Los límites del libro

Invitado: Carlos Vásconez

En el año 2002, en febrero de ese año, el doctor portugués Ceciliano Gracián tuvo la ocurrencia de investigar las dimensiones ideales para la manufactura, impresión y publicación de un libro. Sabía que el tacto y los otros sentidos necesitaban una suerte de comodidad para la práctica lectora. Sus resultados fueron del todo curiosos: descubrió, y quiso guardárselo para sí y no comentarlo a nadie, que no existe el libro perfecto. Que el libro como objeto es una imperfección y que buscar su comodidad es un despropósito, ya que en su imperfección se halla la mejor manera de leer. La incomodidad como clave del conocimiento, aludió.

En “Palinuro de México” de Fernando del Paso, uno de sus personajes, el tío de Palinuro, plantea la noción de incomodidad como un asunto connatural con el conocimiento. Solo la gente que busca la comodidad desde lo incómodo consigue avances significativos. Los demás, nos la pasamos bien en sus descubrimientos. En el año 604 d.C., Atanasio de Corso (antes de que se la llamar Córcega), el posible inventor del botón, aseguró que los libros venían a deteriorar el contacto directo con Dios. La palabra estancada podía enmohecerse, y era una barbaridad no elevarla a las Alturas máxime al encomendarla a un papel, a “un tablero en forma de juego” que en realidad para él no era sino “una prisión”. No era el único que encontraba en el libro, en la encuadernación de papeles ordenados con un sentido y con una forma, una aberración. Además, se le daba a una historia una dirección temporal a la cual el mundo no estaba acostumbrado. La vida no era tan lineal entonces, una semana no contaba todavía por completo con 7 días ni se dividía entre domingo y domingo ni un día era el conteo preciso de segundos, minutos y horas.
La creación del libro fue en un momento dado el fenómeno sobrenatural que se hizo evidente de súbito, que asaltó la cognición del orbe, que modificó sus corrientes naturales como un dique construido por el hombre para llevar mejor el agua al mar. Y el libro se convirtió en el recipiente de almacenamiento de nuestros sueños y en la mayor forma de contacto con lo celestial y lo que estaba en el Más Allá. Se sabía, pues, que un lector, mediante la palabra y sus magias, alcanzaba en un instante simbólico el contacto con seres que habitaban este mundo pero de manera ladeada, escondidos en la piedra o en el árbol. He ahí la razón de que los libros fuesen tan codiciados así como fuente de terror. De los libros podían extraerse las bestias más terroríficas, así como los más bellos paisajes y seres.
