Mario

Llegaste cargado de consuelos y desconsuelos de aquel pequeño pulgarcito de América Latina, huyendo tormentosos ruidos de una sangrienta guerra civil en los anos ochenta. Tu rostro dibujaba sueños emprendedores en millones de jóvenes buscando huellas de esperanza, mientras tus labios palpitaban sonrisas de inocentes niños rebuscando migajas entre abandono, miedo y llanto. María, tu hermana entre lágrimas y sonrisas dice: “ Y su maestro lo bautizo en la escuelita de niño Mario”.


Quesaltepeque te vio nacer como una de tantas miradas en flor de izote, mientras tus padres te enseñaron a caminar en las inquietas calles pintorescas a pesar de sus agitadas responsabilidades en tiempos de incertidumbres. La bestia apocalíptica de nuestros tiempos aliada con sus malévolos cachorros gubernamentales desgarraron sus descontrolados apetitos de corrupción en mesa abierta la inocencia del Pulgarcito de América, condenando a miles de sus hijos a buscar exilio en diferentes rincones de la tierra. Y tú, cipote de Quezaltepeque llegaste a Toronto (lugar de encuentro), en donde iniciaste un nuevo revoltijo con sabor a solidaria ternura.


La humildad te sostuvo fiel en las huellas de San Romero y preferiste mantener tus cansadas sandalias en las transparentes rutas solidarias. No te vendiste por un tamal o una tortilla quemada, ni te cambiaste de camiseta por unas condenadas pesetas, ni fingiste ser revolucionario, liberal o conservador para sacar provecho personal. Simplemente, te definiste como extraterrestre o mojarreta para defender a tus hermanos migrantes mojados o sin estatus, fuiste un cipote (niño) que lloraba y defendía a flor de piel.


Insignificante y escondida figura de figuretes en farándulas papeletas de fin de semana, tu presencia era inconfundible en populares fiestas con tu gorro torcido, baso de vino, amabilidad radiante y contundentes palabras de “soy la seguridad numero uno”.


Te paseabas una cuadra alrededor del evento que vigilabas y te perdías en algún bar que encontrabas.
Mario amigo, hermano y compañero, estarás en la misma mesa de San Romero, los mártires Jesuitas, Padre Pedro y muchas heroínas y héroes del pueblo salvadoreño, te vas de nuestras entrañables solidarias fiestas y te quedas en la memoria histórica de nuestras incansables cotidianas luchas. (O)
Mario amigo, hermano, estarás en la misma mesa de San Romero, los mártires Jesuitas, Padre Pedro y héroes del pueblo salvadoreño.

Mario

Llegaste cargado de consuelos y desconsuelos de aquel pequeño pulgarcito de América Latina, huyendo tormentosos ruidos de una sangrienta guerra civil en los anos ochenta. Tu rostro dibujaba sueños emprendedores en millones de jóvenes buscando huellas de esperanza, mientras tus labios palpitaban sonrisas de inocentes niños rebuscando migajas entre abandono, miedo y llanto. María, tu hermana entre lágrimas y sonrisas dice: “ Y su maestro lo bautizo en la escuelita de niño Mario”.


Quesaltepeque te vio nacer como una de tantas miradas en flor de izote, mientras tus padres te enseñaron a caminar en las inquietas calles pintorescas a pesar de sus agitadas responsabilidades en tiempos de incertidumbres. La bestia apocalíptica de nuestros tiempos aliada con sus malévolos cachorros gubernamentales desgarraron sus descontrolados apetitos de corrupción en mesa abierta la inocencia del Pulgarcito de América, condenando a miles de sus hijos a buscar exilio en diferentes rincones de la tierra. Y tú, cipote de Quezaltepeque llegaste a Toronto (lugar de encuentro), en donde iniciaste un nuevo revoltijo con sabor a solidaria ternura.


La humildad te sostuvo fiel en las huellas de San Romero y preferiste mantener tus cansadas sandalias en las transparentes rutas solidarias. No te vendiste por un tamal o una tortilla quemada, ni te cambiaste de camiseta por unas condenadas pesetas, ni fingiste ser revolucionario, liberal o conservador para sacar provecho personal. Simplemente, te definiste como extraterrestre o mojarreta para defender a tus hermanos migrantes mojados o sin estatus, fuiste un cipote (niño) que lloraba y defendía a flor de piel.


Insignificante y escondida figura de figuretes en farándulas papeletas de fin de semana, tu presencia era inconfundible en populares fiestas con tu gorro torcido, baso de vino, amabilidad radiante y contundentes palabras de “soy la seguridad numero uno”.


Te paseabas una cuadra alrededor del evento que vigilabas y te perdías en algún bar que encontrabas.
Mario amigo, hermano y compañero, estarás en la misma mesa de San Romero, los mártires Jesuitas, Padre Pedro y muchas heroínas y héroes del pueblo salvadoreño, te vas de nuestras entrañables solidarias fiestas y te quedas en la memoria histórica de nuestras incansables cotidianas luchas. (O)
Mario amigo, hermano, estarás en la misma mesa de San Romero, los mártires Jesuitas, Padre Pedro y héroes del pueblo salvadoreño.