Los hijos eternos

Ha pasado otro 2 de noviembre, Día de los Difuntos,  fecha en la que recordamos a las personas que partieron a un mas allá y fueron ejes de nuestra felicidad, viendo a la muerte como un proceso natural  que se desarrolla de acuerdo con las leyes universales. Enterramos a nuestros abuelos, padres, tal vez hermanos y a otros parientes pero cuando se muere un hijo  parece que Dios cambiara el orden natural de la vida e impone su orden, al cual, en un primer  momento, nos revelamos.  
Tal vez estos son los momentos que con más intensidad sentimos su abandono o inexistencia llenándonos de ¿por qués?  sin respuestas.
Posiblemente a todos  los que somos padres en ciertos instantes de meditación se nos ha venido el más absurdo de los pensamientos. ¿Qué pasaría  si se muriera mi hijo/a?, tan pronto lo desechamos de golpe, nos asustamos de la herejía que se nos vino a la mente,  se cierra el buen juicio ante este absurdo, sentimos como un sacrilegio el haber pensado en ello… todos se pueden ir, menos el hijo eterno, ellos serán los que nos cierren los ojos,  seremos nosotros quienes los esperaremos en un más allá, por eso creo que casi nadie nos preparamos o no queremos prepararnos ante esta circunstancia, que ellos pueden ser los que nos abandonen primero; lo consideramos inverosímil  e inconscientemente nos aferramos a su vida  mientras dure la nuestra, creo que cada uno de nosotros jamás nos hallamos listos para asimilar este hecho de algo que nos es inimaginable, hasta que a muchos nos sucede, vistiéndose de luto la alegría, el resto de vida que nos quede por vivir  e increíblemente también las lágrimas parecen no agotarse nunca. Cuántos años pasarán para tomar como que este suceso ha sido una experiencia transformadora que nos volvió más humanos, más amorosos con los otros hijos, más comprensivos con el prójimo o quizá nunca.
La muerte de un hijo, creo que es única y personal. Aceptar un duelo lleva un proceso distinto en cada persona; impotencia, pánico, enfado, miedo intenso a la realidad, a veces nos cobijamos bajo un ligero consuelo buscando algo que quiere encontrar una lógica divina o universal, mientras más traumática puede ser su muerte más entereza se exige para afrontar la realidad, es morirse lentamente con la frente erguida y el corazón destrozado.
Este día he dejado una flor sobre su tumba y con ella mi alma entera. // Por ti mi Cris// (O)

Los hijos eternos

Ha pasado otro 2 de noviembre, Día de los Difuntos,  fecha en la que recordamos a las personas que partieron a un mas allá y fueron ejes de nuestra felicidad, viendo a la muerte como un proceso natural  que se desarrolla de acuerdo con las leyes universales. Enterramos a nuestros abuelos, padres, tal vez hermanos y a otros parientes pero cuando se muere un hijo  parece que Dios cambiara el orden natural de la vida e impone su orden, al cual, en un primer  momento, nos revelamos.  
Tal vez estos son los momentos que con más intensidad sentimos su abandono o inexistencia llenándonos de ¿por qués?  sin respuestas.
Posiblemente a todos  los que somos padres en ciertos instantes de meditación se nos ha venido el más absurdo de los pensamientos. ¿Qué pasaría  si se muriera mi hijo/a?, tan pronto lo desechamos de golpe, nos asustamos de la herejía que se nos vino a la mente,  se cierra el buen juicio ante este absurdo, sentimos como un sacrilegio el haber pensado en ello… todos se pueden ir, menos el hijo eterno, ellos serán los que nos cierren los ojos,  seremos nosotros quienes los esperaremos en un más allá, por eso creo que casi nadie nos preparamos o no queremos prepararnos ante esta circunstancia, que ellos pueden ser los que nos abandonen primero; lo consideramos inverosímil  e inconscientemente nos aferramos a su vida  mientras dure la nuestra, creo que cada uno de nosotros jamás nos hallamos listos para asimilar este hecho de algo que nos es inimaginable, hasta que a muchos nos sucede, vistiéndose de luto la alegría, el resto de vida que nos quede por vivir  e increíblemente también las lágrimas parecen no agotarse nunca. Cuántos años pasarán para tomar como que este suceso ha sido una experiencia transformadora que nos volvió más humanos, más amorosos con los otros hijos, más comprensivos con el prójimo o quizá nunca.
La muerte de un hijo, creo que es única y personal. Aceptar un duelo lleva un proceso distinto en cada persona; impotencia, pánico, enfado, miedo intenso a la realidad, a veces nos cobijamos bajo un ligero consuelo buscando algo que quiere encontrar una lógica divina o universal, mientras más traumática puede ser su muerte más entereza se exige para afrontar la realidad, es morirse lentamente con la frente erguida y el corazón destrozado.
Este día he dejado una flor sobre su tumba y con ella mi alma entera. // Por ti mi Cris// (O)