La ciudad deseada

Hace algunos años, cuando asistía a reuniones fuera de la ciudad, siempre me llamó la atención el particular comportamiento de mis colegas cuencanos. Los comentarios utilizados en las sesiones laborales -algunos rozando el chovinismo- siempre ponderaban que en Cuenca las cosas, o eran mejores o podían llegar a serlo, en poco tiempo, sin importar el tema de conversación.
Lamentablemente, en la actualidad, nos hemos convertido en seres negativos y hasta hostiles con nuestra tierra. Las vías en mal estado, la conectividad aérea, el tranvía… “quejarse” ha pasado a ser hasta una útil muletilla para romper el hielo en espacios sociales.
Es innegable que durante este lustro hemos sufrido una serie de inconvenientes; quizás sin parangón en nuestra historia; no obstante, la queja recurrente que no viene acompañada de una propuesta, no pasa de ser un estéril desahogo.
Recuperemos el orgullo de ser cuencanos. Nuestra ciudad representa la combinación más deseable de varias cosas. Es sus calles, plazas, casas, iglesias, parques, puentes, museos y ríos; es también industria, comercio, gastronomía, artesanía, turismo, historia y tradición. Pero, sobre todo, Cuenca es su gente.
A nivel nacional nos identifican como ciudadanos cultos y educados, resultado de contar con centros de estudio de prestigio en el Ecuador, así como de una larga herencia de instituciones y personajes vinculados con el arte, la cultura, las ciencias e incluso la política.
El cuencano también es emprendedor. Pese a las dificultades históricas de conectividad y logística -todavía muy vigentes-, ha sabido utilizar con inteligencia los recursos disponibles para desarrollar interesantes proyectos industriales y comerciales. La lista podría extenderse ampliamente. Es así que cada dardo que lanzamos contra la ciudad a la larga nos hiere en nuestro orgullo, autoestima y sentimiento por Cuenca.
Seamos consecuentes con aquellos hombres y mujeres que a diario se esfuerzan por hacer de Cuenca una mejor ciudad; por supuesto, hay problemas cuya solución está fuera de nuestro alcance: exijamos y presionemos.
Sin embargo, existen muchos otros sobre los cuales sí podemos actuar, tener incidencia y marcar la diferencia.
La ciudad que queremos es la ciudad que hacemos. (O)

La ciudad que queremos es la ciudad que hacemos. Estamos a tiempo de recuperar el orgullo de ser cuencanos.

La ciudad deseada

Hace algunos años, cuando asistía a reuniones fuera de la ciudad, siempre me llamó la atención el particular comportamiento de mis colegas cuencanos. Los comentarios utilizados en las sesiones laborales -algunos rozando el chovinismo- siempre ponderaban que en Cuenca las cosas, o eran mejores o podían llegar a serlo, en poco tiempo, sin importar el tema de conversación.
Lamentablemente, en la actualidad, nos hemos convertido en seres negativos y hasta hostiles con nuestra tierra. Las vías en mal estado, la conectividad aérea, el tranvía… “quejarse” ha pasado a ser hasta una útil muletilla para romper el hielo en espacios sociales.
Es innegable que durante este lustro hemos sufrido una serie de inconvenientes; quizás sin parangón en nuestra historia; no obstante, la queja recurrente que no viene acompañada de una propuesta, no pasa de ser un estéril desahogo.
Recuperemos el orgullo de ser cuencanos. Nuestra ciudad representa la combinación más deseable de varias cosas. Es sus calles, plazas, casas, iglesias, parques, puentes, museos y ríos; es también industria, comercio, gastronomía, artesanía, turismo, historia y tradición. Pero, sobre todo, Cuenca es su gente.
A nivel nacional nos identifican como ciudadanos cultos y educados, resultado de contar con centros de estudio de prestigio en el Ecuador, así como de una larga herencia de instituciones y personajes vinculados con el arte, la cultura, las ciencias e incluso la política.
El cuencano también es emprendedor. Pese a las dificultades históricas de conectividad y logística -todavía muy vigentes-, ha sabido utilizar con inteligencia los recursos disponibles para desarrollar interesantes proyectos industriales y comerciales. La lista podría extenderse ampliamente. Es así que cada dardo que lanzamos contra la ciudad a la larga nos hiere en nuestro orgullo, autoestima y sentimiento por Cuenca.
Seamos consecuentes con aquellos hombres y mujeres que a diario se esfuerzan por hacer de Cuenca una mejor ciudad; por supuesto, hay problemas cuya solución está fuera de nuestro alcance: exijamos y presionemos.
Sin embargo, existen muchos otros sobre los cuales sí podemos actuar, tener incidencia y marcar la diferencia.
La ciudad que queremos es la ciudad que hacemos. (O)

La ciudad que queremos es la ciudad que hacemos. Estamos a tiempo de recuperar el orgullo de ser cuencanos.