Melville, Ahab y el Ecuador

Durante años he tenido en mi imaginario al capitán Ahab junto a Darth Vader como dos de los villanos de ficción más malos y dementes que se puedan encontrar. De densidad metafísica el primero y de superficialidad posmoderna el segundo son, en definitiva, dos contribuciones gigantescas al universo del mal creadas por artistas norteamericanos, Melville y Lucas respectivamente, con suertes muy distintas en materia de éxito y reconocimiento para cada uno.  
A Melville le pasó como a Van Gogh. Tuvo que morirse para que le llegue el éxito, es decir, nunca vio en vida el impacto de su obra y, por el contrario, vivió acosado por una psicología torturada poblada por fantasmas de alto calado, especialmente a raíz del suicidio de su hijo mayor, problema agravado tras el fracaso de Moby Dick. Su muerte en 1891 pasó tan desapercibida que en su lápida pusieron Henry en lugar de Herman. 30 años después su obra empezó a ser redescubierta para, posteriormente, ocupar el lugar que la historia de la literatura le tenía reservado. Y así uno de sus personajes, Ahab, devendría icono de la maldad y la locura siendo objeto de cientos de adaptaciones.
Lo que particularmente llamó mi atención, desde el año 2004 cuando la descubrí para mí, fue la relación que Herman Melville mantuvo con nuestro país, pues si bien no tenemos registros de que lo haya visitado, su obra y su vida cuentan con pasajes que lo vinculan curiosamente a nosotros. El primero es casi de ficción y tiene que ver con un hipotético encuentro que habría sostenido con Manuela Sáenz cuando ella vivía su exilio en el puerto peruano de Paita, lugar de abastecimiento de la flota ballenera norteamericana de la cual formaba parte el Acushnet, barco en el cual un joven Melville viajaría alrededor del mundo y que habría solicitado los servicios de traducción de la vieja compañera de Bolivar.
De lo que sí hay certeza es de su rara obra Las Encantadas, conjunto de diez historias que describen las Islas Galápagos como una especie de ensayo, novela o literatura de viajes. Y lo que sella su vínculo real y simbólico con el Ecuador es precisamente Ahab, a través de un doblón ecuatoriano que él utiliza para marcar su apuesta contra el destino. En Moby Dick este loco y siniestro marinero convoca a los dementes tripulantes del Pequod para decirles, con la moneda en la mano, que quien vea la ballena blanca para luego cazarla se ganará aquel doblón ecuatoriano como recompensa. Entonces Ahab clava ese doblón en el mástil del ballenero el cual, al final, será engullido por las aguas del pacífico.
¡Que oscuro presagio y que temible coincidencia que ese siniestro personaje haya escogido una moneda del país para simbolizar su empresa destinada al fracaso! ¡Y qué posibilidades tan enormes nos regaló el triste y gigante Melville para relacionar ficción y realidad! A nosotros de cumplirlas. (O)

Melville, Ahab y el Ecuador

Durante años he tenido en mi imaginario al capitán Ahab junto a Darth Vader como dos de los villanos de ficción más malos y dementes que se puedan encontrar. De densidad metafísica el primero y de superficialidad posmoderna el segundo son, en definitiva, dos contribuciones gigantescas al universo del mal creadas por artistas norteamericanos, Melville y Lucas respectivamente, con suertes muy distintas en materia de éxito y reconocimiento para cada uno.  
A Melville le pasó como a Van Gogh. Tuvo que morirse para que le llegue el éxito, es decir, nunca vio en vida el impacto de su obra y, por el contrario, vivió acosado por una psicología torturada poblada por fantasmas de alto calado, especialmente a raíz del suicidio de su hijo mayor, problema agravado tras el fracaso de Moby Dick. Su muerte en 1891 pasó tan desapercibida que en su lápida pusieron Henry en lugar de Herman. 30 años después su obra empezó a ser redescubierta para, posteriormente, ocupar el lugar que la historia de la literatura le tenía reservado. Y así uno de sus personajes, Ahab, devendría icono de la maldad y la locura siendo objeto de cientos de adaptaciones.
Lo que particularmente llamó mi atención, desde el año 2004 cuando la descubrí para mí, fue la relación que Herman Melville mantuvo con nuestro país, pues si bien no tenemos registros de que lo haya visitado, su obra y su vida cuentan con pasajes que lo vinculan curiosamente a nosotros. El primero es casi de ficción y tiene que ver con un hipotético encuentro que habría sostenido con Manuela Sáenz cuando ella vivía su exilio en el puerto peruano de Paita, lugar de abastecimiento de la flota ballenera norteamericana de la cual formaba parte el Acushnet, barco en el cual un joven Melville viajaría alrededor del mundo y que habría solicitado los servicios de traducción de la vieja compañera de Bolivar.
De lo que sí hay certeza es de su rara obra Las Encantadas, conjunto de diez historias que describen las Islas Galápagos como una especie de ensayo, novela o literatura de viajes. Y lo que sella su vínculo real y simbólico con el Ecuador es precisamente Ahab, a través de un doblón ecuatoriano que él utiliza para marcar su apuesta contra el destino. En Moby Dick este loco y siniestro marinero convoca a los dementes tripulantes del Pequod para decirles, con la moneda en la mano, que quien vea la ballena blanca para luego cazarla se ganará aquel doblón ecuatoriano como recompensa. Entonces Ahab clava ese doblón en el mástil del ballenero el cual, al final, será engullido por las aguas del pacífico.
¡Que oscuro presagio y que temible coincidencia que ese siniestro personaje haya escogido una moneda del país para simbolizar su empresa destinada al fracaso! ¡Y qué posibilidades tan enormes nos regaló el triste y gigante Melville para relacionar ficción y realidad! A nosotros de cumplirlas. (O)