Eso sí, nunca

El escritor ecuatoriano Alfredo Noriega, residente en Europa desde hace treinta años, ha presentado recientemente la tercera parte de su trilogía sobre el médico legista Arturo Fernández, principal alter ego del autor en un relato bautizado “Eso sí, nunca” (editorial Eskeletra) que se construye como un juego de espejos de personajes que proponen desde la ficción una mirada desencantada y cínica sobre la vida y la muerte.
La primera convención que se le impone al lector en general y de novela negra en particular es no confundir realidad con ficción, en tanto las obras nacen de la mirada y subjetividad que una persona tiene sobre hechos o situaciones concretas pero que no traslada mecánicamente la materialidad sobre la cual asienta el relato. Como contrapartida a ello la demanda para el autor es crear un ambiente de verosimilitud que envuelva la historia, es decir que esta resulte plausible o creíble para el lector.
Estamos frente a una historia que tiene lugar en la ciudad de Quito, una ciudad que no solo es el contexto del relato sino que es un personaje central en la trama y con el cual el autor realiza un brutal y despiadado ajuste de cuentas. Como en otros libros de Alfredo Noriega hay otro personaje que juega también un rol de alter ego desde el retrato de quien regresa después de largos años de migración. En este caso se trata de Álvarez, periodista y amigo del legista Fernández, quien se encuentra en la ciudad con su hijo Camilo realizando una especie de documental sobre los cambios físicos que ha sufrido Quito durante sus años de ausencia. Es una suerte de exploración en la memoria física de la ciudad relativa a los espacios donde el personaje vivió y creció, pero sobre todo se trata de un símbolo muy visible de la necesidad de explicar y dar sentido a ese mundo donde la corrupción, la mediocridad y el quemeimportismo campean a sus anchas.
La banalidad de la vida y la muerte se expresan a lo largo y ancho de las 260 páginas de la novela cuyo autor construye un universo narrativo desde el desapego y la distancia pero también desde la profunda necesidad de referirse a los espacios físicos y emotivos fundamentales para su desarrollo y existencia física y simbólica para resignificarlos a través de la escritura. Es desde ahí, a través del ejercicio de reflexiones y reflejos propuesto entre pasado y presente, entre realidad y ficción, donde el lector puede encontrar asidero para identificarse en una búsqueda que, al final, compartimos todos en el mundo. (O)
La primera convención que se le impone al lector en general y de novela negra en particular es no confundir realidad con ficción.

Eso sí, nunca

El escritor ecuatoriano Alfredo Noriega, residente en Europa desde hace treinta años, ha presentado recientemente la tercera parte de su trilogía sobre el médico legista Arturo Fernández, principal alter ego del autor en un relato bautizado “Eso sí, nunca” (editorial Eskeletra) que se construye como un juego de espejos de personajes que proponen desde la ficción una mirada desencantada y cínica sobre la vida y la muerte.
La primera convención que se le impone al lector en general y de novela negra en particular es no confundir realidad con ficción, en tanto las obras nacen de la mirada y subjetividad que una persona tiene sobre hechos o situaciones concretas pero que no traslada mecánicamente la materialidad sobre la cual asienta el relato. Como contrapartida a ello la demanda para el autor es crear un ambiente de verosimilitud que envuelva la historia, es decir que esta resulte plausible o creíble para el lector.
Estamos frente a una historia que tiene lugar en la ciudad de Quito, una ciudad que no solo es el contexto del relato sino que es un personaje central en la trama y con el cual el autor realiza un brutal y despiadado ajuste de cuentas. Como en otros libros de Alfredo Noriega hay otro personaje que juega también un rol de alter ego desde el retrato de quien regresa después de largos años de migración. En este caso se trata de Álvarez, periodista y amigo del legista Fernández, quien se encuentra en la ciudad con su hijo Camilo realizando una especie de documental sobre los cambios físicos que ha sufrido Quito durante sus años de ausencia. Es una suerte de exploración en la memoria física de la ciudad relativa a los espacios donde el personaje vivió y creció, pero sobre todo se trata de un símbolo muy visible de la necesidad de explicar y dar sentido a ese mundo donde la corrupción, la mediocridad y el quemeimportismo campean a sus anchas.
La banalidad de la vida y la muerte se expresan a lo largo y ancho de las 260 páginas de la novela cuyo autor construye un universo narrativo desde el desapego y la distancia pero también desde la profunda necesidad de referirse a los espacios físicos y emotivos fundamentales para su desarrollo y existencia física y simbólica para resignificarlos a través de la escritura. Es desde ahí, a través del ejercicio de reflexiones y reflejos propuesto entre pasado y presente, entre realidad y ficción, donde el lector puede encontrar asidero para identificarse en una búsqueda que, al final, compartimos todos en el mundo. (O)
La primera convención que se le impone al lector en general y de novela negra en particular es no confundir realidad con ficción.