La salida

Matrimonio a prueba, matrimonio a plazo, matrimonio igualitario: parece que la institución matrimonial presenta en la actualidad un especial interés desde el ámbito del estudio teórico, jurídico y filosófico. A la vez, según los datos oficiales y lo que se conoce de la vida cotidiana, no mucha gente quiere casarse.
Tampoco el matrimonio está, en general, durando toda la vida y hasta que la muerte separe a los antiguos  contrayentes. Será, como se manifestaba, que el matrimonio para toda la vida se instituyó cuando el promedio de existencia rondaba los 32 años.
Por las razones que sean, una ancestral institución cuencana prácticamente ha desaparecido: la “salida” de los novios. Los jóvenes no conocen que quiere decir este término ni están, por supuesto, interesados en mantener costumbres arcaicas.
¿Tomar a la novia e ir a parar con ella en alguna hacienda propia o extraña –que tampoco hay muchas- simplemente para obligar a los padres a que acepten el compromiso? Parece cosa de locos.
Sin embargo hace algunas decenas de años (dicen las malas lenguas que no había televisión) no era extraño escuchar entre los amigos o dentro de la familia,  que una pareja de jovencitos se había salido.
Esto ponía en marcha un trámite complejo: la búsqueda de los novios para conocer el lugar donde se encontraban; el consiguiente reclamo airado del padre de ella acompañado del desmayo de la madre. Y la cara de acontecidos de los padres de él que, por supuesto, no tenían responsabilidad alguna ni la menor idea de lo que iba a suceder.
La señorita (¿?) volvía a su casa mientras los padres del joven, una vez puestas las cosas en su punto, resolvían la manera de ir a visitar a los futuros consuegros para pedir la mano de aquella que había encendido una santa pasión en su hijo.
Hubo casos en que no sucedió nada: ni petición de mano ni resultados posteriores. En otros, la tensa y formal ceremonia de la petición de matrimonio podía terminar con un apretón de manos o un abrazo, y los planes inmediatos para la boda.
Muchos matrimonios, que empezaron así, duraron  largos años; otros, terminaron tan rápidamente como comenzaron. El antiguo mecanismo ha quedado en desuso. Los jóvenes dirán: “¿Salirse? ¡Qué pereza!”. (O) 

La salida

Matrimonio a prueba, matrimonio a plazo, matrimonio igualitario: parece que la institución matrimonial presenta en la actualidad un especial interés desde el ámbito del estudio teórico, jurídico y filosófico. A la vez, según los datos oficiales y lo que se conoce de la vida cotidiana, no mucha gente quiere casarse.
Tampoco el matrimonio está, en general, durando toda la vida y hasta que la muerte separe a los antiguos  contrayentes. Será, como se manifestaba, que el matrimonio para toda la vida se instituyó cuando el promedio de existencia rondaba los 32 años.
Por las razones que sean, una ancestral institución cuencana prácticamente ha desaparecido: la “salida” de los novios. Los jóvenes no conocen que quiere decir este término ni están, por supuesto, interesados en mantener costumbres arcaicas.
¿Tomar a la novia e ir a parar con ella en alguna hacienda propia o extraña –que tampoco hay muchas- simplemente para obligar a los padres a que acepten el compromiso? Parece cosa de locos.
Sin embargo hace algunas decenas de años (dicen las malas lenguas que no había televisión) no era extraño escuchar entre los amigos o dentro de la familia,  que una pareja de jovencitos se había salido.
Esto ponía en marcha un trámite complejo: la búsqueda de los novios para conocer el lugar donde se encontraban; el consiguiente reclamo airado del padre de ella acompañado del desmayo de la madre. Y la cara de acontecidos de los padres de él que, por supuesto, no tenían responsabilidad alguna ni la menor idea de lo que iba a suceder.
La señorita (¿?) volvía a su casa mientras los padres del joven, una vez puestas las cosas en su punto, resolvían la manera de ir a visitar a los futuros consuegros para pedir la mano de aquella que había encendido una santa pasión en su hijo.
Hubo casos en que no sucedió nada: ni petición de mano ni resultados posteriores. En otros, la tensa y formal ceremonia de la petición de matrimonio podía terminar con un apretón de manos o un abrazo, y los planes inmediatos para la boda.
Muchos matrimonios, que empezaron así, duraron  largos años; otros, terminaron tan rápidamente como comenzaron. El antiguo mecanismo ha quedado en desuso. Los jóvenes dirán: “¿Salirse? ¡Qué pereza!”. (O)