Los subsidios

Contrariamente a lo que la experiencia reciente en América Latina recomienda, la política económica que viene aplicando el gobierno nacional es muy próxima al paradigma pro-cíclico. El diagnóstico del que se parte, seguramente, considera que el pro-blema estructural se origina en el sector fiscal y no en el sector exter-no. Trata, por lo tanto, de ajustar las cuentas fiscales como condición sine qua non para equilibrar los distintos componentes de la balanza de pagos. Esta visión es equivocada y pone en serio riesgo, precisa-mente, al sector externo. Dar rienda suelta a las importaciones, por más que se proteja -tributariamente- a las exportaciones, agrava el déficit externo. Las importaciones de bienes y servicios, no sólo de lo que no se produce internamente sino, también, de lo que se produce, tienden a crecer acelerada-mente.
Esto se debe a las enormes dificultades de competitividad que enfren-ta la producción nacional debido a los escasos niveles de productividad, antes que a los elevados costos. Bajo el convencimiento que la solución radica en resolver la “crisis” fiscal, el gobierno nacional está empeñado en en reducir el gasto y la in-versión y no en incrementar los ingresos, al menos los de carácter permanente (los impuestos). El peligroso cóctel de la política econó-mica actual está compuesto por: reducción del gasto y la versión pública, reducción de los impuestos y flexibilización laboral. Con esto, se espera que la inversión privada tome inmediatamente la posta y se convierta en el motor del crecimiento. Esta espera se está prolongando. Lo más probable es que la espera sea muy larga y que la ansiada inversión privada (interna y externa) nunca se concrete. Por el lado del gasto público, se está reduciendo fuertemente la inversión, se recorta el empleo público y los salarios y se disminuyen o eliminan los subsidios. Es verdad que los subsidios, por definición, no son ni buenos ni malos. Depende de su destino (social, económico o geográfico), de la temporalidad, de los impactos, el costo eficiencia (social y económico). Lo que está claro es que, con frecuencia, su eliminación implica elevados costos sociales y políticos. Al encarecer la vida de amplios sectores populares, por más que, también, se afecte a los sectores de altos ingresos, la situación es muy grave en la medida en que no se haya resuelto el problema de los ingresos (empleo y salarios) de los pobres y la clase media. El encarecimiento del costo de vida, a los ricos les afecta nada o casi nada; a los pobres, mucho. (O)
La reducción o eliminación de los subsidios, requisito exigido por el FMI para un eventual “SOS” financiero, hay que analizarlo con pinzas.

Los subsidios

Contrariamente a lo que la experiencia reciente en América Latina recomienda, la política económica que viene aplicando el gobierno nacional es muy próxima al paradigma pro-cíclico. El diagnóstico del que se parte, seguramente, considera que el pro-blema estructural se origina en el sector fiscal y no en el sector exter-no. Trata, por lo tanto, de ajustar las cuentas fiscales como condición sine qua non para equilibrar los distintos componentes de la balanza de pagos. Esta visión es equivocada y pone en serio riesgo, precisa-mente, al sector externo. Dar rienda suelta a las importaciones, por más que se proteja -tributariamente- a las exportaciones, agrava el déficit externo. Las importaciones de bienes y servicios, no sólo de lo que no se produce internamente sino, también, de lo que se produce, tienden a crecer acelerada-mente.
Esto se debe a las enormes dificultades de competitividad que enfren-ta la producción nacional debido a los escasos niveles de productividad, antes que a los elevados costos. Bajo el convencimiento que la solución radica en resolver la “crisis” fiscal, el gobierno nacional está empeñado en en reducir el gasto y la in-versión y no en incrementar los ingresos, al menos los de carácter permanente (los impuestos). El peligroso cóctel de la política econó-mica actual está compuesto por: reducción del gasto y la versión pública, reducción de los impuestos y flexibilización laboral. Con esto, se espera que la inversión privada tome inmediatamente la posta y se convierta en el motor del crecimiento. Esta espera se está prolongando. Lo más probable es que la espera sea muy larga y que la ansiada inversión privada (interna y externa) nunca se concrete. Por el lado del gasto público, se está reduciendo fuertemente la inversión, se recorta el empleo público y los salarios y se disminuyen o eliminan los subsidios. Es verdad que los subsidios, por definición, no son ni buenos ni malos. Depende de su destino (social, económico o geográfico), de la temporalidad, de los impactos, el costo eficiencia (social y económico). Lo que está claro es que, con frecuencia, su eliminación implica elevados costos sociales y políticos. Al encarecer la vida de amplios sectores populares, por más que, también, se afecte a los sectores de altos ingresos, la situación es muy grave en la medida en que no se haya resuelto el problema de los ingresos (empleo y salarios) de los pobres y la clase media. El encarecimiento del costo de vida, a los ricos les afecta nada o casi nada; a los pobres, mucho. (O)
La reducción o eliminación de los subsidios, requisito exigido por el FMI para un eventual “SOS” financiero, hay que analizarlo con pinzas.