La muerte del Dr. Seniergues en Cuenca

El 29 de agosto de 1739, hace 278 años exactamente, antes de que exista propiamente nuestro país, en un lugar que las crónicas noticiosas o diarios personales que daban cuenta de los hechos, llamaban todavía Cuenca del Perú, es decir en épocas del virreinato, sucedía uno de los hechos de sangre más llamativos que conserva la historia criminal de Cuenca, y la ciudad ha tenido más de algunos casos llamativos por distintas razones, lamentablemente. Pero, por su contexto y trágico final, este guarda, y sin duda, guardará un lugar central en las historias recordadas en conversaciones por las y los cuencanos, especialmente, si se suma el factor amoroso del ‘affaire’.

¿Ajuste de cuentas? ¿Un terrible mal entendido? ¿Celos? Demasiadas preguntas en torno a la trama y las razones de un caso que podría ser considerado a la distancia, en definitiva, una suerte de ‘fuenteovejuna’ a la cuencana, añadiendo hoy a mucha honra ovejuna, ahora que, últimamente, la palabra ha sido tan maltratada y basureada. Esto en razón de la forma en que una multitud de personas participan tumultuosamente en un ataque durante una corrida de toros en la plaza de San Sebastián que termina con el cirujano Jean Seniergues, miembro de la Misión Geodésica Francesa, herido de muerte por golpes de espada a los que sobrevive únicamente cuatro días. Hubo posteriormente un juicio interpuesto por La Condamine en contra de Diego de León y Manuel de Neira como autores directos de la muerte y, en efecto, fueron declarados culpables, sin embargo, la muerte del médico y anatomista francés marcó para siempre el espíritu de la misión de la cual formaba parte.

Sin ningún ánimo de justificar el hecho criminal en sí y más bien, al contrario, celebrando el hecho de la sentencia en contra de los susodichos autores del hecho, aunque hayan burlado la condena, lo que varias crónicas recogen es que, al parecer, el francés se hizo odiar. O mejor dicho, no se hizo querer, y como suele suceder con muchísima facilidad en un ambiente cerrado y aislado con miedo a lo diferente o a cualquier cosa que altere su zona de confort, hubo una reacción fatal y violenta, claramente patriarcal y machista, podemos añadir, porque cualquiera haya sido la razón esta está directamente relacionada con una disputa en torno a Manuela Quesada, prometida de matrimonio y desairada por Diego de León y a quien Seniergues defendía y con quien sostuvo una relación amorosa.

Es un debate de fondo. Pero así como no se puede aceptar que por la vestimenta de una persona, una mujer por ejemplo, esta sea agredida, mucho menos se puede aceptar que la personalidad de una persona sea el pretexto para que esta sea agredida violentamente.
Especial reflexión requiere, al final, la situación en la que quedó Manuela Quesada, la Cusinga, desamparada sin la protección de Seniergues ante la despiadada mirada de la conservadora e hipócrita ciudad de Cuenca colonial. (O)   

La muerte del Dr. Seniergues en Cuenca

El 29 de agosto de 1739, hace 278 años exactamente, antes de que exista propiamente nuestro país, en un lugar que las crónicas noticiosas o diarios personales que daban cuenta de los hechos, llamaban todavía Cuenca del Perú, es decir en épocas del virreinato, sucedía uno de los hechos de sangre más llamativos que conserva la historia criminal de Cuenca, y la ciudad ha tenido más de algunos casos llamativos por distintas razones, lamentablemente. Pero, por su contexto y trágico final, este guarda, y sin duda, guardará un lugar central en las historias recordadas en conversaciones por las y los cuencanos, especialmente, si se suma el factor amoroso del ‘affaire’.

¿Ajuste de cuentas? ¿Un terrible mal entendido? ¿Celos? Demasiadas preguntas en torno a la trama y las razones de un caso que podría ser considerado a la distancia, en definitiva, una suerte de ‘fuenteovejuna’ a la cuencana, añadiendo hoy a mucha honra ovejuna, ahora que, últimamente, la palabra ha sido tan maltratada y basureada. Esto en razón de la forma en que una multitud de personas participan tumultuosamente en un ataque durante una corrida de toros en la plaza de San Sebastián que termina con el cirujano Jean Seniergues, miembro de la Misión Geodésica Francesa, herido de muerte por golpes de espada a los que sobrevive únicamente cuatro días. Hubo posteriormente un juicio interpuesto por La Condamine en contra de Diego de León y Manuel de Neira como autores directos de la muerte y, en efecto, fueron declarados culpables, sin embargo, la muerte del médico y anatomista francés marcó para siempre el espíritu de la misión de la cual formaba parte.

Sin ningún ánimo de justificar el hecho criminal en sí y más bien, al contrario, celebrando el hecho de la sentencia en contra de los susodichos autores del hecho, aunque hayan burlado la condena, lo que varias crónicas recogen es que, al parecer, el francés se hizo odiar. O mejor dicho, no se hizo querer, y como suele suceder con muchísima facilidad en un ambiente cerrado y aislado con miedo a lo diferente o a cualquier cosa que altere su zona de confort, hubo una reacción fatal y violenta, claramente patriarcal y machista, podemos añadir, porque cualquiera haya sido la razón esta está directamente relacionada con una disputa en torno a Manuela Quesada, prometida de matrimonio y desairada por Diego de León y a quien Seniergues defendía y con quien sostuvo una relación amorosa.

Es un debate de fondo. Pero así como no se puede aceptar que por la vestimenta de una persona, una mujer por ejemplo, esta sea agredida, mucho menos se puede aceptar que la personalidad de una persona sea el pretexto para que esta sea agredida violentamente.
Especial reflexión requiere, al final, la situación en la que quedó Manuela Quesada, la Cusinga, desamparada sin la protección de Seniergues ante la despiadada mirada de la conservadora e hipócrita ciudad de Cuenca colonial. (O)