El Poder

El poder, al igual que otras “drogas duras”, produce una fuerte adicción; y ante su carencia, se siente malestar y desequilibrio. En política, el poder se lo empieza saborear en pequeñas dosis: con encargos, delegaciones o posiciones de rango medio.
Luego, si el interesado es ágil para las maniobras políticas, se puede ascender a mando altos, cargos de “asesor” o ser un aspirante real para una elección.
Más adelante, se cosechan los frutos: ser una autoridad de elección popular. En adelante, para el político electo el ejercicio del poder pasó de ser un encargo a constituirse en una rutina.
A diferencia de otras adicciones, el poder tiene plazo de entrega; es decir, forzosamente, de un día para el otro, cuando deja el cargo, el adicto deja de sentir la dulce pleitesía de los aduladores de turno. Ya no es él quien toma las decisiones y, naturalmente, deja de ser el centro de atención.
Esta adicción puede ser tan fuerte que el afectado delira creyendo que el cargo que ostenta y él son lo mismo, dos partes de un todo. Está convencido de que recibió un “encargo divino” para conducir el destino de su pueblo.
Es tal la megalomanía que si solo dependiera de él, se quedarían eternamente en funciones (cosa que, en efecto, a veces ocurre).
Sin embargo, y como dije anteriormente, el poder tiene plazo de entrega y, de la noche a la mañana, el mandamás pasa a ser uno más y, le guste o no, en adelante, se referirán a él como el “ex”.
Despojado ya de su manto de autoridad e impunidad, el adicto será blanco fácil de revanchas y vendettas políticas de amigos como de enemigos.
Es comprensible, mientras con soberbia el elegido ocupaba el trono, todos sus súbditos estaban condenados a ser un depósito silencioso de rencores, odios, envidias, malos tratos y hasta malos chistes. Ahora ya no.
Para saciar en algo los efectos de este síndrome de abstinencia, “el ex” se aferra a sus recuerdos, no asimila que su “misión” terrenal terminó y que le corresponde a un nuevo “mesías” el definir el derrotero de su pueblo. Le incomoda el ser ignorado.
La verdadera trascendencia radica en dejar huellas de virtud para que otros sigan los pasos; si desde el inicio esto no se comprende, el poder enferma, y despojarse de este, aún más. (O)
La verdadera trascendencia radica en dejar huellas de virtud para que otros sigan los pasos; si desde el inicio no se comprende, el poder enferma.

El Poder

El poder, al igual que otras “drogas duras”, produce una fuerte adicción; y ante su carencia, se siente malestar y desequilibrio. En política, el poder se lo empieza saborear en pequeñas dosis: con encargos, delegaciones o posiciones de rango medio.
Luego, si el interesado es ágil para las maniobras políticas, se puede ascender a mando altos, cargos de “asesor” o ser un aspirante real para una elección.
Más adelante, se cosechan los frutos: ser una autoridad de elección popular. En adelante, para el político electo el ejercicio del poder pasó de ser un encargo a constituirse en una rutina.
A diferencia de otras adicciones, el poder tiene plazo de entrega; es decir, forzosamente, de un día para el otro, cuando deja el cargo, el adicto deja de sentir la dulce pleitesía de los aduladores de turno. Ya no es él quien toma las decisiones y, naturalmente, deja de ser el centro de atención.
Esta adicción puede ser tan fuerte que el afectado delira creyendo que el cargo que ostenta y él son lo mismo, dos partes de un todo. Está convencido de que recibió un “encargo divino” para conducir el destino de su pueblo.
Es tal la megalomanía que si solo dependiera de él, se quedarían eternamente en funciones (cosa que, en efecto, a veces ocurre).
Sin embargo, y como dije anteriormente, el poder tiene plazo de entrega y, de la noche a la mañana, el mandamás pasa a ser uno más y, le guste o no, en adelante, se referirán a él como el “ex”.
Despojado ya de su manto de autoridad e impunidad, el adicto será blanco fácil de revanchas y vendettas políticas de amigos como de enemigos.
Es comprensible, mientras con soberbia el elegido ocupaba el trono, todos sus súbditos estaban condenados a ser un depósito silencioso de rencores, odios, envidias, malos tratos y hasta malos chistes. Ahora ya no.
Para saciar en algo los efectos de este síndrome de abstinencia, “el ex” se aferra a sus recuerdos, no asimila que su “misión” terrenal terminó y que le corresponde a un nuevo “mesías” el definir el derrotero de su pueblo. Le incomoda el ser ignorado.
La verdadera trascendencia radica en dejar huellas de virtud para que otros sigan los pasos; si desde el inicio esto no se comprende, el poder enferma, y despojarse de este, aún más. (O)
La verdadera trascendencia radica en dejar huellas de virtud para que otros sigan los pasos; si desde el inicio no se comprende, el poder enferma.