Las novenitas

Llegó diciembre y con él la fiesta del advenimiento del niño Jesús. Pese a que ya no hay tanta motivación religiosa como en épocas pasadas, aún en muchas familias se recibe con entusiasmo estas festividades para celebrar con todos sus miembros y son los pequeños los que más se rego-cijan, no tanto por la importancia del acontecimiento religioso, sino por la euforia de los juguetes.
Los que hoy somos abuelos recordamos cuando niños la ilusión por la Navidad, el arreglo del nacimiento que comenzaba en muchas casas los últimos días de noviembre o los primeros de diciembre, la decoración con los musgos tiernos, los huicundos, los monitos, el salvaje, todo el decorado con vegetación natural simulando el Belén. En medio el lago con los patitos y tanta alegoría, cada uno colaborábamos a que sea el nacimientos más representativo con la mula, el buey, San José, la Virgen, menos el niño Jesús, al cual había que colocarlo en la fecha en que nacía. Los preparativos culinarios de mamá, de las tías y de la abuela con los buñuelos, la miel y los tamales para esa noche. Hasta que llegue la fecha del nacimiento “del niñito” se coordinaban las novenas familiares que perduran hasta hoy, pero ya no con tanta ceremonia ni religiosidad, pues grande era la fe y devoción al orar que muchos lo hacíamos de rodillas para lograr mayores bendiciones al hogar.
Otra costumbre de estas épocas, y que posiblemente se ha perdido, eran las Posadas que se hacían con los vecinos del barrio auspiciados por el curita del mismo, arreglando en la puerta de la casa un altar improvisado con la imagen del niño Jesús. Los vecinos que deseaban juntarse a este ritual llegaban a las casas en donde estaban estos altares y preguntaban si había una posada para los visitantes (en honor a la Virgen María y San José en su viaje a Egipto). Desde adentro se contestaba que sí y los fieles entraban a cantar y rezar mientras el dueño de casa servía la comida.
No faltaba el arbolito de Navidad lleno de bombillos que al menor roce se hacían pedazos. Las únicas que quedaban eran las luces que poco duraban, la corona de Navidad hecha con papel crepé verde y con cintas rojas. En fin, luego de la misa del niño nos dormíamos no sin antes haber colocado los zapatos de cada uno al pie del árbol o de las ventanas esperando que en la noche Noel nos ponga los juguetes que nos duraban hasta las otras navidades. No había tanta comercialización de artículos que hoy más que religiosa, la hacen una fiesta comercial.
Las novenas navideñas siguen en nuestras costumbres uniendo a la familia, aunque algunos de los mismos ministros consagrados en perpetuar esa fe se han encargado de destruirla con sus actitudes hacia los niños. (O)
Nos dormíamos no sin antes haber colocado los zapatos al pie del árbol o de las ventanas esperando que en la noche Noel nos ponga los juguetes.

Las novenitas

Llegó diciembre y con él la fiesta del advenimiento del niño Jesús. Pese a que ya no hay tanta motivación religiosa como en épocas pasadas, aún en muchas familias se recibe con entusiasmo estas festividades para celebrar con todos sus miembros y son los pequeños los que más se rego-cijan, no tanto por la importancia del acontecimiento religioso, sino por la euforia de los juguetes.
Los que hoy somos abuelos recordamos cuando niños la ilusión por la Navidad, el arreglo del nacimiento que comenzaba en muchas casas los últimos días de noviembre o los primeros de diciembre, la decoración con los musgos tiernos, los huicundos, los monitos, el salvaje, todo el decorado con vegetación natural simulando el Belén. En medio el lago con los patitos y tanta alegoría, cada uno colaborábamos a que sea el nacimientos más representativo con la mula, el buey, San José, la Virgen, menos el niño Jesús, al cual había que colocarlo en la fecha en que nacía. Los preparativos culinarios de mamá, de las tías y de la abuela con los buñuelos, la miel y los tamales para esa noche. Hasta que llegue la fecha del nacimiento “del niñito” se coordinaban las novenas familiares que perduran hasta hoy, pero ya no con tanta ceremonia ni religiosidad, pues grande era la fe y devoción al orar que muchos lo hacíamos de rodillas para lograr mayores bendiciones al hogar.
Otra costumbre de estas épocas, y que posiblemente se ha perdido, eran las Posadas que se hacían con los vecinos del barrio auspiciados por el curita del mismo, arreglando en la puerta de la casa un altar improvisado con la imagen del niño Jesús. Los vecinos que deseaban juntarse a este ritual llegaban a las casas en donde estaban estos altares y preguntaban si había una posada para los visitantes (en honor a la Virgen María y San José en su viaje a Egipto). Desde adentro se contestaba que sí y los fieles entraban a cantar y rezar mientras el dueño de casa servía la comida.
No faltaba el arbolito de Navidad lleno de bombillos que al menor roce se hacían pedazos. Las únicas que quedaban eran las luces que poco duraban, la corona de Navidad hecha con papel crepé verde y con cintas rojas. En fin, luego de la misa del niño nos dormíamos no sin antes haber colocado los zapatos de cada uno al pie del árbol o de las ventanas esperando que en la noche Noel nos ponga los juguetes que nos duraban hasta las otras navidades. No había tanta comercialización de artículos que hoy más que religiosa, la hacen una fiesta comercial.
Las novenas navideñas siguen en nuestras costumbres uniendo a la familia, aunque algunos de los mismos ministros consagrados en perpetuar esa fe se han encargado de destruirla con sus actitudes hacia los niños. (O)
Nos dormíamos no sin antes haber colocado los zapatos al pie del árbol o de las ventanas esperando que en la noche Noel nos ponga los juguetes.