Las vacaciones, la amistad y las estrellas

Visto

Es increíble como ciertas palabras se parecen a otras, aunque signifiquen cosas totalmente distintas, por ejemplo: vacaciones, vocaciones y evocaciones. Lo cierto es que de una de ellas podemos pasar a la otra para generar una cadena de significados parecidas a las metáforas o a la poesía, por ejemplo, podemos evocar aquellas vacaciones durante las cuales descubrimos una vocación.
Agosto y septiembre han sido siempre para nosotros los meses durante los cuales, en edad escolar, se puede disfrutar de abuelos y primos que normalmente vemos poco, especialmente si viven en otra ciudad. Esos meses suelen ser muy esperados por algún viaje largamente planificado y también porque son la oportunidad de forjar nuevas amistades o fortalecer antiguas. Yo recuerdo aquellas vacaciones en la hacienda de la abuela en las estribaciones de la cordillera, cuando el Ecuador era todavía una sociedad más rural que urbana, donde una jauría de primos pasábamos dos y hasta tres meses olvidados de los padres, la escuela y la ciudad. Nuestros progenitores aprovechaban, en efecto, para olvidarse y descansar de sus hijos. La hacienda era un territorio por descubrir, abierto a miles de aventuras. Hoy, a través de la memoria, la hacienda es únicamente el territorio de la infancia.
En las vacaciones surgían amistades para toda la vida, independientemente si ese amigo era alguien ajeno a la familia o un primo o incluso un hermano. La convivencia de la vacación obliga a compartir y finalmente a comprender al otro. Es cuando se empieza a despegar del nido a través de las pequeñas oportunidades de estar a cargo de uno mismo durante ese tiempo. Hay que tender camas, lavar platos, ayudar en casa porque es casa ajena, aunque sea de la abuela, y todo eso hace que la vacación sea, de alguna manera, un entrenamiento para valerse por uno mismo el resto de la vida.
Disfrutar de un cielo despejado, completamente azul, tirado siempre en la arena, como dice la canción del malogrado Cabral, o de una noche contando estrellas fugaces, son cosas que se hacen especialmente en las vacaciones generando vínculos indelebles con la persona con la que se lo comparte. Hablo de actividades que se hacen hasta cierta edad, porque a partir de otra sólo se piensa en la farra y después, en otra, ya solo pensamos en ir a traer a los hijos de alguna fiesta de madrugada.

Las vacaciones, la amistad y las estrellas

Es increíble como ciertas palabras se parecen a otras, aunque signifiquen cosas totalmente distintas, por ejemplo: vacaciones, vocaciones y evocaciones. Lo cierto es que de una de ellas podemos pasar a la otra para generar una cadena de significados parecidas a las metáforas o a la poesía, por ejemplo, podemos evocar aquellas vacaciones durante las cuales descubrimos una vocación.
Agosto y septiembre han sido siempre para nosotros los meses durante los cuales, en edad escolar, se puede disfrutar de abuelos y primos que normalmente vemos poco, especialmente si viven en otra ciudad. Esos meses suelen ser muy esperados por algún viaje largamente planificado y también porque son la oportunidad de forjar nuevas amistades o fortalecer antiguas. Yo recuerdo aquellas vacaciones en la hacienda de la abuela en las estribaciones de la cordillera, cuando el Ecuador era todavía una sociedad más rural que urbana, donde una jauría de primos pasábamos dos y hasta tres meses olvidados de los padres, la escuela y la ciudad. Nuestros progenitores aprovechaban, en efecto, para olvidarse y descansar de sus hijos. La hacienda era un territorio por descubrir, abierto a miles de aventuras. Hoy, a través de la memoria, la hacienda es únicamente el territorio de la infancia.
En las vacaciones surgían amistades para toda la vida, independientemente si ese amigo era alguien ajeno a la familia o un primo o incluso un hermano. La convivencia de la vacación obliga a compartir y finalmente a comprender al otro. Es cuando se empieza a despegar del nido a través de las pequeñas oportunidades de estar a cargo de uno mismo durante ese tiempo. Hay que tender camas, lavar platos, ayudar en casa porque es casa ajena, aunque sea de la abuela, y todo eso hace que la vacación sea, de alguna manera, un entrenamiento para valerse por uno mismo el resto de la vida.
Disfrutar de un cielo despejado, completamente azul, tirado siempre en la arena, como dice la canción del malogrado Cabral, o de una noche contando estrellas fugaces, son cosas que se hacen especialmente en las vacaciones generando vínculos indelebles con la persona con la que se lo comparte. Hablo de actividades que se hacen hasta cierta edad, porque a partir de otra sólo se piensa en la farra y después, en otra, ya solo pensamos en ir a traer a los hijos de alguna fiesta de madrugada.

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