Fanatismo y poder

La expansión del fanatismo como base del poder político se observa con claridad como fenómeno global estos últimos años. El de Bolsonaro, en Brasil, es sin duda uno de sus casos más alarmantes pues hizo de las iglesias evangélicas una de sus principales plataformas de promoción y hoy de sustento. Por sus raíces psicológicas el fanatismo religioso y el político están muy ligados entre sí, y son los que más protagonismo tienen.
La adhesión intolerante a unos ideales puede llevar a conductas destructivas porque, en general, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo. Las personas fanáticas son incapaces de trascender su sistema de valores o creencias, pues hipervaloran lo propio y desprecian lo ajeno. Ponen en práctica una amalgama de componentes afectivos y emocionales que proponen el valor absoluto de las creencias; así como buscan la imposición de conductas contra quienes piensan distinto. Cuando predominan convicciones emocionales sobre la coherencia racional aparece el “pensamiento mágico” que plantea que las ideas son discutibles, mientras que las creencias no. Los fanáticos que creen estar en posesión de la verdad llenan su pensamiento de odio para compensar su falta de racionalidad.


Las creencias y las prácticas fanáticas aluden a los registros más primitivos del ser humano. Los fanáticos son personas rígidas con ideas sobrevaloradas y con estilos de pensamiento tendentes a reducir informaciones complejas a elementos simples que expresan una fuerte intolerancia al cambio y, sobre todo, una visión unilateral de la realidad. La o el fanático es una persona intelectualmente elemental, con un pensamiento dicotómico a nivel cognitivo: las ideas, o las personas, son buenas o malas. Por eso el fanático pasa fácilmente de la indiferencia al desprecio y del desprecio al odio.


Pero los fanáticos necesitan la presencia de un enemigo externo al cual atribuirle todas sus frustraciones. Ese es el caldo de cultivo en el que, efectivamente, germinan las semillas del odio que conducen a la venganza y a la violencia entre cuyos componentes figuran también la glorificación de la violencia y una mentalidad sectaria. Después de distorsionar la realidad los fanáticos deshumanizan a las víctimas y legitiman con ello las conductas destructivas, a modo de imperativo moral. Hoy, en un entorno digital nunca antes alcanzado, el fanatismo se ha convertido en una utopía global disponible para todos y el odio fanático es una energía motivacional muy fuerte. El odio se puede transformar fácilmente en deseo de venganza como se ve estos días en muchas partes, incluyendo a algunas sociedades de las “más desarrolladas” del planeta. (O)
El odio
se puede transformar fácilmente
en deseo de venganza
como se ve estos días
en muchas partes.

Fanatismo y poder

La expansión del fanatismo como base del poder político se observa con claridad como fenómeno global estos últimos años. El de Bolsonaro, en Brasil, es sin duda uno de sus casos más alarmantes pues hizo de las iglesias evangélicas una de sus principales plataformas de promoción y hoy de sustento. Por sus raíces psicológicas el fanatismo religioso y el político están muy ligados entre sí, y son los que más protagonismo tienen.
La adhesión intolerante a unos ideales puede llevar a conductas destructivas porque, en general, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo. Las personas fanáticas son incapaces de trascender su sistema de valores o creencias, pues hipervaloran lo propio y desprecian lo ajeno. Ponen en práctica una amalgama de componentes afectivos y emocionales que proponen el valor absoluto de las creencias; así como buscan la imposición de conductas contra quienes piensan distinto. Cuando predominan convicciones emocionales sobre la coherencia racional aparece el “pensamiento mágico” que plantea que las ideas son discutibles, mientras que las creencias no. Los fanáticos que creen estar en posesión de la verdad llenan su pensamiento de odio para compensar su falta de racionalidad.


Las creencias y las prácticas fanáticas aluden a los registros más primitivos del ser humano. Los fanáticos son personas rígidas con ideas sobrevaloradas y con estilos de pensamiento tendentes a reducir informaciones complejas a elementos simples que expresan una fuerte intolerancia al cambio y, sobre todo, una visión unilateral de la realidad. La o el fanático es una persona intelectualmente elemental, con un pensamiento dicotómico a nivel cognitivo: las ideas, o las personas, son buenas o malas. Por eso el fanático pasa fácilmente de la indiferencia al desprecio y del desprecio al odio.


Pero los fanáticos necesitan la presencia de un enemigo externo al cual atribuirle todas sus frustraciones. Ese es el caldo de cultivo en el que, efectivamente, germinan las semillas del odio que conducen a la venganza y a la violencia entre cuyos componentes figuran también la glorificación de la violencia y una mentalidad sectaria. Después de distorsionar la realidad los fanáticos deshumanizan a las víctimas y legitiman con ello las conductas destructivas, a modo de imperativo moral. Hoy, en un entorno digital nunca antes alcanzado, el fanatismo se ha convertido en una utopía global disponible para todos y el odio fanático es una energía motivacional muy fuerte. El odio se puede transformar fácilmente en deseo de venganza como se ve estos días en muchas partes, incluyendo a algunas sociedades de las “más desarrolladas” del planeta. (O)
El odio
se puede transformar fácilmente
en deseo de venganza
como se ve estos días
en muchas partes.