Diálogos

Establecer un diálogo parecería natural y simple. Sin embargo no lo es. Requiere destrezas, voluntad, sensibilidad y sobre todo un marco ético.
Un diálogo que aspire a ser auténtico y profundo no puede ser de cualquier tipo. Debe cumplir ciertas premisas básicas. Supone la predisposición de escuchar, así como la posibilidad de estar equivocado y ser transformado. Debe ser un encuentro generoso, sostenido en la voluntad de aprendizaje mutuo y en la humildad de saberse dueño de una “verdad” parcial y provisoria. Debe fundarse en una relación horizontal, con equilibrio en el peso y la proporción de la palabra. Eduardo Galeano, escritor que creía profundamente en el diálogo diría que “vistos desde abajo, todos parecen gigantes, y vistos desde arriba, todos parecen enanos. De igual a igual, es la única manera de descubrir”. Un diálogo sincero, debe procurar un parlamento abierto que no busque soluciones definitivas y clausuras, sino que explore y proyecte las múltiples posibilidades de lo humano, pues ninguna forma de ser y pensar es la única posible.
Cuanto más intenso y hondo es el diálogo -sea en las rutinas, las contingencias o las excepciones- más claramente veremos cuanto nos une al “otro”, cuan “normal” es aquel que antes nos parecía extraño y cuan razonables son sus aspiraciones y los motivos que le mueven. Solo al sumergirnos en la mirada y la palabra del “otro”, podemos llegar a la experiencia de la relación, a una comunión virtuosa con el “diferente”.
Por ello, cuando un diálogo no fluye o no consigue los frutos deseados (sea este con el vecino o un diálogo nacional) habrá que preguntarse si realmente hubo las condiciones y la voluntad de dialogar, o solo se asistió a un juego de espejos, a un soliloquio o un acto de ventriloquía en donde la soberbia ahogó de entrada la posibilidad del entendimiento. (O)

Diálogos

Establecer un diálogo parecería natural y simple. Sin embargo no lo es. Requiere destrezas, voluntad, sensibilidad y sobre todo un marco ético.
Un diálogo que aspire a ser auténtico y profundo no puede ser de cualquier tipo. Debe cumplir ciertas premisas básicas. Supone la predisposición de escuchar, así como la posibilidad de estar equivocado y ser transformado. Debe ser un encuentro generoso, sostenido en la voluntad de aprendizaje mutuo y en la humildad de saberse dueño de una “verdad” parcial y provisoria. Debe fundarse en una relación horizontal, con equilibrio en el peso y la proporción de la palabra. Eduardo Galeano, escritor que creía profundamente en el diálogo diría que “vistos desde abajo, todos parecen gigantes, y vistos desde arriba, todos parecen enanos. De igual a igual, es la única manera de descubrir”. Un diálogo sincero, debe procurar un parlamento abierto que no busque soluciones definitivas y clausuras, sino que explore y proyecte las múltiples posibilidades de lo humano, pues ninguna forma de ser y pensar es la única posible.
Cuanto más intenso y hondo es el diálogo -sea en las rutinas, las contingencias o las excepciones- más claramente veremos cuanto nos une al “otro”, cuan “normal” es aquel que antes nos parecía extraño y cuan razonables son sus aspiraciones y los motivos que le mueven. Solo al sumergirnos en la mirada y la palabra del “otro”, podemos llegar a la experiencia de la relación, a una comunión virtuosa con el “diferente”.
Por ello, cuando un diálogo no fluye o no consigue los frutos deseados (sea este con el vecino o un diálogo nacional) habrá que preguntarse si realmente hubo las condiciones y la voluntad de dialogar, o solo se asistió a un juego de espejos, a un soliloquio o un acto de ventriloquía en donde la soberbia ahogó de entrada la posibilidad del entendimiento. (O)