Efraín Jara, poeta

“Fuerte muerde la muerte” dice la línea de uno de los versos más citados estos días de Efraín Jara Idrovo, titulado “Círculo fatal”, cabal evocación del impacto que ha causado el fallecimiento de quien fue considerado hasta el final de sus días el poeta vivo más importante del Ecuador. Hoy, una vez ha dado el inevitable paso hacia el desfiladero insondable, el resplandeciente promontorio o el rutilante acantilado de la vida, como él mismo conceptualizó, por partida triple, nuestra impotencia y minúscula fuerza ante el destino, en su sollozo por el hijo perdido, no podemos sino celebrar su inmenso legado de letras, sensibilidad e inteligencia en las palabras que amasó y atesoró durante su tránsito por este mundo. Ya estás junto a tu Pedro, querido poeta. Allí donde no hay lamentos, solo energía que flota en la nada.
La escritura de Efraín Jara implica altas dosis de complejidad y elaboración, sin dejar por ello de expresar con frescura las emociones primarias que llevan a que una persona elija la palabra escrita para expresar su visión y extrañeza ante el mundo y la vida. Es por eso que su poesía está atravesada de ansias de vivir aún más, a fondo, porque como él bien lo supo el regalo de la existencia, junto a la conciencia de la misma, es una casualidad irónica que, si bien no comprendemos del todo, debemos aprovechar y cuidar. Y aprovechar significó gozar para el poeta.
Evoco su larga estancia en la Isla Floreana para decir que su biografía confirma la teoría de Darwin aplicada a la literatura ecuatoriana, porque supo adaptarse para sobrevivir y evolucionar en un medio árido y difícil para las artes en general y para la poesía en particular. Es curiosa esa parte de su biografía, sin duda, porque, asfixiado por la pacata sociedad cuencana de los años cincuenta, no buscó una metrópoli global para refugiarse, sino que fue a vivir solitariamente en un archipiélago que estaba lejos de ser el paraíso turístico que es hoy. Las islas, algún momento tocadas por la pluma de Melville y la del mismo Darwin, para siempre estarán vinculadas a la escritura de Efraín Jara. Qué más decir en este breve espacio para despedirte, poeta querido, salvo que siempre asocié tu apodo de “cuchucho” a la risa aguda y como metralleta que explotaba sonoramente en tus labios tras la broma de alguno de tus contados amigos, entre quienes estuvo mi padre. Ahora que los dos se han ido, escucho el eco de sus carcajadas perderse en la memoria. (O)

Efraín Jara, poeta

“Fuerte muerde la muerte” dice la línea de uno de los versos más citados estos días de Efraín Jara Idrovo, titulado “Círculo fatal”, cabal evocación del impacto que ha causado el fallecimiento de quien fue considerado hasta el final de sus días el poeta vivo más importante del Ecuador. Hoy, una vez ha dado el inevitable paso hacia el desfiladero insondable, el resplandeciente promontorio o el rutilante acantilado de la vida, como él mismo conceptualizó, por partida triple, nuestra impotencia y minúscula fuerza ante el destino, en su sollozo por el hijo perdido, no podemos sino celebrar su inmenso legado de letras, sensibilidad e inteligencia en las palabras que amasó y atesoró durante su tránsito por este mundo. Ya estás junto a tu Pedro, querido poeta. Allí donde no hay lamentos, solo energía que flota en la nada.
La escritura de Efraín Jara implica altas dosis de complejidad y elaboración, sin dejar por ello de expresar con frescura las emociones primarias que llevan a que una persona elija la palabra escrita para expresar su visión y extrañeza ante el mundo y la vida. Es por eso que su poesía está atravesada de ansias de vivir aún más, a fondo, porque como él bien lo supo el regalo de la existencia, junto a la conciencia de la misma, es una casualidad irónica que, si bien no comprendemos del todo, debemos aprovechar y cuidar. Y aprovechar significó gozar para el poeta.
Evoco su larga estancia en la Isla Floreana para decir que su biografía confirma la teoría de Darwin aplicada a la literatura ecuatoriana, porque supo adaptarse para sobrevivir y evolucionar en un medio árido y difícil para las artes en general y para la poesía en particular. Es curiosa esa parte de su biografía, sin duda, porque, asfixiado por la pacata sociedad cuencana de los años cincuenta, no buscó una metrópoli global para refugiarse, sino que fue a vivir solitariamente en un archipiélago que estaba lejos de ser el paraíso turístico que es hoy. Las islas, algún momento tocadas por la pluma de Melville y la del mismo Darwin, para siempre estarán vinculadas a la escritura de Efraín Jara. Qué más decir en este breve espacio para despedirte, poeta querido, salvo que siempre asocié tu apodo de “cuchucho” a la risa aguda y como metralleta que explotaba sonoramente en tus labios tras la broma de alguno de tus contados amigos, entre quienes estuvo mi padre. Ahora que los dos se han ido, escucho el eco de sus carcajadas perderse en la memoria. (O)