El cine, ese espejismo

Visto

El ensayista Ugo Pirro retrata en Celuloide el momento más trascendente del cine europeo. Dice en esta gran obra que “la historia de cómo y cuándo nace el Neorrealismo Italiano es como una novela de aventuras porque fue una novela y una aventura que los supervivientes cuentan con pudor y nostalgia, confundiendo fechas y circunstancias, como normalmente ocurre cuando el desinterés de los historiadores hace parecer infinitamente superflua la memoria de protagonistas y testigos.”
Tomé nota puntualmente de aquellas palabras y las registré en una libreta que andaba a cargar entonces, por lo cierto y familiar que resultaban. Parecían escritas por un ecuatoriano.
Hablar de precursores cinematográficos lleva a señalar, en cualquier caso, nexos curiosos con esta escuela porque las raíces del mito, en cada sociedad, resultan ser la fuente dentro de la que es posible rastrear los orígenes de la memoria colectiva. Nuestro nexo con el Neorrealismo se da, en un primer momento, a nivel de historias de vida antes que de contenidos de obras. Y esto, sin duda, resulta sugestivo. Vemos el espíritu del cinema italiano, más que el de Chaplin, Keaton o cualquier otro nombre o escuela, apropiado de los iniciadores del cine ecuatoriano como si se hubiese trasladado de polizón a bordo de una corriente dislocada hasta arribar a estas tierras aunque esto, insisto, haya sido determinante antes que para realizar unas obras para vivir unas vidas.
Sin duda aquella improvisada pantalla de cine confeccionada con sábanas de yute precariamente amarradas a cuatro palos en la que el Padre Crespi proyectaba sus cintas es la imagen heroica de una vida rodeada de imágenes heroicas. Ese cuadro vale una vida, porque resume y contiene el significado de toda una existencia. Al final, ésta resulta ser fantasma o espejismo como las películas o las novelas: luego de verlas, o de leerlas, uno se queda apenas con un puñado de imágenes que resultan significativas e imprescindibles para el viajero de aquellos mundos. Nada más. Y esa, la de la pantalla del Padre Crespi, es aplastante porque representa no solo la visión de un individuo ejemplar sino la iconografía íntima de una ciudad.
Entrar o salir de una imagen como de una función de cine, aunque esta sea al aire libre y sobre una sábana amarrada a cuatro palos, refleja los estados de transición de inicio y final del mayor rito creado para celebrar la ilusión de la caverna. Finalmente el cine no es más que luces y sombras reflejadas sobre una superficie blanca. Un puro espejismo que se ofrece a la mirada de un voyeur, mejor dicho, a la mirada de decenas de voyeurs que se acompañan en silencio.
Quizás sea el sentimiento de pérdida dulce el que defina mejor al Neorrealismo. Y quizás por eso nos resulta tan fácil reconocernos en él. (O)

El cine, ese espejismo

El ensayista Ugo Pirro retrata en Celuloide el momento más trascendente del cine europeo. Dice en esta gran obra que “la historia de cómo y cuándo nace el Neorrealismo Italiano es como una novela de aventuras porque fue una novela y una aventura que los supervivientes cuentan con pudor y nostalgia, confundiendo fechas y circunstancias, como normalmente ocurre cuando el desinterés de los historiadores hace parecer infinitamente superflua la memoria de protagonistas y testigos.”
Tomé nota puntualmente de aquellas palabras y las registré en una libreta que andaba a cargar entonces, por lo cierto y familiar que resultaban. Parecían escritas por un ecuatoriano.
Hablar de precursores cinematográficos lleva a señalar, en cualquier caso, nexos curiosos con esta escuela porque las raíces del mito, en cada sociedad, resultan ser la fuente dentro de la que es posible rastrear los orígenes de la memoria colectiva. Nuestro nexo con el Neorrealismo se da, en un primer momento, a nivel de historias de vida antes que de contenidos de obras. Y esto, sin duda, resulta sugestivo. Vemos el espíritu del cinema italiano, más que el de Chaplin, Keaton o cualquier otro nombre o escuela, apropiado de los iniciadores del cine ecuatoriano como si se hubiese trasladado de polizón a bordo de una corriente dislocada hasta arribar a estas tierras aunque esto, insisto, haya sido determinante antes que para realizar unas obras para vivir unas vidas.
Sin duda aquella improvisada pantalla de cine confeccionada con sábanas de yute precariamente amarradas a cuatro palos en la que el Padre Crespi proyectaba sus cintas es la imagen heroica de una vida rodeada de imágenes heroicas. Ese cuadro vale una vida, porque resume y contiene el significado de toda una existencia. Al final, ésta resulta ser fantasma o espejismo como las películas o las novelas: luego de verlas, o de leerlas, uno se queda apenas con un puñado de imágenes que resultan significativas e imprescindibles para el viajero de aquellos mundos. Nada más. Y esa, la de la pantalla del Padre Crespi, es aplastante porque representa no solo la visión de un individuo ejemplar sino la iconografía íntima de una ciudad.
Entrar o salir de una imagen como de una función de cine, aunque esta sea al aire libre y sobre una sábana amarrada a cuatro palos, refleja los estados de transición de inicio y final del mayor rito creado para celebrar la ilusión de la caverna. Finalmente el cine no es más que luces y sombras reflejadas sobre una superficie blanca. Un puro espejismo que se ofrece a la mirada de un voyeur, mejor dicho, a la mirada de decenas de voyeurs que se acompañan en silencio.
Quizás sea el sentimiento de pérdida dulce el que defina mejor al Neorrealismo. Y quizás por eso nos resulta tan fácil reconocernos en él. (O)

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