Los xenófobos

Ser ecuatoriano y ser xenófobo debería ser una contradicción antinómica ¿Quién de nosotros no tiene un pariente, cercano o lejano, que ha migrado al extranjero por razones económicas? Oportunidades no han faltado gracias a las innumerables y bochornosas crisis que hemos sufrido. Si bien no tengo claras las cifras exactas al menos dos millones de compatriotas viven fuera haciendo, por ejemplo, que la comunidad ecuatoriana sea el grupo de origen latinoamericano más grande en España.

Nosotros de migración sabemos, así como lo que implica estar separados, ser discriminados y desarraigarse de las raíces culturales y sociales. Tanto como ejercer los oficios más básicos y difíciles para llevar el pan a la mesa por lo cual, ya sea en Italia, Estados Unidos, España, etc., la comunidad nacional forma parte, mayoritariamente, del pueblo trabajador, de la clase obrera, del proletariado de aquellos países a los que se ha migrado.

Pero a cierta clase media arribista esa verdad objetiva le da vergüenza y no lo acepta. No acepta que tenemos una enorme comunidad migrante que nos da lecciones de humildad y sacrificio todos los días como, por ejemplo, aquella que resulta de la historia de la cual los medios continentales se han hecho eco estos días, cuando un héroe anónimo, cuyo nombre deberíamos conocer de memoria, hizo el siguiente testimonio, tras recorrer 22 kilómetros sangrando y mal herido, en un retén del ejército mexicano de una carretera perdida de Tamaulipas, en la frontera entre México y Estados Unidos: “Soy Luis Freddy Lala Pomavilla, de 18 años, inmigrante ecuatoriano rumbo a los Estados Unidos. Hombres armados nos secuestraron. Mataron a todos”. Aquel sobreviviente que dio la voz de alerta, permitiendo conocer la brutal masacre en la que 76 migrantes latinoamericanos fueron asesinados a sangre fría, era un migrante ecuatoriano.

Quizás por eso circula en redes, en ese desaguadero de bajas pasiones, alusiones a que, en realidad, no es xenofobia lo que aqueja nuestra hipócrita sociedad, que hoy se rasga las vestiduras, sino “aporofobia”, una palabra nueva, reciente, que define el miedo, rechazo o aversión a los pobres.

Eso es todo. Si la hilera de inmigrantes venezolanos que atraviesa el puente de Rumichaca estuviese con las billeteras llenas sería recibida con una alfombra roja. Pronto el destino nos obligará a tragarnos las palabras. (O)
Quién de nosotros no tiene un pariente, cercano o lejano, que ha migrado al extranjero por razones económicas?

Los xenófobos

Ser ecuatoriano y ser xenófobo debería ser una contradicción antinómica ¿Quién de nosotros no tiene un pariente, cercano o lejano, que ha migrado al extranjero por razones económicas? Oportunidades no han faltado gracias a las innumerables y bochornosas crisis que hemos sufrido. Si bien no tengo claras las cifras exactas al menos dos millones de compatriotas viven fuera haciendo, por ejemplo, que la comunidad ecuatoriana sea el grupo de origen latinoamericano más grande en España.

Nosotros de migración sabemos, así como lo que implica estar separados, ser discriminados y desarraigarse de las raíces culturales y sociales. Tanto como ejercer los oficios más básicos y difíciles para llevar el pan a la mesa por lo cual, ya sea en Italia, Estados Unidos, España, etc., la comunidad nacional forma parte, mayoritariamente, del pueblo trabajador, de la clase obrera, del proletariado de aquellos países a los que se ha migrado.

Pero a cierta clase media arribista esa verdad objetiva le da vergüenza y no lo acepta. No acepta que tenemos una enorme comunidad migrante que nos da lecciones de humildad y sacrificio todos los días como, por ejemplo, aquella que resulta de la historia de la cual los medios continentales se han hecho eco estos días, cuando un héroe anónimo, cuyo nombre deberíamos conocer de memoria, hizo el siguiente testimonio, tras recorrer 22 kilómetros sangrando y mal herido, en un retén del ejército mexicano de una carretera perdida de Tamaulipas, en la frontera entre México y Estados Unidos: “Soy Luis Freddy Lala Pomavilla, de 18 años, inmigrante ecuatoriano rumbo a los Estados Unidos. Hombres armados nos secuestraron. Mataron a todos”. Aquel sobreviviente que dio la voz de alerta, permitiendo conocer la brutal masacre en la que 76 migrantes latinoamericanos fueron asesinados a sangre fría, era un migrante ecuatoriano.

Quizás por eso circula en redes, en ese desaguadero de bajas pasiones, alusiones a que, en realidad, no es xenofobia lo que aqueja nuestra hipócrita sociedad, que hoy se rasga las vestiduras, sino “aporofobia”, una palabra nueva, reciente, que define el miedo, rechazo o aversión a los pobres.

Eso es todo. Si la hilera de inmigrantes venezolanos que atraviesa el puente de Rumichaca estuviese con las billeteras llenas sería recibida con una alfombra roja. Pronto el destino nos obligará a tragarnos las palabras. (O)
Quién de nosotros no tiene un pariente, cercano o lejano, que ha migrado al extranjero por razones económicas?