en la calle, las largas sesiones de videojuegos, las aventuras en bicicleta, los paseos fuera de la ciudad, los juegos inventados. En definitiva, algunos de los momentos más memorables y felices de nuestra vida.
Y es que todos nos conocíamos dentro de ese espacio geográfico cuidadosamente delimitado que llamábamos “el barrio”, y tal convivencia permitía, a más de la intrépida “vigilancia” entre vecinos, una eficiente organización de actividades sociales y deportivas que se enmarcaban en ese espontáneo sentimiento de pertenencia a la vecindad.
El valiente, el chico de dinero, el buen quiño, el deportista, el estudioso, el músico…; cada personaje del barrio tenía alguna particularidad que aportaba y fortalecía al grupo, a la jorga, y que además eclipsaba las naturales diferencias económicas, sociales o culturales presentes en cualquier grupo humano. Sin duda, uno de los valores fundamentales de los barrios está en su gente. El sociólogo urbano estadounidense, Robert Park, solía deceir “al hacer vida en los barrios, las personas nos rehacemos a nosotros mismos”.
Hoy en día los vecindarios son muy distintos a los de hace un par de décadas. El intenso tráfico vehicular, la delincuencia, el progresivo distanciamiento entre las personas, el abuso de la tecnlogía, entre otros, son factores que disuaden a los padres de permitir a sus hijos vivir las experiencias descritas: ¿a qué mamá -en su sano juicio- se le ocurriría dejar que su hijo salga a la calle a las 2 pm y regrese 5 horas después? Asimismo, los niños de la actualidad son, por decirlo de alguna forma, “más sanamente ocupados”. Las actividades extracurriculares en los colegios, así como las academias de artes, idiomas o deportes copan las tardes de los jóvenes, suplantando aquellos espacios de socialización que se forjaban en los alrededores de la casa. La señora de la tienda, el vecino malgenio, la casa con el perro bravo, el señor que no devuelve la pelota…; aquella vida de barrio quedó para los niños que hoy crecen en urbanizaciones cercadas y privadas, custodiados bajo el atento “ojo” (o cámaras) de padres y vecinos. Un escenario más seguro para las familias, sin duda. Sin embargo, esta nueva vida de barrio no se compara con aquella que nosotros pudimos vivir y que tenía ese agradable sabor a libertad y rebeldía que solo se puede encontrar en un lugar: la calle. (O)
En el barrio se construyen historias con amigos y momentos. Y si la vida en los barrios es buena, la ciudad también lo es.

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