¡Feliz 2019!

Cada 1 de enero, el ciudadano común y corriente se levanta con la esperanza de que el nuevo año sea mejor que el anterior. Esa es su certeza y por ello la comparte con todos sus allegados. En el imaginario popular, la quema del Año Viejo en los últimos minutos de la noche del 31 de Diciembre, significa dejar en el pasado, especialmente todo lo malo que le correspondió vivir. Se trata evidentemente de una tradición milenaria de optimismo que se ha ido transmitiendo de generación en generación. Desde luego este editorialista también la comparte y trata de afirmarla, pese a que la realidad económica y social del momento no esté cubierta por un cielo despejado y más bien se oteen oscuros nubarrones en el horizonte. Desde el poder, tanto político como económico, se reitera hasta el cansancio sobre la ‘crisis económica’ heredada del anterior gobierno; sin embargo tales afirmaciones aún no se sustentan con claridad, transcurridos ya 19 meses de ejercicio del nuevo mandatario. Son afirmaciones sueltas: ‘la mesa no está servida’, ‘el país está endeudado’, ‘no hay inversión extranjera’, ‘hubo un manejo irresponsable de la economía’. En realidad de lo que se trata es, por un lado, de borrar en el imaginario del ciudadano común, del que dedica lo mejor de su capacidad y sus esfuerzos en asegurar la sobrevivencia suya y la de su familia; impedir a toda costa que en sus momentos de descanso y meditación se permita comparar la realidad vivida antes del cambio gubernamental y la de hoy. El segundo objetivo de tal acoso es convencerle de la ineludible necesidad del gobierno de recurrir al endeudamiento y a la inversión extranjera para poder servir la mesa!
No se trata, como parecería, de un simple juego de palabras. Sí, estamos de acuerdo en que hay necesidad de endeudamiento, de buscar inversión extranjera, de que hay que servir la mesa. Todo país en general precisa de lo señalado y no solo los países pequeños, sin recursos naturales y pobres. La clave radica en el ‘por qué’ y el ‘para qué’ de tales requerimientos. Hay que distinguir con claridad quién es el beneficiario de la obra de gobierno: el ser humano o el capital. Si se trata de obra social, el ciudadano común entiende que los impuestos que paga para el erario nacional están siendo utilizados correctamente. Si se trata obra pública privada, entonces nos quedará un sabor amargo porque nuestros impuestos se convertirán en rédito del capital financiero, nacional o internacional. (O)
Seamos optimistas y asumamos con firmeza la realidad. No permitamos que nos despojen de un FELIZ AÑO 2019

¡Feliz 2019!

Cada 1 de enero, el ciudadano común y corriente se levanta con la esperanza de que el nuevo año sea mejor que el anterior. Esa es su certeza y por ello la comparte con todos sus allegados. En el imaginario popular, la quema del Año Viejo en los últimos minutos de la noche del 31 de Diciembre, significa dejar en el pasado, especialmente todo lo malo que le correspondió vivir. Se trata evidentemente de una tradición milenaria de optimismo que se ha ido transmitiendo de generación en generación. Desde luego este editorialista también la comparte y trata de afirmarla, pese a que la realidad económica y social del momento no esté cubierta por un cielo despejado y más bien se oteen oscuros nubarrones en el horizonte. Desde el poder, tanto político como económico, se reitera hasta el cansancio sobre la ‘crisis económica’ heredada del anterior gobierno; sin embargo tales afirmaciones aún no se sustentan con claridad, transcurridos ya 19 meses de ejercicio del nuevo mandatario. Son afirmaciones sueltas: ‘la mesa no está servida’, ‘el país está endeudado’, ‘no hay inversión extranjera’, ‘hubo un manejo irresponsable de la economía’. En realidad de lo que se trata es, por un lado, de borrar en el imaginario del ciudadano común, del que dedica lo mejor de su capacidad y sus esfuerzos en asegurar la sobrevivencia suya y la de su familia; impedir a toda costa que en sus momentos de descanso y meditación se permita comparar la realidad vivida antes del cambio gubernamental y la de hoy. El segundo objetivo de tal acoso es convencerle de la ineludible necesidad del gobierno de recurrir al endeudamiento y a la inversión extranjera para poder servir la mesa!
No se trata, como parecería, de un simple juego de palabras. Sí, estamos de acuerdo en que hay necesidad de endeudamiento, de buscar inversión extranjera, de que hay que servir la mesa. Todo país en general precisa de lo señalado y no solo los países pequeños, sin recursos naturales y pobres. La clave radica en el ‘por qué’ y el ‘para qué’ de tales requerimientos. Hay que distinguir con claridad quién es el beneficiario de la obra de gobierno: el ser humano o el capital. Si se trata de obra social, el ciudadano común entiende que los impuestos que paga para el erario nacional están siendo utilizados correctamente. Si se trata obra pública privada, entonces nos quedará un sabor amargo porque nuestros impuestos se convertirán en rédito del capital financiero, nacional o internacional. (O)
Seamos optimistas y asumamos con firmeza la realidad. No permitamos que nos despojen de un FELIZ AÑO 2019