Es en este sentido en que la noción de que un libro es la vida secreta de su autor, el mellizo oscuro de un hombre, adopta una consonancia superlativa. Vida secreta: la de Faulkner fue Mientras agonizo y Luz de agosto; la de Joyce fue Retrato del artista adolescente; la de Shakespeare fue Hamlet; la de Carroll fueron sus cuentos de índole matemática; la de Cormac McCarthy fue Todos los hermosos caballos; la de Nabokov fue Ada o el ardor; la de todos nosotros es Viaje al fin de la noche de Céline. Si un libro de fantasía es la vida secreta de un hombre, eso significaría que ese individuo tiene monstruos que lo circundan, que lo justifican. Su vida, sus límites son paisajes extremos, paisajes nuevos. En la literatura sabemos que un escritor, de manera particular un novelista, adecua el lenguaje para que la sensación estética sea abarcadora, para que nos abrace como lectores. Las cosas, el ambiente y el paisaje sirven como complemento, como extensión del personaje y sus circunstancias. En la literatura no importa el fin, ya que el camino lo es. Sin embargo, la ficción marca otro tiempo. Hay otro ritmo y es otra la intención. En la ficción lo que se ha dicho es lo que se necesitaba decir. Los límites del lenguaje no son los límites del libro, por lo menos no siempre. No se acaba un libro siempre en su lenguaje, se acaba en la duda, aunque existan escritores modélicos que saben cómo finiquitar una historia. Escritores que cuando lo han dicho dejan la impresión de que nadie podría agregarle nada.
La lectura tiene un componente fascinante. Para practicarla correctamente, hay que detenerse, respirar, dejar que nuestros sentidos se acoplen a la fantasía y permitirle ocupar el espacio de la realidad hasta volverse cierta. La lectura, así, combate al tiempo, nuestro mayor depredador. Y lo hace, además, enseñándonos los grandes tesoros que no recordamos que guardamos en ciertos rincones adentro de nosotros. Leer un buen libro es como encender una farola sobre el recodo más oscuro que es en el que dejamos, quién sabe cuándo y menos el porqué, nuestros más bellos anhelos y esa percepción sensorial que el mundo se encarga, a veces, de enturbiar. Y el libro se convierte en espejo, el que ciertamente en ocasiones nos incomoda, nos agota, porque nos revela nuestro perfil.
Todos podemos fantasear, pero no todos podemos imaginar. Para conocer y para vivir las cosas, nos hace falta imaginar de verdad. A la fantasía cualquier persona puede tenerla, pero no todos tienen imaginación. Para escribir textos ficción se requiere de mucha imaginación, ya que si algo existe en la imaginación de alguien puede existir en la imaginación de los demás. Y la imaginación tiene su mayor logro e la estructura, en el estilo, que siempre será más atractivo que la belleza, en el lenguaje.
Ahora sabemos que la dimensión del libro, su volumen tiene relación directa con lo que uno pueda leer. Es como la fantasía, solo entra en el libro si no cabe en nuestra imaginación. Si lo que importa es la luz que nos guía por sus paisajes y por el interior de un hombre muy solo que inventa historias para sentirse acompañado siempre.
El escritor es un mago. El mago hace algo con la mano que esconde, con la otra, finge, actúa. El escritor de fantasías, el que genera mundos extraordinarios, a quien le habitan seres imposibles, solo ha fingido con la una mano mientras con la otra nos traía magia. Solo ha hecho lo imposible. Nada más. (O)

