La misa pagana

El equipo es la tierra, la camiseta es la piel, el estadio es el templo y el buen juego es el culto de la comunión con el hincha…, porque si me preguntas ¿en qué se parece el fútbol a Dios?, me acuerdo de Eduardo Galeano: en la devoción que le tienen muchos creyentes y la desconfianza que le profesan muchos intelectuales… Porque el rito desarrolla el lenguaje: no es el club quien juega, somos nosotros, desarrolla los símbolos, los identitarios, los héroes y referentes, desarrolla su propio culto y cultura con sus cantos, himnos, plegarias e invocaciones, crea sus rivales y archirrivales, construye mitos, leyendas y reviste de identidad su propia historia… El rito empieza en las gradas, cuando salta el equipo y se prende la fiesta, flamean las banderas, el estruendo del canto detiene el tiempo, borra la ciudad y la agenda; el tiempo olvida su lógica, aprende a jugar corriendo, caminando, gateando, el tiempo se sabe cómplice y, a veces, rival. Hay minutos que duran siglos, que se detienen, que no corren, hay otros a los que no hay quien los detenga, su velocidad siempre depende del marcador y la velocidad del rival… A ratos sentado, a ratos de pie, a ratos saltando, a ratos cantando, orando, gritando o, vuelvo sobre Galeano, susurrando “plegarias y maldiciones; hasta que, de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos, con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos…” En el templo el hincha es uno con el equipo, su aliento renueva las fuerzas y, a ratos, hasta parece que empuja la pelota, jugar sin el hincha es como “bailar sin música” a él se debe el equipo; con él festeja, y a él dedica, al final del partido cada victoria… Entre táctica y estrategia, entre el planteamiento técnico, la jugada de laboratorio, el esquema de juego y la defensa cerrada “por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad” (Galeano). La temporada empieza en poco más, la renovada LigaPro nos propone un nuevo formato que nos convoca en la misma fe, la pelota empezará a rodar el año por el país y nuestro equipo buscará remontar los pasos para reescribir la historia… El pasado viernes vimos un equipo que promete: vamos Cuenquita. (O)

La misa pagana

El equipo es la tierra, la camiseta es la piel, el estadio es el templo y el buen juego es el culto de la comunión con el hincha…, porque si me preguntas ¿en qué se parece el fútbol a Dios?, me acuerdo de Eduardo Galeano: en la devoción que le tienen muchos creyentes y la desconfianza que le profesan muchos intelectuales… Porque el rito desarrolla el lenguaje: no es el club quien juega, somos nosotros, desarrolla los símbolos, los identitarios, los héroes y referentes, desarrolla su propio culto y cultura con sus cantos, himnos, plegarias e invocaciones, crea sus rivales y archirrivales, construye mitos, leyendas y reviste de identidad su propia historia… El rito empieza en las gradas, cuando salta el equipo y se prende la fiesta, flamean las banderas, el estruendo del canto detiene el tiempo, borra la ciudad y la agenda; el tiempo olvida su lógica, aprende a jugar corriendo, caminando, gateando, el tiempo se sabe cómplice y, a veces, rival. Hay minutos que duran siglos, que se detienen, que no corren, hay otros a los que no hay quien los detenga, su velocidad siempre depende del marcador y la velocidad del rival… A ratos sentado, a ratos de pie, a ratos saltando, a ratos cantando, orando, gritando o, vuelvo sobre Galeano, susurrando “plegarias y maldiciones; hasta que, de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos, con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos…” En el templo el hincha es uno con el equipo, su aliento renueva las fuerzas y, a ratos, hasta parece que empuja la pelota, jugar sin el hincha es como “bailar sin música” a él se debe el equipo; con él festeja, y a él dedica, al final del partido cada victoria… Entre táctica y estrategia, entre el planteamiento técnico, la jugada de laboratorio, el esquema de juego y la defensa cerrada “por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad” (Galeano). La temporada empieza en poco más, la renovada LigaPro nos propone un nuevo formato que nos convoca en la misma fe, la pelota empezará a rodar el año por el país y nuestro equipo buscará remontar los pasos para reescribir la historia… El pasado viernes vimos un equipo que promete: vamos Cuenquita. (O)