De regreso a 1968

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Lo último de Wilmer Ramiro Hidalgo Tandazo

En mayo de 1968 empezaron varias revueltas de estudiantes en Francia, que exigían reivindicaciones sociales. Ese movimiento terminó agrupando a millones de personas en grandes manifestaciones populares.
Las revueltas fueron reprimidas e incluso el gobierno francés de la época, presidido por el General Charles de Gaulle, criminalizó a grupos radicales de izquierda. Sin embargo, las revueltas no cesaron hasta conseguir la convocatoria a elecciones anticipadas, que tuvieron lugar en junio de ese año.
Igual ocurrió en 1968, en Estados Unidos, con el Movimiento por los Derechos Civiles. Ese año fue asesinado el líder afroestadounidense Martin Luther King. Situaciones similares se produjeron en la Primavera de Praga, en la ex Checoslovaquia, donde los intentos de liberalización terminaron con la invasión soviética a ese país.
Lo ocurrido en 1968 ha sido replicado en Francia, cincuenta años después, por los “chalecos amarillos”.
Este movimiento inició en octubre de 2018, para protestar contra el alza en el precio de los combustibles, la injusticia fiscal y la pérdida del poder adquisitivo. Tienen justificadas razones para protestar cuando la pobreza en Francia aumenta, los salarios y las condiciones sociales se pauperizan, mientras el gobierno francés ofrece más beneficios fiscales a los grandes capitales locales y transnacionales. Por eso piden la renuncia del Presidente francés, Emanuel Macron, el restablecimiento del impuesto sobre la fortuna, el aumento del salario mínimo, entre otras medidas.
Como en 1968, el gobierno francés ha reprimido con dureza las manifestaciones y ha pretendido criminalizar a los chalecos amarillos. El gobierno francés incluso pretendió pasar una “ley antimanifestantes”, que ha sido considerada contraria a la Constitución francesa y a los derechos humanos.
Desde hace varios meses el gobierno y los grupos sociales de Francia mantienen un diálogo, dirigido a reducir la carga sobre los menos favorecidos. Es lo que corresponde hacer en democracia cuando existe un legítimo malestar social.
Por supuesto, siempre debe haber límites, como el uso de armas de fuego en las manifestaciones, la organización de grupos paramilitares y la amenaza a la unidad nacional. Sensatez y empatía en todos los sectores son necesarias. (O)

De regreso a 1968

En mayo de 1968 empezaron varias revueltas de estudiantes en Francia, que exigían reivindicaciones sociales. Ese movimiento terminó agrupando a millones de personas en grandes manifestaciones populares.
Las revueltas fueron reprimidas e incluso el gobierno francés de la época, presidido por el General Charles de Gaulle, criminalizó a grupos radicales de izquierda. Sin embargo, las revueltas no cesaron hasta conseguir la convocatoria a elecciones anticipadas, que tuvieron lugar en junio de ese año.
Igual ocurrió en 1968, en Estados Unidos, con el Movimiento por los Derechos Civiles. Ese año fue asesinado el líder afroestadounidense Martin Luther King. Situaciones similares se produjeron en la Primavera de Praga, en la ex Checoslovaquia, donde los intentos de liberalización terminaron con la invasión soviética a ese país.
Lo ocurrido en 1968 ha sido replicado en Francia, cincuenta años después, por los “chalecos amarillos”.
Este movimiento inició en octubre de 2018, para protestar contra el alza en el precio de los combustibles, la injusticia fiscal y la pérdida del poder adquisitivo. Tienen justificadas razones para protestar cuando la pobreza en Francia aumenta, los salarios y las condiciones sociales se pauperizan, mientras el gobierno francés ofrece más beneficios fiscales a los grandes capitales locales y transnacionales. Por eso piden la renuncia del Presidente francés, Emanuel Macron, el restablecimiento del impuesto sobre la fortuna, el aumento del salario mínimo, entre otras medidas.
Como en 1968, el gobierno francés ha reprimido con dureza las manifestaciones y ha pretendido criminalizar a los chalecos amarillos. El gobierno francés incluso pretendió pasar una “ley antimanifestantes”, que ha sido considerada contraria a la Constitución francesa y a los derechos humanos.
Desde hace varios meses el gobierno y los grupos sociales de Francia mantienen un diálogo, dirigido a reducir la carga sobre los menos favorecidos. Es lo que corresponde hacer en democracia cuando existe un legítimo malestar social.
Por supuesto, siempre debe haber límites, como el uso de armas de fuego en las manifestaciones, la organización de grupos paramilitares y la amenaza a la unidad nacional. Sensatez y empatía en todos los sectores son necesarias. (O)

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