Gestión cultural

Desde la bifurcación entre la expansión de las capacidades de expresión y la construcción de las condiciones y espacios que fomenten sus funcionamientos, hacia nuevas formas de organización y convivencia, la cultura emerge como un concepto de gestión dinámico…
La cultura como resultado de un proceso simbiótico a través del cual un pueblo se adapta a (y adapta un) entorno para garantizar su superviviencia, esa relación de cada colectivo con su medio significa un proceso mutualista de transformación; así, la cultura expresa y se expresa, define usos y costumbres, sustenta formas de relación, producción y consumo.
La cultura gira sobre la rueda del tiempo: evoluciona, se nutre y fortalece sobre sincretismos, mimetismos y conciliaciones; no obstante la asimetría de los procesos globalizantes provoca un fenómeno que universaliza paradigmas, más allá de las lógicas y dinámicas reales de nuestras propias posibilidades y recursos.
La cultura gobalizante define la calidad de vida a partir de la capacidad de consumo, homogeneiza la expectiva más no la capacidad, construye nuevas formas de pobreza y condiciona nuevos hábitos de consumo que transforman-destruyen ecosistemas de los cuales hemos sido huéspedes, nunca propietarios…
Cuando Gandhi afirma que “hay suficiencia en el mundo para las necesidades del hombre, pero no para su codicia”, refiere una reflexión necesaria sobre la nueva aldea global, una reflexión en torno a como definimos y calificamos calidad de vida: ¿cuáles son los estándares de consumo que pretendemos levantar?, ¿cuánto de ese moderno confort es sustentable en el tiempo?, ¿qué medidas debemos tomar para garantizar la taza de renovación de los recursos renovables?; y, ¿qué tratamiento daremos a los no renovables?
Vivimos algo así como la ética de la gula del (súper)mercado, donde “si la gente no compra, la economía no crece”; lo que significa una economía basada en crear necesidades para “inculcar al comprador el deseo de poseer algo un poco más reciente, un poco mejor, un poco más pronto de lo que es necesario” (Brooks Stevens), en lugar de producir para satisfacer necesidades.
El consumo es por tanto una estrategia sistémica culturalmente construida, motivo por el cual el desarrollo normativo para controlarlo, siendo necesario, no es suficiente, es impresindible construir plataformas de diálogo, educación (in)formación y desarrollo de nuevas capacidades ciudadanas que transformen estos paradigmas culturales hacia nuevas conductas más responsables y solidarias con el medio y el colectivo. (O)
La cultura gira sobre la rueda del tiempo: evoluciona, se nutre y fortalece
sobre sincretismos, mimetismos y conciliaciones.

Gestión cultural

Desde la bifurcación entre la expansión de las capacidades de expresión y la construcción de las condiciones y espacios que fomenten sus funcionamientos, hacia nuevas formas de organización y convivencia, la cultura emerge como un concepto de gestión dinámico…
La cultura como resultado de un proceso simbiótico a través del cual un pueblo se adapta a (y adapta un) entorno para garantizar su superviviencia, esa relación de cada colectivo con su medio significa un proceso mutualista de transformación; así, la cultura expresa y se expresa, define usos y costumbres, sustenta formas de relación, producción y consumo.
La cultura gira sobre la rueda del tiempo: evoluciona, se nutre y fortalece sobre sincretismos, mimetismos y conciliaciones; no obstante la asimetría de los procesos globalizantes provoca un fenómeno que universaliza paradigmas, más allá de las lógicas y dinámicas reales de nuestras propias posibilidades y recursos.
La cultura gobalizante define la calidad de vida a partir de la capacidad de consumo, homogeneiza la expectiva más no la capacidad, construye nuevas formas de pobreza y condiciona nuevos hábitos de consumo que transforman-destruyen ecosistemas de los cuales hemos sido huéspedes, nunca propietarios…
Cuando Gandhi afirma que “hay suficiencia en el mundo para las necesidades del hombre, pero no para su codicia”, refiere una reflexión necesaria sobre la nueva aldea global, una reflexión en torno a como definimos y calificamos calidad de vida: ¿cuáles son los estándares de consumo que pretendemos levantar?, ¿cuánto de ese moderno confort es sustentable en el tiempo?, ¿qué medidas debemos tomar para garantizar la taza de renovación de los recursos renovables?; y, ¿qué tratamiento daremos a los no renovables?
Vivimos algo así como la ética de la gula del (súper)mercado, donde “si la gente no compra, la economía no crece”; lo que significa una economía basada en crear necesidades para “inculcar al comprador el deseo de poseer algo un poco más reciente, un poco mejor, un poco más pronto de lo que es necesario” (Brooks Stevens), en lugar de producir para satisfacer necesidades.
El consumo es por tanto una estrategia sistémica culturalmente construida, motivo por el cual el desarrollo normativo para controlarlo, siendo necesario, no es suficiente, es impresindible construir plataformas de diálogo, educación (in)formación y desarrollo de nuevas capacidades ciudadanas que transformen estos paradigmas culturales hacia nuevas conductas más responsables y solidarias con el medio y el colectivo. (O)
La cultura gira sobre la rueda del tiempo: evoluciona, se nutre y fortalece
sobre sincretismos, mimetismos y conciliaciones.