La insoportable estupidez de las redes sociales

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¿Qué es la estupidez? En una conferencia de los años 30 del pasado siglo el escritor Robert Musil intentaba responder a la pregunta. Su respuesta fue quizás estúpida : « No sé lo que es ». Despreciar a los demás siempre es placentero porque nos sitúa en lo alto de la jerarquía social. Pero hablar sobre estupidez de forma abierta tachará de egolatría y un cierto elitismo a quienes escriban sobre el asunto. También yo soy estúpido, por tanto, lo confieso, aunque esto para el lector avezado sea “refinadísima soberbia que confirma mi estulticia.”
Sin una porción de estupidez la humanidad habría desaparecido sin remedio. Por ejemplo, el amor genera ceguera, de modo que sólo vemos virtudes donde abundan defectos. Si uno piensa en la historia de la humanidad llega a la misma conclusión que Saramago: ha sido un profundo y absoluto desastre.
Sin embargo, aunque se decía que no hay épocas mejores ni peores, sí es cierto que para el observador atento de la estupidez hay fenómenos regulares de estulticia que se propagan con rapidez en nuestros días. La estupidez se vuelve viral y se contagia de forma instantánea. Más rápido que nunca, y eso es un logro de nuestra querida civilización digital.
En ocasiones, la incapacidad para comprender y la vana presunción de sabiduría cuando lo lógico sería admitir con humildad la “docta ignorantia” se convierten, por utilizar uno de esos lenguajes que embrutecen, en trending topic.
Si tú, querido lector, sigues leyendo estas líneas de corrido, quizás no hayas sido todavía alcanzado por ese viento huracanado de imbecilidad coyuntural, esa estupidez funcional que es heredera de la televisión, y que toma la forma informe y caótica de las llamadas redes sociales.
Las redes se han convertido en la nueva religión, en el opio al que el individuo común acude para encontrar un entorno familiar, repleto de lugares comunes, de clichés, de vídeos estúpidos y “memes” que no llegan a ser en verdad origen de nada.
Sostenía Voltaire que leemos para disipar la ignorancia. Pero se refería a otro tipo de lectura, paciente, sosegada, intensiva, activa. La lectura de mensajes cortos, que se solapan unos a otros y se funden con la escritura acelerada disemina sin límites la ignorancia bajo la forma de ilusión ilustrada. Y aniquila la curiosidad porque no tenemos tiempo para regalarlo ni al mundo ni a los demás. (O)

La insoportable estupidez de las redes sociales

¿Qué es la estupidez? En una conferencia de los años 30 del pasado siglo el escritor Robert Musil intentaba responder a la pregunta. Su respuesta fue quizás estúpida : « No sé lo que es ». Despreciar a los demás siempre es placentero porque nos sitúa en lo alto de la jerarquía social. Pero hablar sobre estupidez de forma abierta tachará de egolatría y un cierto elitismo a quienes escriban sobre el asunto. También yo soy estúpido, por tanto, lo confieso, aunque esto para el lector avezado sea “refinadísima soberbia que confirma mi estulticia.”
Sin una porción de estupidez la humanidad habría desaparecido sin remedio. Por ejemplo, el amor genera ceguera, de modo que sólo vemos virtudes donde abundan defectos. Si uno piensa en la historia de la humanidad llega a la misma conclusión que Saramago: ha sido un profundo y absoluto desastre.
Sin embargo, aunque se decía que no hay épocas mejores ni peores, sí es cierto que para el observador atento de la estupidez hay fenómenos regulares de estulticia que se propagan con rapidez en nuestros días. La estupidez se vuelve viral y se contagia de forma instantánea. Más rápido que nunca, y eso es un logro de nuestra querida civilización digital.
En ocasiones, la incapacidad para comprender y la vana presunción de sabiduría cuando lo lógico sería admitir con humildad la “docta ignorantia” se convierten, por utilizar uno de esos lenguajes que embrutecen, en trending topic.
Si tú, querido lector, sigues leyendo estas líneas de corrido, quizás no hayas sido todavía alcanzado por ese viento huracanado de imbecilidad coyuntural, esa estupidez funcional que es heredera de la televisión, y que toma la forma informe y caótica de las llamadas redes sociales.
Las redes se han convertido en la nueva religión, en el opio al que el individuo común acude para encontrar un entorno familiar, repleto de lugares comunes, de clichés, de vídeos estúpidos y “memes” que no llegan a ser en verdad origen de nada.
Sostenía Voltaire que leemos para disipar la ignorancia. Pero se refería a otro tipo de lectura, paciente, sosegada, intensiva, activa. La lectura de mensajes cortos, que se solapan unos a otros y se funden con la escritura acelerada disemina sin límites la ignorancia bajo la forma de ilusión ilustrada. Y aniquila la curiosidad porque no tenemos tiempo para regalarlo ni al mundo ni a los demás. (O)

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