Incomunicados

Visto

La reforma de la Ley de Comunicación ha dejado sin piso la pro-ducción nacional. Error histórico. Uno de los recuerdos más po-derosos que guardo de los debates en los que participé sobre el futuro del audiovisual latinoamericano, sucedió en un foro de docu-mentalistas, allá por el año 2008, en la Cinemateca de Río de Janeiro, en el marco de Cinesul, cuando un realizador carioca de entradas grandes y pelo cano, empuñando el micrófono con vehemencia, dijo en claro portuñol: “así como nuestros gobernantes discuten sobre la creación de un oleoducto sudamericano, nosotros, cineastas sudame-ricanos, tenemos que construir un gasoducto audiovisual!” La imagen era poderosa. Percutió mis neuronas. Desde entonces no dejé de pen-sar en esa quimérica tubería. Un gasoducto audiovisual. La Ley de Comunicación fue un paso fundamental en esa direc-ción porque garantizó, en-tre otras cosas, que la publi-cidad sea producida por ta-lento nacional y que no venga importada como cualquier enlatado. Ayer, en la Asamblea Nacional, el codo borró lo que escribió la mano.  Porque aunque hablamos de cañerías que ocupan el paralelo universo de lo digital, la analogía re-sulta pertinente: los caños ya están instalados ¿pero qué contenidos corren y circulan dentro de ellos? Ciertamente no son los nuestros. Mientras reflexio-namos y dudamos, la tubería digital se inunda con la narrativa arrasa-dora, seductora y anestesiante de industrias culturales cuyos Estados carecen de estos falsos dilemas sobre la necesidad de contar con leyes que protejan la producción de contenidos como una forma de a-sentarse globalmente. Es claro, por eso unos globalizan y otros somos globalizados. La integración y la supervivencia cultural, en efecto, son un trabajo de gasfiteros, fontaneros y carpinteros de la cultura, con la complicidad de algunos abogados, donde el cine y el audiovisual jue-gan un rol clave. La metáfora es útil: se trata de un trabajo que no se ve, como en los edificios, pero sin el cual estos no son habitables. Cuando abrimos una llave de agua no pensamos por qué sale el chorro. No. Es como si fuese algo natural. Igual pasa cuando encendemos la tv, el cable o el internet: el flujo audiovisual parece interminable y natural. Ese es el rol invisible que juegan las leyes pues permiten que esas cosas pasen. La vilipendiada Ley de comunicación había abierto la llave, pero sin ese marco jurídico nuestra ausencia simbólica será fácilmente ocupada por imaginarios que subrayan, continúan y reproducen nuestra colonización cultural. Así de sencillo, así de desproporcionado. (O)

Incomunicados

La reforma de la Ley de Comunicación ha dejado sin piso la pro-ducción nacional. Error histórico. Uno de los recuerdos más po-derosos que guardo de los debates en los que participé sobre el futuro del audiovisual latinoamericano, sucedió en un foro de docu-mentalistas, allá por el año 2008, en la Cinemateca de Río de Janeiro, en el marco de Cinesul, cuando un realizador carioca de entradas grandes y pelo cano, empuñando el micrófono con vehemencia, dijo en claro portuñol: “así como nuestros gobernantes discuten sobre la creación de un oleoducto sudamericano, nosotros, cineastas sudame-ricanos, tenemos que construir un gasoducto audiovisual!” La imagen era poderosa. Percutió mis neuronas. Desde entonces no dejé de pen-sar en esa quimérica tubería. Un gasoducto audiovisual. La Ley de Comunicación fue un paso fundamental en esa direc-ción porque garantizó, en-tre otras cosas, que la publi-cidad sea producida por ta-lento nacional y que no venga importada como cualquier enlatado. Ayer, en la Asamblea Nacional, el codo borró lo que escribió la mano.  Porque aunque hablamos de cañerías que ocupan el paralelo universo de lo digital, la analogía re-sulta pertinente: los caños ya están instalados ¿pero qué contenidos corren y circulan dentro de ellos? Ciertamente no son los nuestros. Mientras reflexio-namos y dudamos, la tubería digital se inunda con la narrativa arrasa-dora, seductora y anestesiante de industrias culturales cuyos Estados carecen de estos falsos dilemas sobre la necesidad de contar con leyes que protejan la producción de contenidos como una forma de a-sentarse globalmente. Es claro, por eso unos globalizan y otros somos globalizados. La integración y la supervivencia cultural, en efecto, son un trabajo de gasfiteros, fontaneros y carpinteros de la cultura, con la complicidad de algunos abogados, donde el cine y el audiovisual jue-gan un rol clave. La metáfora es útil: se trata de un trabajo que no se ve, como en los edificios, pero sin el cual estos no son habitables. Cuando abrimos una llave de agua no pensamos por qué sale el chorro. No. Es como si fuese algo natural. Igual pasa cuando encendemos la tv, el cable o el internet: el flujo audiovisual parece interminable y natural. Ese es el rol invisible que juegan las leyes pues permiten que esas cosas pasen. La vilipendiada Ley de comunicación había abierto la llave, pero sin ese marco jurídico nuestra ausencia simbólica será fácilmente ocupada por imaginarios que subrayan, continúan y reproducen nuestra colonización cultural. Así de sencillo, así de desproporcionado. (O)

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