La Universidad

‘Nadie se quedará sin ingreso a la Universidad’ se afirmó en campaña electoral. ‘La mesa no está servida’ fue el primer anuncio del nuevo Mandatario, luego fue el turno de la obligada austeridad, de la venta de los activos del Estado, de la reducción de los sueldos de los funcionarios públicos: la deuda heredada del anterior gobierno era demasiado voluminosa. La más reciente, la reducción del presupuesto para las universidades.


La historia de la educación superior ecuatoriana no ha sido de las mejores. La conquista nos trajo desde España, junto a la espada y la cruz, la universidad medioeval que,  como lo afirmó en su momento Benigno Malo, ‘que podía enseñarnos’. El presidente Urbina decretó la ‘libertad de estudios’ que en realidad significó que el Estado se desentienda de la universidad. García Moreno, clausuró la Universidad Central y decretó la creación de la Escuela Politécnica, motivado por la necesidad de orientar la educación superior hacia el desarrollo industrial del país. A partir de entonces, ambas instituciones fueron motivo de sucesivas clausuras y reaperturas. Velasco Ibarra reabrió la Escuela Politécnica Nacional en 1935 y luego, en su segundo mandato, dio paso a la instauración de las universidades católicas y privadas; finalmente en su último mandato, asistimos a la proliferación indiscriminada de los centros universitarios. Quizás lo más crítico de esta realidad es que al Estado le ha resultado muy difícil contar con sistema centralizado para la coordinación de las carreras que se imparten a nivel nacional, lo cual evidencia que aún carecemos en el país de una verdadera claridad sobre el rol específico de la educación superior o, en otros términos, la relación entre formación universitaria y producción social.


El S.XXI tiene como antecedente inmediato la gran revolución científico-técnica de los tres decenios anteriores. Asistimos a un cambio de época que se caracteriza fundamentalmente por el predominio cada vez mayor de la ciencia y la tecnología; han surgido y se ponen a disposición de la producción millares de  nuevos materiales y procesos técnicos. La educación, en todos sus niveles, aborda nuevos caminos, cada día es mayor el número de instituciones educativas en la que impera el ‘cero papel’ y los estudios se sustentan en la informática y, ni que hablar, de las nuevas carreras que combinan áreas científicas hasta hace poco impensables.


¿Es acertado el recorte presupuestario a la educación?  (O)
La educación e instrucción del pueblo constituye condición primera, indispensable, para el desarrollo del país. E. Bonilla

La Universidad

‘Nadie se quedará sin ingreso a la Universidad’ se afirmó en campaña electoral. ‘La mesa no está servida’ fue el primer anuncio del nuevo Mandatario, luego fue el turno de la obligada austeridad, de la venta de los activos del Estado, de la reducción de los sueldos de los funcionarios públicos: la deuda heredada del anterior gobierno era demasiado voluminosa. La más reciente, la reducción del presupuesto para las universidades.


La historia de la educación superior ecuatoriana no ha sido de las mejores. La conquista nos trajo desde España, junto a la espada y la cruz, la universidad medioeval que,  como lo afirmó en su momento Benigno Malo, ‘que podía enseñarnos’. El presidente Urbina decretó la ‘libertad de estudios’ que en realidad significó que el Estado se desentienda de la universidad. García Moreno, clausuró la Universidad Central y decretó la creación de la Escuela Politécnica, motivado por la necesidad de orientar la educación superior hacia el desarrollo industrial del país. A partir de entonces, ambas instituciones fueron motivo de sucesivas clausuras y reaperturas. Velasco Ibarra reabrió la Escuela Politécnica Nacional en 1935 y luego, en su segundo mandato, dio paso a la instauración de las universidades católicas y privadas; finalmente en su último mandato, asistimos a la proliferación indiscriminada de los centros universitarios. Quizás lo más crítico de esta realidad es que al Estado le ha resultado muy difícil contar con sistema centralizado para la coordinación de las carreras que se imparten a nivel nacional, lo cual evidencia que aún carecemos en el país de una verdadera claridad sobre el rol específico de la educación superior o, en otros términos, la relación entre formación universitaria y producción social.


El S.XXI tiene como antecedente inmediato la gran revolución científico-técnica de los tres decenios anteriores. Asistimos a un cambio de época que se caracteriza fundamentalmente por el predominio cada vez mayor de la ciencia y la tecnología; han surgido y se ponen a disposición de la producción millares de  nuevos materiales y procesos técnicos. La educación, en todos sus niveles, aborda nuevos caminos, cada día es mayor el número de instituciones educativas en la que impera el ‘cero papel’ y los estudios se sustentan en la informática y, ni que hablar, de las nuevas carreras que combinan áreas científicas hasta hace poco impensables.


¿Es acertado el recorte presupuestario a la educación?  (O)
La educación e instrucción del pueblo constituye condición primera, indispensable, para el desarrollo del país. E. Bonilla