Euler grande

Visto

Lo recuerdo de voz tenue y amigable, con una ironía a punto de caérsele de la comisura de los labios. Conocí a Euler Granda primero de nombre, porque fue gran amigo de mi padre para quien, junto a Efraín Jara, era el mejor poeta del país y uno de sus grandes compañeros de juergas y tertulias, cultor como él de un género literario hoy, en tiempos de google, prácticamente extinto: la conversación erudita. 
 Antes de leer nada suyo, lo conocí luego en persona como paciente al asistir a su consulta médica en la avenida Rio Napo en el sur de Quito, por recomendación precisamente de mi papá, para atenderme una gripe que duró más de lo normal. Su oficina era más pobre que austera y por un momento tuve la sensación de que para curarme me recetaría algún poemario (“toma, lee esto dos veces antes de acostarte”). Al final fueron analgésicos y antigripales. No me cobró. Entonces, durante la convalecencia, lo leí por primera vez.
Creo que pocas veces se puede encontrar un artista que sea una síntesis tan exacta entre escritura, persona y estilo de vida. Decir que Euler Granda era como sus poemas es redundante. Decir que sus textos son, aparte del diario íntimo que nace de la mirada de un escéptico humanista, un manifiesto cotidiano de quien ha hecho de la palabra su única herramienta de existencia es apenas justo.
Precisamente, en relación a la palabra, su gran amor y compañía, dice su poema “La advertencia”: Un día / le regalan a uno / una palabra / y uno la pone al sol, / la alimenta, / la cría, / la enseña a ser bastón, / peldaño, / droga anticonceptiva, / garra, / analgésico, / brecha para el escape / o parapeto. / Uno le saca música, / la pinta, / la vuelve más pariente / que un hermano, / más que la axila de uno. / Uno la vuelve gente / y en los instantes débiles / hasta le cuenta / las cosas subterráneas de uno; / pero cría palabras / y un día te sacarán los ojos.
En la sabia y descomplicada escritura de Euler Granda se expresa a sus anchas una solidaridad contundente por los más débiles, sin ambages, un compromiso indestructible con la sencillez de la vida, algo plenamente coherente con su cotidianidad, alejada no solo de lujos, poses o de reverencias al consumismo y al poder sino cercana a una modesta y dignísima pobreza material, pero colmada de riqueza espiritual. De hecho, los excesos que se permitió Euler Granda tuvieron que ver únicamente con la amistad, el amor y la escritura. Por eso lo quiso tanto mi padre, porque a pesar de ser tan talentoso jamás se negó a una simple conversación con el amigo, claro, mejor si era al calor de un licor que dejase fluir con facilidad los afectos. Allá donde estén se habrán dado ya un abrazo sonriente para continuar lo que dejaron pendiente entre los vivos ¡Salud viejos queridos! (O)

Euler grande

Lo recuerdo de voz tenue y amigable, con una ironía a punto de caérsele de la comisura de los labios. Conocí a Euler Granda primero de nombre, porque fue gran amigo de mi padre para quien, junto a Efraín Jara, era el mejor poeta del país y uno de sus grandes compañeros de juergas y tertulias, cultor como él de un género literario hoy, en tiempos de google, prácticamente extinto: la conversación erudita. 
 Antes de leer nada suyo, lo conocí luego en persona como paciente al asistir a su consulta médica en la avenida Rio Napo en el sur de Quito, por recomendación precisamente de mi papá, para atenderme una gripe que duró más de lo normal. Su oficina era más pobre que austera y por un momento tuve la sensación de que para curarme me recetaría algún poemario (“toma, lee esto dos veces antes de acostarte”). Al final fueron analgésicos y antigripales. No me cobró. Entonces, durante la convalecencia, lo leí por primera vez.
Creo que pocas veces se puede encontrar un artista que sea una síntesis tan exacta entre escritura, persona y estilo de vida. Decir que Euler Granda era como sus poemas es redundante. Decir que sus textos son, aparte del diario íntimo que nace de la mirada de un escéptico humanista, un manifiesto cotidiano de quien ha hecho de la palabra su única herramienta de existencia es apenas justo.
Precisamente, en relación a la palabra, su gran amor y compañía, dice su poema “La advertencia”: Un día / le regalan a uno / una palabra / y uno la pone al sol, / la alimenta, / la cría, / la enseña a ser bastón, / peldaño, / droga anticonceptiva, / garra, / analgésico, / brecha para el escape / o parapeto. / Uno le saca música, / la pinta, / la vuelve más pariente / que un hermano, / más que la axila de uno. / Uno la vuelve gente / y en los instantes débiles / hasta le cuenta / las cosas subterráneas de uno; / pero cría palabras / y un día te sacarán los ojos.
En la sabia y descomplicada escritura de Euler Granda se expresa a sus anchas una solidaridad contundente por los más débiles, sin ambages, un compromiso indestructible con la sencillez de la vida, algo plenamente coherente con su cotidianidad, alejada no solo de lujos, poses o de reverencias al consumismo y al poder sino cercana a una modesta y dignísima pobreza material, pero colmada de riqueza espiritual. De hecho, los excesos que se permitió Euler Granda tuvieron que ver únicamente con la amistad, el amor y la escritura. Por eso lo quiso tanto mi padre, porque a pesar de ser tan talentoso jamás se negó a una simple conversación con el amigo, claro, mejor si era al calor de un licor que dejase fluir con facilidad los afectos. Allá donde estén se habrán dado ya un abrazo sonriente para continuar lo que dejaron pendiente entre los vivos ¡Salud viejos queridos! (O)

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