Memoria y patrimonio

Las sociedades sin memoria están condenadas a cometer dos veces (cuando menos) los mismos errores, pero tal como decía Walter Benjamin “articular históricamente lo pasado no significa «conocerlo como verdaderamente ha sido». Consiste, más bien, en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el instante de un peligro”, es decir, consiste en construir la imagen de un hecho y luego conservarla como parte de la memoria individual y colectiva para que este no vuelva a repetirse.
Uno de los más importantes científicos sociales de América Latina, icono de los estudios culturales en la región, Nestor García Canclini, plantea que es necesario repensar el patrimonio y esto exige deshacer la red de conceptos en que se halla envuelto. Los términos con que se acostumbra asociarlo (identidad, tradición, historia, monumentos) delimitan un perfil, un territorio, en el cual tiene sentido su uso en torno a la experiencia social de las personas y comunidades que viven en contacto con los espacios o hechos declarados patrimoniales.
Algunos autores vinculan el patrimonio con otras redes conceptuales como lo son el turismo, el desarrollo urbano, la mercantilización, la comunicación masiva. Estos términos son mencionados casi siempre como adversarios del patrimonio pues el patrimonio cultural expresa la solidaridad que une a quienes comparten un conjunto de bienes y prácticas que los identifica, pero suele ser también un lugar de complicidad social, de ahí la idea de la memoria.
Desde una concepción dinámica, alejada de la retórica de la nostalgia por el pasado, hay que entender el patrimonio como recurso, pero también como proceso vivo, y no como algo inmóvil. Los bienes culturales, tangibles o intangibles, no son simples residuos de un tiempo pasado que hay que conservar en un supuesto modelo ideal. Por ejemplo las manifestaciones vivas, representaciones significativas de la tradición, continuamente están reproduciéndose en un proceso inacabado de transmisión.
Actualmente, en la época de la tecnología, la inteligencia artificial y las redes sociales, asistimos a una profunda revisión del concepto de tradición, desde renovadas perspectivas. La tradición es una construcción social que cambia temporalmente, de una generación a otra; y espacialmente, de un lugar a otro. Es decir, la tradición varía dentro de cada cultura, en el tiempo y según los grupos sociales y entre las diferentes culturas.
De ahí que resulta fundamental subrayar el papel de la memoria histórica porque, como decía Le Goff,  esta intenta preservar el pasado sólo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros. Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su sometimiento. (O)

Memoria y patrimonio

Las sociedades sin memoria están condenadas a cometer dos veces (cuando menos) los mismos errores, pero tal como decía Walter Benjamin “articular históricamente lo pasado no significa «conocerlo como verdaderamente ha sido». Consiste, más bien, en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el instante de un peligro”, es decir, consiste en construir la imagen de un hecho y luego conservarla como parte de la memoria individual y colectiva para que este no vuelva a repetirse.
Uno de los más importantes científicos sociales de América Latina, icono de los estudios culturales en la región, Nestor García Canclini, plantea que es necesario repensar el patrimonio y esto exige deshacer la red de conceptos en que se halla envuelto. Los términos con que se acostumbra asociarlo (identidad, tradición, historia, monumentos) delimitan un perfil, un territorio, en el cual tiene sentido su uso en torno a la experiencia social de las personas y comunidades que viven en contacto con los espacios o hechos declarados patrimoniales.
Algunos autores vinculan el patrimonio con otras redes conceptuales como lo son el turismo, el desarrollo urbano, la mercantilización, la comunicación masiva. Estos términos son mencionados casi siempre como adversarios del patrimonio pues el patrimonio cultural expresa la solidaridad que une a quienes comparten un conjunto de bienes y prácticas que los identifica, pero suele ser también un lugar de complicidad social, de ahí la idea de la memoria.
Desde una concepción dinámica, alejada de la retórica de la nostalgia por el pasado, hay que entender el patrimonio como recurso, pero también como proceso vivo, y no como algo inmóvil. Los bienes culturales, tangibles o intangibles, no son simples residuos de un tiempo pasado que hay que conservar en un supuesto modelo ideal. Por ejemplo las manifestaciones vivas, representaciones significativas de la tradición, continuamente están reproduciéndose en un proceso inacabado de transmisión.
Actualmente, en la época de la tecnología, la inteligencia artificial y las redes sociales, asistimos a una profunda revisión del concepto de tradición, desde renovadas perspectivas. La tradición es una construcción social que cambia temporalmente, de una generación a otra; y espacialmente, de un lugar a otro. Es decir, la tradición varía dentro de cada cultura, en el tiempo y según los grupos sociales y entre las diferentes culturas.
De ahí que resulta fundamental subrayar el papel de la memoria histórica porque, como decía Le Goff,  esta intenta preservar el pasado sólo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros. Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su sometimiento. (O)