Hablemos

Por estos días en que Juego de Tronos ha tomado el planeta con sus dragones y su ejército de muertos, hablar de otra serie roza la herejía.
Pero mientras esperaba ansioso el regreso de Jon Snow, Daenerys Targaryen y Tyrion Lannister, me puse a ver La Corona, la historia de los primeros años de reinado de Isabel II de Inglaterra.
Y lo que más me asombró de esta serie es que el momento culminante de cada capítulo no es, como en Juego de Tronos, una decapitación, una batalla o una escena de sexo salvaje, sino una conversación.
Cada capítulo nos prepara para el diálogo que debe tener la reina con su madre, la reina con su hermana, la reina con su primer ministro (un obcecado Winston Churchill interpretado por el actor John Lithgow).
Y cada una de estas conversaciones, y sus tortuosos preparativos, nos recuerda –sea uno de la nobleza o un súbdito bellaco- que pocas acciones son tan difíciles, épicas y atemorizantes como hablar, en serio, con alguien.
Por tal motivo, “hablar” es un acto fascinante del ser humano, muy lejos de ese extraño significado que se le otorga en Cuenca como sinónimo de “pelear” o “dar una reprimenda”.
De las 20 acepciones del verbo hablar que define la Real Academia Española ninguna incluye el significado “regaño”.
(Solo hay tres acepciones negativas del verbo: “emitir opiniones favorables o adversas acerca de personas o cosas”, “murmurar o criticar”, “decir algunas cosas especialmente buenas o malas”).
Imagino que esta derivación local del hablar como reprimenda pudo haberse originado en la poca costumbre que tenían los padres de conversar con sus hijos; cuando lo hacían, cuando les “dirigían la palabra”, era para regañarlos.
Yo, que aún recuerdo el frío por el espinazo cuando mi madre me decía “tenemos que hablar”, pienso que el “me habló” cuencano (cuando un padre grita a su hijo, cuando dos novios discuten) es una de las expresiones más tristes de esta ciudad.
En mi opinión, en la mayoría de las circunstancias, lo único malo del verbo hablar es el no hablar, el negar la palabra, el silencio.
Pero ahora dejo de hablarles, porque el muro en Juego de Tronos ha caído y el ejército de muertos se prepara para invadir el norte; finalmente, el invierno ha llegado.
Conversamos luego. (O)

Hablemos

Por estos días en que Juego de Tronos ha tomado el planeta con sus dragones y su ejército de muertos, hablar de otra serie roza la herejía.
Pero mientras esperaba ansioso el regreso de Jon Snow, Daenerys Targaryen y Tyrion Lannister, me puse a ver La Corona, la historia de los primeros años de reinado de Isabel II de Inglaterra.
Y lo que más me asombró de esta serie es que el momento culminante de cada capítulo no es, como en Juego de Tronos, una decapitación, una batalla o una escena de sexo salvaje, sino una conversación.
Cada capítulo nos prepara para el diálogo que debe tener la reina con su madre, la reina con su hermana, la reina con su primer ministro (un obcecado Winston Churchill interpretado por el actor John Lithgow).
Y cada una de estas conversaciones, y sus tortuosos preparativos, nos recuerda –sea uno de la nobleza o un súbdito bellaco- que pocas acciones son tan difíciles, épicas y atemorizantes como hablar, en serio, con alguien.
Por tal motivo, “hablar” es un acto fascinante del ser humano, muy lejos de ese extraño significado que se le otorga en Cuenca como sinónimo de “pelear” o “dar una reprimenda”.
De las 20 acepciones del verbo hablar que define la Real Academia Española ninguna incluye el significado “regaño”.
(Solo hay tres acepciones negativas del verbo: “emitir opiniones favorables o adversas acerca de personas o cosas”, “murmurar o criticar”, “decir algunas cosas especialmente buenas o malas”).
Imagino que esta derivación local del hablar como reprimenda pudo haberse originado en la poca costumbre que tenían los padres de conversar con sus hijos; cuando lo hacían, cuando les “dirigían la palabra”, era para regañarlos.
Yo, que aún recuerdo el frío por el espinazo cuando mi madre me decía “tenemos que hablar”, pienso que el “me habló” cuencano (cuando un padre grita a su hijo, cuando dos novios discuten) es una de las expresiones más tristes de esta ciudad.
En mi opinión, en la mayoría de las circunstancias, lo único malo del verbo hablar es el no hablar, el negar la palabra, el silencio.
Pero ahora dejo de hablarles, porque el muro en Juego de Tronos ha caído y el ejército de muertos se prepara para invadir el norte; finalmente, el invierno ha llegado.
Conversamos luego. (O)