Diez años después

Visto

Algún día la opinión pública del Ecuador en su conjunto reconocerá, como ya lo hace el pueblo que lo despide con más de 60 puntos de aprobación, el liderazgo histórico de Rafael Vicente Correa no solo como Presidente del Ecuador sino como la persona que ha transformado el país para mejor. Hagamos memoria. Es el momento de los balances. Pongamos los saldos a favor y en contra en uno y otro lado, aunque quizás no contamos aún con la distancia histórica necesaria que nos permita mirar objetivamente los hechos. ¿Qué se le objeta a Correa? Su estilo dicen unos. Yo me pregunto, honestamente, sin tratar de evitar la necesaria autocrítica ¿de qué manera se puede gobernar este país si no es con un liderazgo fuerte? Un país mal acostumbrado a contar con feudos de poder en izquierda y en derecha, feudos otrora intocables que destruyeron la educación y la salud pública, por un lado, y que quebraron el país desregulando y destruyendo la institucionalidad pública por el otro. No. No vivimos en el paraíso después de Correa. Pero el Ecuador de hoy es un país que se permite mirar al futuro y plantearse con responsabilidad lo que hay que corregir y cambiar.
Más de 60 puntos positivos tiene Rafael Correa después de haber gobernado por diez años un país que estaba al borde del colapso y que había echado del poder con manifestaciones populares a tres presidentes que no alcanzaron a terminar sus mandatos. Yo tengo cuarenta y cinco años y no recuerdo haber visto algo parecido en el pasado. Revisando la historia, más allá de la biografía personal,  resulta que no hay comparación posible con otro mandatario ecuatoriano. Y a nivel mundial los ejemplos no abundan. Correa es un fenómeno histórico de alcance global y, como digo, no tenemos aún la suficiente distancia histórica para analizarlo porque estamos siendo testigos de ella.
Es sano el recambio. Es bueno para el país y para el líder político que podrá reflexionar sobre aquellas cosas que estuvieron bien y las que no. Es necesario oxigenar el ejercicio del poder político. Comienza un nuevo período para un Ecuador que eligió estabilidad y continuidad, pero que también demanda correcciones y cambios.
En lo personal espero y deseo que el nuevo gobierno esté a la altura de las circunstancias históricas y contribuiremos para que así sea. Creo que Lenín Moreno es un líder positivo que sabrá imprimir un estilo distinto, necesario en esta nueva etapa de nuestra sociedad que se encamina hacia la madurez. Sin embargo, preocupa la oposición recalcitrante que queda. Una oposición que, en su núcleo duro, ha manifestado claras actitudes antidemocráticas y desestabilizadoras. Esa oposición también deberá estar a la altura de la historia y no solo añorar el viejo país del arranche y la componenda. Que así sea. Veamos qué nos depara el destino, seguros de que está en nuestras manos construirlo. Gracias Rafael. (O)

Diez años después

Algún día la opinión pública del Ecuador en su conjunto reconocerá, como ya lo hace el pueblo que lo despide con más de 60 puntos de aprobación, el liderazgo histórico de Rafael Vicente Correa no solo como Presidente del Ecuador sino como la persona que ha transformado el país para mejor. Hagamos memoria. Es el momento de los balances. Pongamos los saldos a favor y en contra en uno y otro lado, aunque quizás no contamos aún con la distancia histórica necesaria que nos permita mirar objetivamente los hechos. ¿Qué se le objeta a Correa? Su estilo dicen unos. Yo me pregunto, honestamente, sin tratar de evitar la necesaria autocrítica ¿de qué manera se puede gobernar este país si no es con un liderazgo fuerte? Un país mal acostumbrado a contar con feudos de poder en izquierda y en derecha, feudos otrora intocables que destruyeron la educación y la salud pública, por un lado, y que quebraron el país desregulando y destruyendo la institucionalidad pública por el otro. No. No vivimos en el paraíso después de Correa. Pero el Ecuador de hoy es un país que se permite mirar al futuro y plantearse con responsabilidad lo que hay que corregir y cambiar.
Más de 60 puntos positivos tiene Rafael Correa después de haber gobernado por diez años un país que estaba al borde del colapso y que había echado del poder con manifestaciones populares a tres presidentes que no alcanzaron a terminar sus mandatos. Yo tengo cuarenta y cinco años y no recuerdo haber visto algo parecido en el pasado. Revisando la historia, más allá de la biografía personal,  resulta que no hay comparación posible con otro mandatario ecuatoriano. Y a nivel mundial los ejemplos no abundan. Correa es un fenómeno histórico de alcance global y, como digo, no tenemos aún la suficiente distancia histórica para analizarlo porque estamos siendo testigos de ella.
Es sano el recambio. Es bueno para el país y para el líder político que podrá reflexionar sobre aquellas cosas que estuvieron bien y las que no. Es necesario oxigenar el ejercicio del poder político. Comienza un nuevo período para un Ecuador que eligió estabilidad y continuidad, pero que también demanda correcciones y cambios.
En lo personal espero y deseo que el nuevo gobierno esté a la altura de las circunstancias históricas y contribuiremos para que así sea. Creo que Lenín Moreno es un líder positivo que sabrá imprimir un estilo distinto, necesario en esta nueva etapa de nuestra sociedad que se encamina hacia la madurez. Sin embargo, preocupa la oposición recalcitrante que queda. Una oposición que, en su núcleo duro, ha manifestado claras actitudes antidemocráticas y desestabilizadoras. Esa oposición también deberá estar a la altura de la historia y no solo añorar el viejo país del arranche y la componenda. Que así sea. Veamos qué nos depara el destino, seguros de que está en nuestras manos construirlo. Gracias Rafael. (O)

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