Las puertas de la mente

Cuando a finales de los sesenta del siglo pasado –qué lejos suena- Jim Morrison, estudiante de la UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) resolvió conformar un grupo musical, pidió a Manzarek, Krieger y Densmore que le acompañaran en esta aventura.


Buscó un nombre y recordó que Alfous Huxley, el gran escritor inglés, había hecho referencia a unos versos de Wiliam Blake que decían: ““Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”.


Blake había escrito estos versos en su obra “Matrimonio del cielo y el infierno”, en el año 1790, y Huxley los reprodujo en su obra “Las puertas de la percepción”.


Utilicé esta referencia hace unos días en la presentación del libro de Ramiro Laso titulado “Universidad, humanismo y educación”, durante una mesa redonda que reflexionó sobre el actual sistema universitario. 


Si bien la frase de Blake reproducida por Huxley, que dio origen al nombre del grupo musical “The Doors” se refería a otros asuntos, la parafraseé para manifestar que la Universidad , con mayúsculas, debía ser una puerta hacia el conocimiento y que éste debería tender a ser infinito. Esta palabra puede causar temor: infinito, lo que no tiene fin. La actitud de la educación superior debe mantener su calidad de universal, sin limitaciones y sin dogmatismos.


Uno de los puntos de discusión de la mesa redonda tocó el nuevo sistema de control de las universidades del país, que busca que actividad académica pueda ser medida. Para ello se requieren rúbricas, portafolios y syllabus, que eran los “programas de estudio” en tiempos más modestos.


Se ha llegado a sostener que “no es importante que el profesor sepa, sino que el estudiante aprenda”, como si lo uno no estuviera fuertemente atado a lo otro. Posiblemente hoy se encuentran asistentes que ayudan a los profesores a cumplir con los trámites burocráticos y que, por supuesto, son incapaces de preparar una clase.


La Universidad no puede aceptar que sus “mejores profesores” sean los que se tornaron en burócratas que llenan eficientemente la papelería requerida,   en desmedro de  aquellos que abren las puertas en la mente de sus estudiantes. (O) 

Las puertas de la mente

Cuando a finales de los sesenta del siglo pasado –qué lejos suena- Jim Morrison, estudiante de la UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) resolvió conformar un grupo musical, pidió a Manzarek, Krieger y Densmore que le acompañaran en esta aventura.


Buscó un nombre y recordó que Alfous Huxley, el gran escritor inglés, había hecho referencia a unos versos de Wiliam Blake que decían: ““Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”.


Blake había escrito estos versos en su obra “Matrimonio del cielo y el infierno”, en el año 1790, y Huxley los reprodujo en su obra “Las puertas de la percepción”.


Utilicé esta referencia hace unos días en la presentación del libro de Ramiro Laso titulado “Universidad, humanismo y educación”, durante una mesa redonda que reflexionó sobre el actual sistema universitario. 


Si bien la frase de Blake reproducida por Huxley, que dio origen al nombre del grupo musical “The Doors” se refería a otros asuntos, la parafraseé para manifestar que la Universidad , con mayúsculas, debía ser una puerta hacia el conocimiento y que éste debería tender a ser infinito. Esta palabra puede causar temor: infinito, lo que no tiene fin. La actitud de la educación superior debe mantener su calidad de universal, sin limitaciones y sin dogmatismos.


Uno de los puntos de discusión de la mesa redonda tocó el nuevo sistema de control de las universidades del país, que busca que actividad académica pueda ser medida. Para ello se requieren rúbricas, portafolios y syllabus, que eran los “programas de estudio” en tiempos más modestos.


Se ha llegado a sostener que “no es importante que el profesor sepa, sino que el estudiante aprenda”, como si lo uno no estuviera fuertemente atado a lo otro. Posiblemente hoy se encuentran asistentes que ayudan a los profesores a cumplir con los trámites burocráticos y que, por supuesto, son incapaces de preparar una clase.


La Universidad no puede aceptar que sus “mejores profesores” sean los que se tornaron en burócratas que llenan eficientemente la papelería requerida,   en desmedro de  aquellos que abren las puertas en la mente de sus estudiantes. (O)