El fútbol salvó mi vida

Visto

Entre los seis y doce años de edad durante cada recreo jugábamos fútbol en la cancha de cemento de la escuela. Para mí eran finales. Le ponía tanta pasión a cada juego que cuando sonaba el timbre, la sirena o la música que indicaba el fin de la pausa de 15 minutos, el sudor me bañaba entero. Si hacía un gol lo gritaba desencajando la mandíbula y con los ojos desorbitados corría hacia el otro arco, levantando los brazos como si hubiésemos ganado el campeonato intergaláctico. Alguno de mis compañeros saltaba y me abrazaba, a veces, o simplemente me veían pasar como un desaforado. Cuando el equipo contrario, normalmente del otro paralelo, hacía el centro yo corría de inmediato tras el balón para reventarlo de un puntapié. Jamás pateaba al rival. Siempre tenía la pelota entre ceja y ceja. Eran inicios de los ochenta y golpear con todas las fuerzas una Adidas Tango del mundial 78 era un deleite. Más de una vez la cabeza o estómago de alguien paró involuntariamente el balonazo y entonces se escuchaba “!por Dios guaguas jueguen con más cuidado!”
Mi pasión umbilical con el fútbol se selló, sin embargo, años antes. Entre nebulosas recuerdo entrar al estadio municipal como mascota y luego ir una noche de la mano de mi padre, quien no iba mucho a la cancha, para ver al “toro” Bares del Cuenca hacerle un gol al Barcelona de Guayaquil y entonces toda la tribuna gritaba desaforada como yo lo hacía con los brazos levantados en señal de victoria.
En el colegio la cosa cambió, dejaba atrás una escuela mixta para entrar a una entidad religiosa masculina donde la forma más frecuente de descargar la testosterona eran los puñetes o el deporte y al final de ese primer año cometí un error cuyos efectos me perseguirían por algún tiempo: me cambié de colegio. Pasé al segundo curso de otra entidad religiosa en la cual todos odiaban al colegio del cual yo venía. La palabra bullying entonces no existía, uno simplemente era el pato de alguien así que “me tocó ser” el pato de alumnos y profesores durante todo un año. Tenía trece años. La terrible lección que aprendí fue que si uno no quiere ser abusado entonces debe abusar de alguien más. Solo el fútbol y su dimensión lúdica me permitían olvidar el perverso círculo en el que se afirmaba la masculinidad cuencana.
Me gustaban mucho las niñas y estaba enamorado de unas tres al mismo tiempo, pero yo era tímido hasta la torpeza, había que declararse y seguir todo un protocolo para tener novia. Por el contrario jugar al fútbol era muy fácil, por eso el deporte siempre me permitió abstraerme. Durante el tiempo que dura un partido no existe otra cosa que buscar el gol, tirar un buen centro, hacer una pared y correr más rápido que el rival. Finalmente, algún tiempo después descubrí el sexo. Pero esa es otra historia.(O)

El fútbol salvó mi vida

Entre los seis y doce años de edad durante cada recreo jugábamos fútbol en la cancha de cemento de la escuela. Para mí eran finales. Le ponía tanta pasión a cada juego que cuando sonaba el timbre, la sirena o la música que indicaba el fin de la pausa de 15 minutos, el sudor me bañaba entero. Si hacía un gol lo gritaba desencajando la mandíbula y con los ojos desorbitados corría hacia el otro arco, levantando los brazos como si hubiésemos ganado el campeonato intergaláctico. Alguno de mis compañeros saltaba y me abrazaba, a veces, o simplemente me veían pasar como un desaforado. Cuando el equipo contrario, normalmente del otro paralelo, hacía el centro yo corría de inmediato tras el balón para reventarlo de un puntapié. Jamás pateaba al rival. Siempre tenía la pelota entre ceja y ceja. Eran inicios de los ochenta y golpear con todas las fuerzas una Adidas Tango del mundial 78 era un deleite. Más de una vez la cabeza o estómago de alguien paró involuntariamente el balonazo y entonces se escuchaba “!por Dios guaguas jueguen con más cuidado!”
Mi pasión umbilical con el fútbol se selló, sin embargo, años antes. Entre nebulosas recuerdo entrar al estadio municipal como mascota y luego ir una noche de la mano de mi padre, quien no iba mucho a la cancha, para ver al “toro” Bares del Cuenca hacerle un gol al Barcelona de Guayaquil y entonces toda la tribuna gritaba desaforada como yo lo hacía con los brazos levantados en señal de victoria.
En el colegio la cosa cambió, dejaba atrás una escuela mixta para entrar a una entidad religiosa masculina donde la forma más frecuente de descargar la testosterona eran los puñetes o el deporte y al final de ese primer año cometí un error cuyos efectos me perseguirían por algún tiempo: me cambié de colegio. Pasé al segundo curso de otra entidad religiosa en la cual todos odiaban al colegio del cual yo venía. La palabra bullying entonces no existía, uno simplemente era el pato de alguien así que “me tocó ser” el pato de alumnos y profesores durante todo un año. Tenía trece años. La terrible lección que aprendí fue que si uno no quiere ser abusado entonces debe abusar de alguien más. Solo el fútbol y su dimensión lúdica me permitían olvidar el perverso círculo en el que se afirmaba la masculinidad cuencana.
Me gustaban mucho las niñas y estaba enamorado de unas tres al mismo tiempo, pero yo era tímido hasta la torpeza, había que declararse y seguir todo un protocolo para tener novia. Por el contrario jugar al fútbol era muy fácil, por eso el deporte siempre me permitió abstraerme. Durante el tiempo que dura un partido no existe otra cosa que buscar el gol, tirar un buen centro, hacer una pared y correr más rápido que el rival. Finalmente, algún tiempo después descubrí el sexo. Pero esa es otra historia.(O)

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