La democracia del capital

Visto

Asumiendo que el Estado es la expresión política de la sociedad civil y que goza de legitimación activa para ejercer el poder -monopólico- del uso de la fuerza, no necesariamente condensa el conjunto de intereses de la sociedad, sino más bien, representa los genuinos intereses de la clase dominante que, obviamente no es la clase mayoritaria. En otras palabras, aquello que se llama democracia, usualmente, no lo es, por más que la voz del pueblo  - la voz de Dios?- se haya expresado mayoritariamente en las urnas. La democracia occidental, basada en la libertad, igualdad y confraternidad ha convertido a los principios de la revolución francesas en sociedades en la que unos son mucho “más libres”, “más iguales”, “más fraternos” que otros. Muchos son libres para hacer lo que quieran, pero dentro de un estrechísimo marco; hacen todo lo que quieran siempre y cuando no se salgan de la diminuta “jaula” a la que el sistema lo ha confinado. En otras palabras, el sistema no genera -si lo hace puede desaparecer - igualdad de oportunidades.  El diseño del sistema se sustenta, precisamente, en la desigualdad. 
La clase dirigente que asume el poder, directamente , o por interpuesta persona, representa los intereses, fundamentalmente, del capital. Cuando el gran capitalista pierde confianza en la clase política profesional, es decir, en los políticos “puros”, se abren paso en persona y optan - en persona- por la vilipendiada y malvada política. Los casos de Berlusconi o Trump son paradigmáticos. De cualquier forma, el juego democrático, se estructura de tal manera que resulta misión imposible que por ahí se cole un intruso que no cuente con el respaldo de alguna facción importante del capital. La cuestión es simple. Si consideramos, por ejemplo, el caso de la democracia bipartidista de los EE.UU. no existe la más remota posibilidad de que el “capital demócrata o republicano”, apoye a un candidato que pretenda salirse del establishment, a no ser que cuente con financiamiento propio. Uno que otro multimillonario ha intentado - sin éxito- ser candidato por fuera del bipartidismo. 
La cuestión se vuelve cada vez más desigual con el inmenso costo financiero de las campañas electorales. Las últimas elecciones presidenciales  que definieron el triunfo del magnate Donald Trump, costaron varios billones de dólares provenientes de los aportantes, muchos de los cuales, terminan siendo inversionistas, “meten reja para sacar arado”. Se conoce, por ejemplo que los fabricantes de armas figuran entre los mayores financistas de las campañas republicanas, lo que explica, al menos en parte, la tradicional libertad que tiene la sociedad para comprar armas y, desde luego, el imparable armamentista mundial que, paradójicamente, induce a los países más pobres a gastar buena parte de sus presupuestos en la seguridad y defensa en vez de destinar los recursos al bienestar.
Habría una solución a la tremenda desigualdad de la democracia electoral. Poner límites bajos, casi simbólicos, a las aportaciones para las campañas. Una contienda electoral en la que todos los candidatos quemen suela y garganta, a esta altura del desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación, podría pensarse que es un despropósito. Lo que no cabe es continuar fortaleciendo una democracia en el que los candidatos que no cuenten con fuerte financiamiento, es decir con la venia del gran capital, mejor deben “darse la media vuelta y emprender la reiterada”. (O)

La democracia del capital

Asumiendo que el Estado es la expresión política de la sociedad civil y que goza de legitimación activa para ejercer el poder -monopólico- del uso de la fuerza, no necesariamente condensa el conjunto de intereses de la sociedad, sino más bien, representa los genuinos intereses de la clase dominante que, obviamente no es la clase mayoritaria. En otras palabras, aquello que se llama democracia, usualmente, no lo es, por más que la voz del pueblo  - la voz de Dios?- se haya expresado mayoritariamente en las urnas. La democracia occidental, basada en la libertad, igualdad y confraternidad ha convertido a los principios de la revolución francesas en sociedades en la que unos son mucho “más libres”, “más iguales”, “más fraternos” que otros. Muchos son libres para hacer lo que quieran, pero dentro de un estrechísimo marco; hacen todo lo que quieran siempre y cuando no se salgan de la diminuta “jaula” a la que el sistema lo ha confinado. En otras palabras, el sistema no genera -si lo hace puede desaparecer - igualdad de oportunidades.  El diseño del sistema se sustenta, precisamente, en la desigualdad. 
La clase dirigente que asume el poder, directamente , o por interpuesta persona, representa los intereses, fundamentalmente, del capital. Cuando el gran capitalista pierde confianza en la clase política profesional, es decir, en los políticos “puros”, se abren paso en persona y optan - en persona- por la vilipendiada y malvada política. Los casos de Berlusconi o Trump son paradigmáticos. De cualquier forma, el juego democrático, se estructura de tal manera que resulta misión imposible que por ahí se cole un intruso que no cuente con el respaldo de alguna facción importante del capital. La cuestión es simple. Si consideramos, por ejemplo, el caso de la democracia bipartidista de los EE.UU. no existe la más remota posibilidad de que el “capital demócrata o republicano”, apoye a un candidato que pretenda salirse del establishment, a no ser que cuente con financiamiento propio. Uno que otro multimillonario ha intentado - sin éxito- ser candidato por fuera del bipartidismo. 
La cuestión se vuelve cada vez más desigual con el inmenso costo financiero de las campañas electorales. Las últimas elecciones presidenciales  que definieron el triunfo del magnate Donald Trump, costaron varios billones de dólares provenientes de los aportantes, muchos de los cuales, terminan siendo inversionistas, “meten reja para sacar arado”. Se conoce, por ejemplo que los fabricantes de armas figuran entre los mayores financistas de las campañas republicanas, lo que explica, al menos en parte, la tradicional libertad que tiene la sociedad para comprar armas y, desde luego, el imparable armamentista mundial que, paradójicamente, induce a los países más pobres a gastar buena parte de sus presupuestos en la seguridad y defensa en vez de destinar los recursos al bienestar.
Habría una solución a la tremenda desigualdad de la democracia electoral. Poner límites bajos, casi simbólicos, a las aportaciones para las campañas. Una contienda electoral en la que todos los candidatos quemen suela y garganta, a esta altura del desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación, podría pensarse que es un despropósito. Lo que no cabe es continuar fortaleciendo una democracia en el que los candidatos que no cuenten con fuerte financiamiento, es decir con la venia del gran capital, mejor deben “darse la media vuelta y emprender la reiterada”. (O)

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