Los rockeros

La rebeldía instintiva del rock subraya, a su manera, la pesada certeza decimonónica de nuestra orfandad cósmica. Porque presagia en cada gota de sudor una especie que se sabe finita y que, por ello, busca en el dispendio de energías desparramar literalmente su vida sobre la tierra, antes de dejarlas a las dos, la vida y la tierra, para siempre.


El rock es un navío, digamos algo así como un buque carguero sobre el que la humanidad atraviesa el oscuro ponto en dirección a los prohibidos terrenos de Hades. Su lastre son aquellas sustancias en las cuales, de alguna manera, se encuentra una compensación a la idea del abismo exterior eterno. Aunque la visión de nuestro interior pueda llegar a ser igualmente abismal. Viejos mitos renacen al interior de los nuevos ritos urbanos. Lo dionisiaco del rock se ofrece al cuerpo como un medio para que la mente conforme una imagen sobre las formas que asume el exceso. El cuerpo es un medio, una herramienta utilizada por el intelecto, que es quien verdaderamente siente.


En el mundo del rock puede encontrarse una suerte de compensación ante la idea eterna del abismo exterior, que se acentúa especialmente durante la vigilia. Si alguien pudiese ver dentro de cada ser humano descubriría un universo, el mapa y el secreto de las constelaciones, un abismo infinito o un vacío igualmente a la par inabarcable, porque así como concebir el cosmos es una empresa imposible, ninguna mente puede proponerse contener otra por completo.


A nosotros nos ha sido dado conocer “lo medio”, ni lo macro ni lo micro, porque mientras más se avanza en un sentido u otro se descubre que lo que queda por andar es aún más largo que lo ya andado. Por ello apenas nos alcanzamos a ver a nosotros mismos en el medio de todo, entre uno y otro extremo, entre lo macro y lo micro, ahí estamos tratando de conjurar, por alguna vía o algún medio, este pasaje fugaz por el tiempo que nos ha sido entregado.


Por eso el rock es un vehículo hacia la purificación, un rito que busca la catarsis del practicante tal como lo predicaban sátiros y coribantes, primeros y primitivas rockeras de la historia, podríamos decir, durante el acoso y hostigamiento de las Ménades que deambulaban ensimismadas por los campos griegos en las festividades organizadas en honor a Dionisos, cabeceando en libertad, con sus cabelleras al viento, mientras eran poseídas a placer por el espíritu del vino. (O)


El rock es un vehículo hacia la purificación, un rito que busca la catarsis del practicante tal como lo predicaban sátiros.

Los rockeros

La rebeldía instintiva del rock subraya, a su manera, la pesada certeza decimonónica de nuestra orfandad cósmica. Porque presagia en cada gota de sudor una especie que se sabe finita y que, por ello, busca en el dispendio de energías desparramar literalmente su vida sobre la tierra, antes de dejarlas a las dos, la vida y la tierra, para siempre.


El rock es un navío, digamos algo así como un buque carguero sobre el que la humanidad atraviesa el oscuro ponto en dirección a los prohibidos terrenos de Hades. Su lastre son aquellas sustancias en las cuales, de alguna manera, se encuentra una compensación a la idea del abismo exterior eterno. Aunque la visión de nuestro interior pueda llegar a ser igualmente abismal. Viejos mitos renacen al interior de los nuevos ritos urbanos. Lo dionisiaco del rock se ofrece al cuerpo como un medio para que la mente conforme una imagen sobre las formas que asume el exceso. El cuerpo es un medio, una herramienta utilizada por el intelecto, que es quien verdaderamente siente.


En el mundo del rock puede encontrarse una suerte de compensación ante la idea eterna del abismo exterior, que se acentúa especialmente durante la vigilia. Si alguien pudiese ver dentro de cada ser humano descubriría un universo, el mapa y el secreto de las constelaciones, un abismo infinito o un vacío igualmente a la par inabarcable, porque así como concebir el cosmos es una empresa imposible, ninguna mente puede proponerse contener otra por completo.


A nosotros nos ha sido dado conocer “lo medio”, ni lo macro ni lo micro, porque mientras más se avanza en un sentido u otro se descubre que lo que queda por andar es aún más largo que lo ya andado. Por ello apenas nos alcanzamos a ver a nosotros mismos en el medio de todo, entre uno y otro extremo, entre lo macro y lo micro, ahí estamos tratando de conjurar, por alguna vía o algún medio, este pasaje fugaz por el tiempo que nos ha sido entregado.


Por eso el rock es un vehículo hacia la purificación, un rito que busca la catarsis del practicante tal como lo predicaban sátiros y coribantes, primeros y primitivas rockeras de la historia, podríamos decir, durante el acoso y hostigamiento de las Ménades que deambulaban ensimismadas por los campos griegos en las festividades organizadas en honor a Dionisos, cabeceando en libertad, con sus cabelleras al viento, mientras eran poseídas a placer por el espíritu del vino. (O)


El rock es un vehículo hacia la purificación, un rito que busca la catarsis del practicante tal como lo predicaban sátiros.