Día del Maestro


La historia del laicismo en el Ecuador data de hace más de un siglo y tiene como pilares fundamentales a dos insignes liberales: Eloy Alfaro y José Peralta. No es que en general el problema de la educación no haya sido motivo de preocupación durante las primeras siete décadas de la vida republicana. García Moreno como Benigno Malo coincidían en que debía ser rescatada del control de la iglesia heredada del dominio español; ambos coincidían en su criterio: “Ni Quito ni España han podido darnos lo que ellas mismo no tenían” y la convicción de que hay que educar para la producción. La fundación de los Colegios Normales, básicamente en Quito, Guayaquil y Cuenca, fueron el inicio definitivo para la formación de pedagogos capacitados, en cuyas manos se depositó la formación de la niñez y juventud ecuatoriana. Los resultados, altamente positivos, imprimieron a la sociedad mayor respetabilidad y prestigio. El ser Maestro se convirtió en una profesión altamente valorada que garantizaba a las familias ecuatorianas una formación cultural, en valores éticos y morales, de ciudadanía, a las nuevas generaciones. Los padres de familia asumieron la certeza de que la escuela era la segunda casa para sus hijos. Entrada ya la segunda mitad del s.XX, cuando la gran mayoría de la juventud vivía el entusiasmo de los años 60, por extrañas circunstancias, que hoy sabemos que no eran tan extrañas, surgieron grupos de agitadores que se infiltraron en el magisterio y en nombre de un supuesto sindicalismo y espíritu de cuerpo, se apoderaron primero de la respetada Unión Nacional de Educadores y luego desvirtuaron el rol de los Colegios Normales. Los resultados de este accionar sobre la educación ecuatoriana son parte de la ‘larga y triste noche neoliberal’. Durante la Década Ganada, el gobierno hizo esfuerzos serios por recuperar el prestigio para la labor docente, mejoró la situación económica de los educadores, se preocupó por dotar de infraestructura decente a los educandos, con resultados que han sido reconocidos dentro y fuera del país. Hoy llama la atención que se ‘recomiende’ la formación docente bajo la divisa: ‘Cero ideologías’. ¿Es posible un maestro sin ideología? La educación laica implica no estar sujeta a ningún tipo de dogmas. La clave radica en el “para qué educar”: la educación del s.XXI requiere del conocimiento científico para ponerlo al servicio de la principal tarea social: la producción para la satisfacción de las necesidades del ser humano. (O)
El ser Maestro se convirtió en una profesión altamente valorada que garantiza a las familias ecuatorianas una formación cultural

Día del Maestro


La historia del laicismo en el Ecuador data de hace más de un siglo y tiene como pilares fundamentales a dos insignes liberales: Eloy Alfaro y José Peralta. No es que en general el problema de la educación no haya sido motivo de preocupación durante las primeras siete décadas de la vida republicana. García Moreno como Benigno Malo coincidían en que debía ser rescatada del control de la iglesia heredada del dominio español; ambos coincidían en su criterio: “Ni Quito ni España han podido darnos lo que ellas mismo no tenían” y la convicción de que hay que educar para la producción. La fundación de los Colegios Normales, básicamente en Quito, Guayaquil y Cuenca, fueron el inicio definitivo para la formación de pedagogos capacitados, en cuyas manos se depositó la formación de la niñez y juventud ecuatoriana. Los resultados, altamente positivos, imprimieron a la sociedad mayor respetabilidad y prestigio. El ser Maestro se convirtió en una profesión altamente valorada que garantizaba a las familias ecuatorianas una formación cultural, en valores éticos y morales, de ciudadanía, a las nuevas generaciones. Los padres de familia asumieron la certeza de que la escuela era la segunda casa para sus hijos. Entrada ya la segunda mitad del s.XX, cuando la gran mayoría de la juventud vivía el entusiasmo de los años 60, por extrañas circunstancias, que hoy sabemos que no eran tan extrañas, surgieron grupos de agitadores que se infiltraron en el magisterio y en nombre de un supuesto sindicalismo y espíritu de cuerpo, se apoderaron primero de la respetada Unión Nacional de Educadores y luego desvirtuaron el rol de los Colegios Normales. Los resultados de este accionar sobre la educación ecuatoriana son parte de la ‘larga y triste noche neoliberal’. Durante la Década Ganada, el gobierno hizo esfuerzos serios por recuperar el prestigio para la labor docente, mejoró la situación económica de los educadores, se preocupó por dotar de infraestructura decente a los educandos, con resultados que han sido reconocidos dentro y fuera del país. Hoy llama la atención que se ‘recomiende’ la formación docente bajo la divisa: ‘Cero ideologías’. ¿Es posible un maestro sin ideología? La educación laica implica no estar sujeta a ningún tipo de dogmas. La clave radica en el “para qué educar”: la educación del s.XXI requiere del conocimiento científico para ponerlo al servicio de la principal tarea social: la producción para la satisfacción de las necesidades del ser humano. (O)
El ser Maestro se convirtió en una profesión altamente valorada que garantiza a las familias ecuatorianas una formación cultural