La reconciliación en Colombia

 La zona bananera de Urabá, situada en el noroeste de Colombia, entre el mar Caribe y la frontera con Panamá, se muestra después de un largo periodo de violencia como ejemplo de reconciliación para un país que espera acabar el conflicto armado con las FARC.

Tras años de disputas territoriales que involucraron a las guerrillas del Ejército Popular de Liberación, EPL; las FARC; el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, el terror ha dado paso al retorno de miles de habitantes que huyeron de sus tierras y ahora reconstruyen su tejido social.
En Turbo y Apartadó, dos de los cuatro municipios que integran la denominada zona central del Urabá antioqueño, sus habitantes celebran las negociaciones que desde hace más de tres años se celebran en La Habana y se presentan como ejemplo a seguir en la venidera etapa de posconflicto.
“Hemos aprendido y hoy somos un ejemplo para el mundo, hoy podemos mostrar al mundo que sí se puede perdonar, que sí podemos convivir entre todos y que sí podemos salir adelante y vivir en paz”, declaró el presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio La Alborada de Apartadó, Vicente Becerra.
Relata que Apartadó y otros pueblos de la zona sufrieron  etapas difíciles de violencia, de zozobra, de incertidumbre”.
Becerra no quiso ahondar en los hechos ocurridos que, según él, fueron conocidos “a través de los medios”. Sin embargo quedan como parte de la triste historia de la región masacres ocurridas entre agosto y septiembre de 1995, que se saldaron con al menos 66 muertos, en su mayoría obreros de fincas bananeras asesinados por paramilitares y guerrilleros de las FARC.
Urabá es una rica región agrícola, principal productor de banano del país, que por su ubicación geográfica, con costas sobre el Atlántico y en la frontera con Panamá, se convirtió en un cruce de caminos muy disputado por grupos armados al margen de la ley para el tráfico de armas, drogas, y últimamente de inmigrantes extranjeros ilegales.
Para la directora de la Corporación Cultural Camaleón, María Victoria Suaza, el “quiebre” de esa época lo marcó “el haber llegado al abismo más profundo de la deshumanización de la guerra”.
“Es una historia tan marcada de sangre que ya no era posible seguir”, declaró esta activista, quien consideró que Urabá “hace rato” vive un posconflicto y un modelo de convivencia “a partir de unas bases sólidas del respeto a la diferencia” en una región, que definió como “pluriétnica”.
Ya sobre la paz, Pablo Enrique Ramos, un exparamilitar que desde la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR, apoyó la reparación de una escuela en Turbo financiada por Directv, hizo votos por el fin del conflicto y pidió que se les brinden oportunidades a los que fueron desplazados por la violencia para que puedan regresar.
“Las entidades públicas y privadas debemos jugarnos el todo por el todo para que esas personas tengan una oportunidad para estudiar, tengan una vivienda digna, tengan las condiciones aptas para no repetir los mismos hechos”, opinó este joven de 27 años. (EFE) (O) 

La reconciliación en Colombia

 La zona bananera de Urabá, situada en el noroeste de Colombia, entre el mar Caribe y la frontera con Panamá, se muestra después de un largo periodo de violencia como ejemplo de reconciliación para un país que espera acabar el conflicto armado con las FARC.

Tras años de disputas territoriales que involucraron a las guerrillas del Ejército Popular de Liberación, EPL; las FARC; el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, el terror ha dado paso al retorno de miles de habitantes que huyeron de sus tierras y ahora reconstruyen su tejido social.
En Turbo y Apartadó, dos de los cuatro municipios que integran la denominada zona central del Urabá antioqueño, sus habitantes celebran las negociaciones que desde hace más de tres años se celebran en La Habana y se presentan como ejemplo a seguir en la venidera etapa de posconflicto.
“Hemos aprendido y hoy somos un ejemplo para el mundo, hoy podemos mostrar al mundo que sí se puede perdonar, que sí podemos convivir entre todos y que sí podemos salir adelante y vivir en paz”, declaró el presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio La Alborada de Apartadó, Vicente Becerra.
Relata que Apartadó y otros pueblos de la zona sufrieron  etapas difíciles de violencia, de zozobra, de incertidumbre”.
Becerra no quiso ahondar en los hechos ocurridos que, según él, fueron conocidos “a través de los medios”. Sin embargo quedan como parte de la triste historia de la región masacres ocurridas entre agosto y septiembre de 1995, que se saldaron con al menos 66 muertos, en su mayoría obreros de fincas bananeras asesinados por paramilitares y guerrilleros de las FARC.
Urabá es una rica región agrícola, principal productor de banano del país, que por su ubicación geográfica, con costas sobre el Atlántico y en la frontera con Panamá, se convirtió en un cruce de caminos muy disputado por grupos armados al margen de la ley para el tráfico de armas, drogas, y últimamente de inmigrantes extranjeros ilegales.
Para la directora de la Corporación Cultural Camaleón, María Victoria Suaza, el “quiebre” de esa época lo marcó “el haber llegado al abismo más profundo de la deshumanización de la guerra”.
“Es una historia tan marcada de sangre que ya no era posible seguir”, declaró esta activista, quien consideró que Urabá “hace rato” vive un posconflicto y un modelo de convivencia “a partir de unas bases sólidas del respeto a la diferencia” en una región, que definió como “pluriétnica”.
Ya sobre la paz, Pablo Enrique Ramos, un exparamilitar que desde la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR, apoyó la reparación de una escuela en Turbo financiada por Directv, hizo votos por el fin del conflicto y pidió que se les brinden oportunidades a los que fueron desplazados por la violencia para que puedan regresar.
“Las entidades públicas y privadas debemos jugarnos el todo por el todo para que esas personas tengan una oportunidad para estudiar, tengan una vivienda digna, tengan las condiciones aptas para no repetir los mismos hechos”, opinó este joven de 27 años. (EFE) (O)