La mirada y el espejo

La mirada y el espejo son dos objetos que se necesitan en diferentes momentos porque miramos sin necesidad del espejo, pero cuando queremos tener una idea de cómo somos, lo necesitamos y también cuando queremos ver otros ángulos que la mirada no alcanza. La mirada nos recuerda su condición indispensable en el ejercicio del poder. Mirar es poder para controlar, para saber, y para anticipar. Durante algún tiempo, ella ha sido el instrumento privilegiado de la disciplina y el control. Además, el espejo está antecedido por el deseo. En el espejo queda desechada la imagen de lo que somos, y se diseña lo que queremos ser.
Querer ser visto, como en los likes del Facebook, es la sed milenial. Queremos ser mirados es la nueva forma de ser. Para Lacan el objeto fantasmal fundamental no es lo que ves, sino la mirada misma. El fantasma convive con nosotros cuando el esclavo hegeliano logra ver al amo como superior. La mirada de desprecio del amo puede ser invisible, aunque sea constitutiva, pero la mirada de admiración del esclavo hacia el amo es insoslayable.
Hay una trampa con la mirada fantasmal y la mistificación. Podemos fantasear con el hecho de ser observados. En efecto, la fantasía está envuelta en la mistificación. El Trotskismo clásico mistificó la clase trabajadora porque se llegó a creer que ella puede hacer caer a los gobiernos corruptos, y ser la portadora de una nueva humanidad, como lo pensara Marx. También podemos mistificar a los pueblos indígenas como los representantes de la esperanza del mundo, focalizándonos en un pasado que resuelva los problemas del futuro, o por último, a las mujeres como si el fin del patriarcalismo resolviera los antagonismos de clase, cuando en realidad no vemos que estamos siendo arrastrados por una gran ola de involución y restauración. (O)

La mirada y el espejo

La mirada y el espejo son dos objetos que se necesitan en diferentes momentos porque miramos sin necesidad del espejo, pero cuando queremos tener una idea de cómo somos, lo necesitamos y también cuando queremos ver otros ángulos que la mirada no alcanza. La mirada nos recuerda su condición indispensable en el ejercicio del poder. Mirar es poder para controlar, para saber, y para anticipar. Durante algún tiempo, ella ha sido el instrumento privilegiado de la disciplina y el control. Además, el espejo está antecedido por el deseo. En el espejo queda desechada la imagen de lo que somos, y se diseña lo que queremos ser.
Querer ser visto, como en los likes del Facebook, es la sed milenial. Queremos ser mirados es la nueva forma de ser. Para Lacan el objeto fantasmal fundamental no es lo que ves, sino la mirada misma. El fantasma convive con nosotros cuando el esclavo hegeliano logra ver al amo como superior. La mirada de desprecio del amo puede ser invisible, aunque sea constitutiva, pero la mirada de admiración del esclavo hacia el amo es insoslayable.
Hay una trampa con la mirada fantasmal y la mistificación. Podemos fantasear con el hecho de ser observados. En efecto, la fantasía está envuelta en la mistificación. El Trotskismo clásico mistificó la clase trabajadora porque se llegó a creer que ella puede hacer caer a los gobiernos corruptos, y ser la portadora de una nueva humanidad, como lo pensara Marx. También podemos mistificar a los pueblos indígenas como los representantes de la esperanza del mundo, focalizándonos en un pasado que resuelva los problemas del futuro, o por último, a las mujeres como si el fin del patriarcalismo resolviera los antagonismos de clase, cuando en realidad no vemos que estamos siendo arrastrados por una gran ola de involución y restauración. (O)