Juancho

Hermano. Son siete años de tu partida, siete años de convivir con el vacío, el cual tratamos cotidianamente de llenar con imágenes tuyas que, aunque gaseosas y efímeras, irradian la luz de tu ser y de tu sonrisa para siempre joven y bella por deseo de los arbitrarios dioses del destino. Quizás por eso nos dejan la sensación de que sigues aquí de alguna forma. Aunque también es curioso pensar que estamos hechos de ausencias y que somos como una cicatriz.
El tiempo es impresionante ¿sabes? A la vez que resulta la única herramienta para superar el trauma, es también un testigo cruel del encallecimiento del alma. Esta sociedad no nos enseña a estar preparados para perder alguien que amamos. Nos enseña, por el contrario, a vivir negando la muerte y el dolor. Y cuando llegan, nos destruye. Es algo que no se supera, sólo se aprende a convivir con ello. Como cuando te amputan una pierna o un brazo, o como si te sacaran el corazón. El vacío estará ahí para siempre, pero sigues caminando y haciendo las cosas hasta que un día te sorprendes siendo feliz de nuevo. Sonríes, aunque ya nunca es lo mismo. Valoras las cosas de otra manera, prestas atención a detalles que pasabas por alto o te parecían insignificantes. Maduras. Creces. Sigues adelante, a pesar de todo, haciendo del recuerdo la gasolina del alma.
Tú sabes que desde hace mucho tiempo, desde que aprendí a pensar por mí mismo, ya no soy creyente y mucho menos practicante. Pero todavía me veo durante los días posteriores a tu muerte sintiendo que tu energía vital, única y preciosa, el instante que dejaba tu cuerpo inerte en este mundo, tenía que unirse o regresar a algo que podría llamarse “el gran todo.” O “la gran nada”. No lo sé. Lo cierto es que la materia, lo exterior, es lo que se queda para que los deudos hagamos nuestras ceremonias. La personalidad, el carácter, no sé ni cómo llamarlo bien, digamos lo intangible de una persona, lo que anima y pone en movimiento la materia, que es la que se va. Regresa a alguna parte, al lugar de donde venimos, decía Wolf, y cuyo secreto se esconde en el éter oscuro donde flota el grano de arena cósmico en el que vivimos haciéndonos la guerra unos a otros.
Oye, cada vez que me tomo una cerveza brindo contigo, ya lo sabes, tenemos nuestros pequeños rituales. Y secretos. Así también con tus hermanos, mis hermanos, porque, junto a tu extraordinaria mamá, somos lo que queda de tí en este mundo. Y aunque me haces falta ñaño, siento que, junto a mi papá, vives en mí y que las cosas que veo y siento, las ves y las sientes tú también. Y eso me da fuerza hermano. Me da fuerza porque, a pesar de todo, la vida es bella. Y debemos atesorar este “tiempo dado”, ¿no cierto? (O)
Esta sociedad no nos enseña a estar preparados para perder alguien que amamos. Nos enseña a negar la muerte
y el dolor.

Juancho

Hermano. Son siete años de tu partida, siete años de convivir con el vacío, el cual tratamos cotidianamente de llenar con imágenes tuyas que, aunque gaseosas y efímeras, irradian la luz de tu ser y de tu sonrisa para siempre joven y bella por deseo de los arbitrarios dioses del destino. Quizás por eso nos dejan la sensación de que sigues aquí de alguna forma. Aunque también es curioso pensar que estamos hechos de ausencias y que somos como una cicatriz.
El tiempo es impresionante ¿sabes? A la vez que resulta la única herramienta para superar el trauma, es también un testigo cruel del encallecimiento del alma. Esta sociedad no nos enseña a estar preparados para perder alguien que amamos. Nos enseña, por el contrario, a vivir negando la muerte y el dolor. Y cuando llegan, nos destruye. Es algo que no se supera, sólo se aprende a convivir con ello. Como cuando te amputan una pierna o un brazo, o como si te sacaran el corazón. El vacío estará ahí para siempre, pero sigues caminando y haciendo las cosas hasta que un día te sorprendes siendo feliz de nuevo. Sonríes, aunque ya nunca es lo mismo. Valoras las cosas de otra manera, prestas atención a detalles que pasabas por alto o te parecían insignificantes. Maduras. Creces. Sigues adelante, a pesar de todo, haciendo del recuerdo la gasolina del alma.
Tú sabes que desde hace mucho tiempo, desde que aprendí a pensar por mí mismo, ya no soy creyente y mucho menos practicante. Pero todavía me veo durante los días posteriores a tu muerte sintiendo que tu energía vital, única y preciosa, el instante que dejaba tu cuerpo inerte en este mundo, tenía que unirse o regresar a algo que podría llamarse “el gran todo.” O “la gran nada”. No lo sé. Lo cierto es que la materia, lo exterior, es lo que se queda para que los deudos hagamos nuestras ceremonias. La personalidad, el carácter, no sé ni cómo llamarlo bien, digamos lo intangible de una persona, lo que anima y pone en movimiento la materia, que es la que se va. Regresa a alguna parte, al lugar de donde venimos, decía Wolf, y cuyo secreto se esconde en el éter oscuro donde flota el grano de arena cósmico en el que vivimos haciéndonos la guerra unos a otros.
Oye, cada vez que me tomo una cerveza brindo contigo, ya lo sabes, tenemos nuestros pequeños rituales. Y secretos. Así también con tus hermanos, mis hermanos, porque, junto a tu extraordinaria mamá, somos lo que queda de tí en este mundo. Y aunque me haces falta ñaño, siento que, junto a mi papá, vives en mí y que las cosas que veo y siento, las ves y las sientes tú también. Y eso me da fuerza hermano. Me da fuerza porque, a pesar de todo, la vida es bella. Y debemos atesorar este “tiempo dado”, ¿no cierto? (O)
Esta sociedad no nos enseña a estar preparados para perder alguien que amamos. Nos enseña a negar la muerte
y el dolor.