El indigenismo

Una definición amplia del tema lo caracteriza como “aquel arte, o aquellas obras, de ambiente o temática indígena no hecho por indígenas.” Para los estudiosos del arte y la cultura ecuatoriana esta cuestión exige mención especial por la espiral que registra su manifestación en el arte nacional durante el siglo XX porque después de aparecer en la literatura, en las primeras décadas del novecientos, y sin extinguir su presencia en aquella disciplina, el indigenismo se explayó largamente en el mundo de la plástica llegando a consolidarse a través de la obra de autores considerados canónicos, como Guayasamín y Kingman por ejemplo, en lo que sería, apenas, la segunda oleada de su expresión absorbente y envolvente en la actividad artística local pues, más allá de la canción protesta, el indigenismo también se hace presente en la música culta y popular a través de Carlos Bonilla Chávez, por ejemplo y en el teatro a través de César Dávila Andrade.


Por último el indigenismo encontró también terreno fértil en el cine ecuatoriano de los años ochenta. Aquella fue, sin duda, la culminación del género dentro del arte local, a través de obras notables constituidas hoy en referentes de la corriente en el país como Los hieleros del Chimborazo, documental de Igor y Gustavo Guayasamín realizado en 1980. Algo había sucedido, sin embargo, que ciertamente hacía y hace inviable, e innecesario, el continuar con su práctica.
¿Es posible en el futuro una nueva voluta de la espiral indigenista? Me atrevo a decir que, si esta apareciese desde la perspectiva que el crítico catalán Jordi Balló ha señalado bajo el concepto de “motivo visual” en “Imágenes del Silencio,” es decir, desde un “repensar lo anterior” para actualizarlo críticamente y crear una nueva forma de consumo, postulando una iconografía contemporánea, como un “pensamiento en marcha”, que rescate la memoria visual de una tradición, sería algo destacable, aunque difícil.


Porque el indigenismo, como concepto, también nos permite retomar la idea de Edward Said acerca del acto de acuñar un término para “denunciar la imagen que nos construimos” de lo indígena, en este caso, “como lo Otro; reflejo de una mentalidad colonialista”, tal como nos lo hace ver Antonio Weinrichter en “Pantalla Amarilla, el cine japonés”, breve e interesante reflexión sobre el cine nipón y la fascinación que ha ejercido en el espectador de occidente. (O)
Más allá de la canción protesta, el indigenismo también se hace presente en la música culta y popular a través de Carlos Bonilla.

El indigenismo

Una definición amplia del tema lo caracteriza como “aquel arte, o aquellas obras, de ambiente o temática indígena no hecho por indígenas.” Para los estudiosos del arte y la cultura ecuatoriana esta cuestión exige mención especial por la espiral que registra su manifestación en el arte nacional durante el siglo XX porque después de aparecer en la literatura, en las primeras décadas del novecientos, y sin extinguir su presencia en aquella disciplina, el indigenismo se explayó largamente en el mundo de la plástica llegando a consolidarse a través de la obra de autores considerados canónicos, como Guayasamín y Kingman por ejemplo, en lo que sería, apenas, la segunda oleada de su expresión absorbente y envolvente en la actividad artística local pues, más allá de la canción protesta, el indigenismo también se hace presente en la música culta y popular a través de Carlos Bonilla Chávez, por ejemplo y en el teatro a través de César Dávila Andrade.


Por último el indigenismo encontró también terreno fértil en el cine ecuatoriano de los años ochenta. Aquella fue, sin duda, la culminación del género dentro del arte local, a través de obras notables constituidas hoy en referentes de la corriente en el país como Los hieleros del Chimborazo, documental de Igor y Gustavo Guayasamín realizado en 1980. Algo había sucedido, sin embargo, que ciertamente hacía y hace inviable, e innecesario, el continuar con su práctica.
¿Es posible en el futuro una nueva voluta de la espiral indigenista? Me atrevo a decir que, si esta apareciese desde la perspectiva que el crítico catalán Jordi Balló ha señalado bajo el concepto de “motivo visual” en “Imágenes del Silencio,” es decir, desde un “repensar lo anterior” para actualizarlo críticamente y crear una nueva forma de consumo, postulando una iconografía contemporánea, como un “pensamiento en marcha”, que rescate la memoria visual de una tradición, sería algo destacable, aunque difícil.


Porque el indigenismo, como concepto, también nos permite retomar la idea de Edward Said acerca del acto de acuñar un término para “denunciar la imagen que nos construimos” de lo indígena, en este caso, “como lo Otro; reflejo de una mentalidad colonialista”, tal como nos lo hace ver Antonio Weinrichter en “Pantalla Amarilla, el cine japonés”, breve e interesante reflexión sobre el cine nipón y la fascinación que ha ejercido en el espectador de occidente. (O)
Más allá de la canción protesta, el indigenismo también se hace presente en la música culta y popular a través de Carlos Bonilla.