Los límites del libro

Invitado: Carlos Vásconez

En el año 2002, en febrero de ese año, el doctor portugués Ceciliano Gracián tuvo la ocurrencia de investigar las dimensiones ideales para la manufactura, impresión y publicación de un libro. Sabía que el tacto y los otros sentidos necesitaban una suerte de comodidad para la práctica lectora. Sus resultados fueron del todo curiosos: descubrió, y quiso guardárselo para sí y no comentarlo a nadie, que no existe el libro perfecto. Que el libro como objeto es una imperfección y que buscar su comodidad es un despropósito, ya que en su imperfección se halla la mejor manera de leer. La incomodidad como clave del conocimiento, aludió.

En “Palinuro de México” de Fernando del Paso, uno de sus personajes, el tío de Palinuro, plantea la noción de incomodidad como un asunto connatural con el conocimiento. Solo la gente que busca la comodidad desde lo incómodo consigue avances significativos. Los demás, nos la pasamos bien en sus descubrimientos. En el año 604 d.C., Atanasio de Corso (antes de que se la llamar Córcega), el posible inventor del botón, aseguró que los libros venían a deteriorar el contacto directo con Dios. La palabra estancada podía enmohecerse, y era una barbaridad no elevarla a las Alturas máxime al encomendarla a un papel, a “un tablero en forma de juego” que en realidad para él no era sino “una prisión”. No era el único que encontraba en el libro, en la encuadernación de papeles ordenados con un sentido y con una forma, una aberración. Además, se le daba a una historia una dirección temporal a la cual el mundo no estaba acostumbrado. La vida no era tan lineal entonces, una semana no contaba todavía por completo con 7 días ni se dividía entre domingo y domingo ni un día era el conteo preciso de segundos, minutos y horas.
La creación del libro fue en un momento dado el fenómeno sobrenatural que se hizo evidente de súbito, que asaltó la cognición del orbe, que modificó sus corrientes naturales como un dique construido por el hombre para llevar mejor el agua al mar. Y el libro se convirtió en el recipiente de almacenamiento de nuestros sueños y en la mayor forma de contacto con lo celestial y lo que estaba en el Más Allá. Se sabía, pues, que un lector, mediante la palabra y sus magias, alcanzaba en un instante simbólico el contacto con seres que habitaban este mundo pero de manera ladeada, escondidos en la piedra o en el árbol. He ahí la razón de que los libros fuesen tan codiciados así como fuente de terror. De los libros podían extraerse las bestias más terroríficas, así como los más bellos paisajes y seres.
Es en este sentido en que la noción de que un libro es la vida secreta de su autor, el mellizo oscuro de un hombre, adopta una consonancia superlativa. Vida secreta: la de Faulkner fue Mientras agonizo y Luz de agosto; la de Joyce fue Retrato del artista adolescente; la de Shakespeare fue Hamlet; la de Carroll fueron sus cuentos de índole matemática; la de Cormac McCarthy fue Todos los hermosos caballos; la de Nabokov fue Ada o el ardor; la de todos nosotros es Viaje al fin de la noche de Céline. Si un libro de fantasía es la vida secreta de un hombre, eso significaría que ese individuo tiene monstruos que lo circundan, que lo justifican. Su vida, sus límites son paisajes extremos, paisajes nuevos. En la literatura sabemos que un escritor, de manera particular un novelista, adecua el lenguaje para que la sensación estética sea abarcadora, para que nos abrace como lectores. Las cosas, el ambiente y el paisaje sirven como complemento, como extensión del personaje y sus circunstancias. En la literatura no importa el fin, ya que el camino lo es. Sin embargo, la ficción marca otro tiempo. Hay otro ritmo y es otra la intención. En la ficción lo que se ha dicho es lo que se necesitaba decir. Los límites del lenguaje no son los límites del libro, por lo menos no siempre. No se acaba un libro siempre en su lenguaje, se acaba en la duda, aunque existan escritores modélicos que saben cómo finiquitar una historia. Escritores que cuando lo han dicho dejan la impresión de que nadie podría agregarle nada.
La lectura tiene un componente fascinante. Para practicarla correctamente, hay que detenerse, respirar, dejar que nuestros sentidos se acoplen a la fantasía y permitirle ocupar el espacio de la realidad hasta volverse cierta. La lectura, así, combate al tiempo, nuestro mayor depredador. Y lo hace, además, enseñándonos los grandes tesoros que no recordamos que guardamos en ciertos rincones adentro de nosotros. Leer un buen libro es como encender una farola sobre el recodo más oscuro que es en el que dejamos, quién sabe cuándo y menos el porqué, nuestros más bellos anhelos y esa percepción sensorial que el mundo se encarga, a veces, de enturbiar. Y el libro se convierte en espejo, el que ciertamente en ocasiones nos incomoda, nos agota, porque nos revela nuestro perfil.
Todos podemos fantasear, pero no todos podemos imaginar. Para conocer y para vivir las cosas, nos hace falta imaginar de verdad. A la fantasía cualquier persona puede tenerla, pero no todos tienen imaginación. Para escribir textos ficción se requiere de mucha imaginación, ya que si algo existe en la imaginación de alguien puede existir en la imaginación de los demás. Y la imaginación tiene su mayor logro e la estructura, en el estilo, que siempre será más atractivo que la belleza, en el lenguaje.
Ahora sabemos que la dimensión del libro, su volumen tiene relación directa con lo que uno pueda leer. Es como la fantasía, solo entra en el libro si no cabe en nuestra imaginación. Si lo que importa es la luz que nos guía por sus paisajes y por el interior de un hombre muy solo que inventa historias para sentirse acompañado siempre.
El escritor es un mago. El mago hace algo con la mano que esconde, con la otra, finge, actúa. El escritor de fantasías, el que genera mundos extraordinarios, a quien le habitan seres imposibles, solo ha fingido con la una mano mientras con la otra nos traía magia. Solo ha hecho lo imposible. Nada más. (O)