El color...

El poder del color en la arquitectura tiene efectos simbólicos y psicológicos. Es un tema no sólo para expertos, sino también, para las interpretaciones del común de los ciudadanos.


Pero el color no sólo es gusto personal, sino también colectivo. No es posible entender que por decreto se pinten las casas. El color no sólo es gusto, sino también protección y una fuerza creadora. Actúa en la materia y también es una verdadera actividad de la materia. El color vive de un constante canje de fuerzas entre la materia y la luz.


El color debe ser parte y venir de la propia arquitectura, de su composición y elementos. El color ayuda a la expresión de la arquitectura. Hay que arrancar los colores de los materiales, manejar contrastes para develar los contrapuntos de los elementos.


Los colores no deben ser maquillaje y velo disimulado de los materiales. No es un ejercicio casualista, ni meros juegos gestuales, truquismos, exasperaciones, vulgarizaciones y falseamientos.


El color debe apoyarse en la historia. El color en la arquitectura del pasado era más pálido; una mezcla de pigmentos naturales con cal, yeso y colas animales. La armonía se lograba con los pigmentos naturales que existen en lugares específicos de las provincias del Azuay y Loja. De igual manera, la gama daba uniformidad de colores producidos por esos pigmentos.


Para el caso de Cuenca no existe una reflexión sistemática en torno al color de la arquitectura, a pesar de que históricamente desde la Colonia hasta la actualidad existe suficiente material empírico para estructurar conceptos para orientar con fundamentos y creatividad las actuaciones. Con ideas claras y un efectivo control, la autoridad municipal podrá evitar la presencia de extravagantes edificios coloreados que degradan el paisaje de la ciudad. (O)


en torno al color de la arquitectura.

El color...

El poder del color en la arquitectura tiene efectos simbólicos y psicológicos. Es un tema no sólo para expertos, sino también, para las interpretaciones del común de los ciudadanos.


Pero el color no sólo es gusto personal, sino también colectivo. No es posible entender que por decreto se pinten las casas. El color no sólo es gusto, sino también protección y una fuerza creadora. Actúa en la materia y también es una verdadera actividad de la materia. El color vive de un constante canje de fuerzas entre la materia y la luz.


El color debe ser parte y venir de la propia arquitectura, de su composición y elementos. El color ayuda a la expresión de la arquitectura. Hay que arrancar los colores de los materiales, manejar contrastes para develar los contrapuntos de los elementos.


Los colores no deben ser maquillaje y velo disimulado de los materiales. No es un ejercicio casualista, ni meros juegos gestuales, truquismos, exasperaciones, vulgarizaciones y falseamientos.


El color debe apoyarse en la historia. El color en la arquitectura del pasado era más pálido; una mezcla de pigmentos naturales con cal, yeso y colas animales. La armonía se lograba con los pigmentos naturales que existen en lugares específicos de las provincias del Azuay y Loja. De igual manera, la gama daba uniformidad de colores producidos por esos pigmentos.


Para el caso de Cuenca no existe una reflexión sistemática en torno al color de la arquitectura, a pesar de que históricamente desde la Colonia hasta la actualidad existe suficiente material empírico para estructurar conceptos para orientar con fundamentos y creatividad las actuaciones. Con ideas claras y un efectivo control, la autoridad municipal podrá evitar la presencia de extravagantes edificios coloreados que degradan el paisaje de la ciudad. (O)


en torno al color de la arquitectura.