Demoliciones

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Lo último de Carlos Jaramillo Medina

La casas tradicionales cuencanas de fisonomía y ambientes amables, estéticamente implacables, de belleza tan pragmática como poética, y con todas las limitaciones físicas y técnicas que podrían tener, lograron con el tiempo una apertura posible: enriquecerse hasta llegar a la rica ornamentación de sus ambientes interiores y exteriores.
El ingreso al dominio privado de la casa tradicional no es directo, porque el zaguán es el umbral mediador entre el afuera de la calle y el adentro del hogar, y a través de él, se vislumbra la centralidad de su mundo interior: el patio principal y el cielo que lo cobija para el camino arqueado del sol, el curso de la luna en sus distintas fases y el resplandor ambulante de las estrellas. El patio es el espacio universal y singular al mismo tiempo, es el afuera del adentro, el pulmón y su paisaje interior, naturaleza domesticada en forma de árboles y plantas.
Alrededor del patio se enroscan los corredores y los cuartos, y más allá, se distribuyen el traspatio y la huerta, que es una pequeña parcela que provee algunos aportes al sustento, una manera de traer el campo a la ciudad, de sentir cerca la tierra. En el microcosmos de la casa, el solar es el recurso para ese anhelado balance entre lo urbano y lo rural.
Sin embargo, para los herederos de las casas tradicionales en las que vivieron sus padres y abuelos, estos viejos inmuebles ya no satisfacen sus modernas aspiraciones hogareñas por lo que se han ido a vivir fuera del centro histórico. Muchas casas fueron vendidas a especuladores que no les interesa recrear el patrimonio sino lucrar de la renta capitalista del suelo. ¡Se ha demolido la arquitectura que fue el sentido para vivir en la intimidad del hogar! ¡Y también se ha demolido la imagen de la ciudad como memoria colectiva! (O)

Demoliciones

La casas tradicionales cuencanas de fisonomía y ambientes amables, estéticamente implacables, de belleza tan pragmática como poética, y con todas las limitaciones físicas y técnicas que podrían tener, lograron con el tiempo una apertura posible: enriquecerse hasta llegar a la rica ornamentación de sus ambientes interiores y exteriores.
El ingreso al dominio privado de la casa tradicional no es directo, porque el zaguán es el umbral mediador entre el afuera de la calle y el adentro del hogar, y a través de él, se vislumbra la centralidad de su mundo interior: el patio principal y el cielo que lo cobija para el camino arqueado del sol, el curso de la luna en sus distintas fases y el resplandor ambulante de las estrellas. El patio es el espacio universal y singular al mismo tiempo, es el afuera del adentro, el pulmón y su paisaje interior, naturaleza domesticada en forma de árboles y plantas.
Alrededor del patio se enroscan los corredores y los cuartos, y más allá, se distribuyen el traspatio y la huerta, que es una pequeña parcela que provee algunos aportes al sustento, una manera de traer el campo a la ciudad, de sentir cerca la tierra. En el microcosmos de la casa, el solar es el recurso para ese anhelado balance entre lo urbano y lo rural.
Sin embargo, para los herederos de las casas tradicionales en las que vivieron sus padres y abuelos, estos viejos inmuebles ya no satisfacen sus modernas aspiraciones hogareñas por lo que se han ido a vivir fuera del centro histórico. Muchas casas fueron vendidas a especuladores que no les interesa recrear el patrimonio sino lucrar de la renta capitalista del suelo. ¡Se ha demolido la arquitectura que fue el sentido para vivir en la intimidad del hogar! ¡Y también se ha demolido la imagen de la ciudad como memoria colectiva! (O)

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