La revolución rusa

Visto

Se recuerdan estos días los cien años de un evento cuya influencia fue radical, en todos los sentidos de la palabra, en la historia del siglo XX: la revolución rusa, también conocida como revolución de octubre, aunque haya sucedido en noviembre, o la revolución bolchevique. No voy a referirme a lo que sucedió después con la llegada de Stalin al poder ni tampoco a los prejuicios con los que alimentaron nuestra imaginación católica en torno a los “comunistas come guaguas”, ni tampoco al período de la guerra fría o en lo que devino el llamado “socialismo real.” Revisemos brevemente los hechos de 1917 que provocaron el levantamiento del pueblo ruso para poner fin al sistema monárquico de los zares.
Una de las principales causas para el estallido de aquella revolución fue el desastroso manejo y el descontento con el zar Nicolás II, que ejercía un poder despótico viviendo en medio de la más absoluta riqueza, mientras el pueblo literalmente moría de hambre y se encontraba sin recursos ante las continuas batallas perdidas frente a Alemania durante la Primera Guerra Mundial y que debía financiar con diezmos y además participar en ellas como soldados. Si viviera hoy el zar seguramente tendría su fortuna escondida en algún paraíso fiscal. Adicionalmente la opresión de las clases bajas contrastaba con el enorme poder que mantenían algunos señores feudales en el dominio de grandes extensiones de tierra trabajadas por los campesinos o “mujiks.” Las condiciones de vida para la mayoría del pueblo ruso eran las de un esclavismo feudal.
La entrada de capital extranjero que dominaba en fábricas y centros productivos del país empleaba obreros para trabajar en condiciones infrahumanas. Pronto se hicieron cada vez más frecuentes las protestas, que luego pasaron a huelgas y terminaron en grandes revueltas. Muchos de estos obreros se agruparon en organizaciones sindicales conocidas como “soviets.”
Uno de los testimonios más vivos de aquellos años es de autoría del célebre periodista norteamericano John Reed, en la obra “Diez días que estremecieron al mundo”, cuyas páginas recrean las noches heladas en Petrogrado, o San Petersburgo, los cuerpos calientes que se apretujaban en las asambleas del “soviet”, la ebullición de deseos que se transformaron en una firme voluntad de cambio y finalmente en una revolución. Fue el malestar del pueblo y su anhelo por mejores condiciones de vida lo que provocaron el fin de un sistema elitista que existió por siglos, dando lugar al surgimiento, por primera vez en la historia, de un tipo de gobierno que buscó, al menos durante sus primeros días, llevar a la práctica la utopía de un mundo sin clases sociales. A la luz de las injusticias contemporáneas el anhelo por un mundo mejor permanece intacto y esa es, sin duda, la mayor contribución del pueblo protagonista de la revolución rusa. (O)

La revolución rusa

Se recuerdan estos días los cien años de un evento cuya influencia fue radical, en todos los sentidos de la palabra, en la historia del siglo XX: la revolución rusa, también conocida como revolución de octubre, aunque haya sucedido en noviembre, o la revolución bolchevique. No voy a referirme a lo que sucedió después con la llegada de Stalin al poder ni tampoco a los prejuicios con los que alimentaron nuestra imaginación católica en torno a los “comunistas come guaguas”, ni tampoco al período de la guerra fría o en lo que devino el llamado “socialismo real.” Revisemos brevemente los hechos de 1917 que provocaron el levantamiento del pueblo ruso para poner fin al sistema monárquico de los zares.
Una de las principales causas para el estallido de aquella revolución fue el desastroso manejo y el descontento con el zar Nicolás II, que ejercía un poder despótico viviendo en medio de la más absoluta riqueza, mientras el pueblo literalmente moría de hambre y se encontraba sin recursos ante las continuas batallas perdidas frente a Alemania durante la Primera Guerra Mundial y que debía financiar con diezmos y además participar en ellas como soldados. Si viviera hoy el zar seguramente tendría su fortuna escondida en algún paraíso fiscal. Adicionalmente la opresión de las clases bajas contrastaba con el enorme poder que mantenían algunos señores feudales en el dominio de grandes extensiones de tierra trabajadas por los campesinos o “mujiks.” Las condiciones de vida para la mayoría del pueblo ruso eran las de un esclavismo feudal.
La entrada de capital extranjero que dominaba en fábricas y centros productivos del país empleaba obreros para trabajar en condiciones infrahumanas. Pronto se hicieron cada vez más frecuentes las protestas, que luego pasaron a huelgas y terminaron en grandes revueltas. Muchos de estos obreros se agruparon en organizaciones sindicales conocidas como “soviets.”
Uno de los testimonios más vivos de aquellos años es de autoría del célebre periodista norteamericano John Reed, en la obra “Diez días que estremecieron al mundo”, cuyas páginas recrean las noches heladas en Petrogrado, o San Petersburgo, los cuerpos calientes que se apretujaban en las asambleas del “soviet”, la ebullición de deseos que se transformaron en una firme voluntad de cambio y finalmente en una revolución. Fue el malestar del pueblo y su anhelo por mejores condiciones de vida lo que provocaron el fin de un sistema elitista que existió por siglos, dando lugar al surgimiento, por primera vez en la historia, de un tipo de gobierno que buscó, al menos durante sus primeros días, llevar a la práctica la utopía de un mundo sin clases sociales. A la luz de las injusticias contemporáneas el anhelo por un mundo mejor permanece intacto y esa es, sin duda, la mayor contribución del pueblo protagonista de la revolución rusa. (O)

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