De razones y pasiones

Pude ampliar el título del presente artículo como: “De razones, pasiones y fanatismos”. Solamente diría que la extrema pasión puede considerarse como fanatismo. Lo que trato en esta nota es de la diferencia entre la razón y la pasión. Sin caer en el puro racionalismo/positivismo/pragmatismo, pienso que las sociedades y los individuos, frecuentemente, actuamos motivados por causas antes que por principios, por pasiones antes que por razones, con el corazón -o, lo que es peor, con el hígado - y no con la cabeza. Recordemos la etimología de pasión, palabra que proviene del latín passio que, a su vez se deriva del verbo pati que significa padecer, sufrir, tolerar. Pasión, entonces, es lo contrario de acción, es un estado pasivo; se trata de una emoción o sentimiento muy fuertes, un afición o interés desmedido por algo, un deseo intenso. En el ámbito de los sentimientos no impera la razón, más bien, se aleja de ella. Está muy bien que en la cotidiana función de vivir se le ponga corazón - jamás el hígado- Lo que no cabe es alejarse de las conductas racionales y pensar que siempre “la vida es un carnaval”. Es correcto y necesario que la vida se mueva por sentimientos y virtudes (afecto, solidaridad, amor, respeto, honestidad, etc.). Lo que no cabe es que toda acción o reacción se guíe por la pasión y se abandone la razón. Peor, todavía, si el consejero de la vida se mueve por actitudes y respuestas hepáticas. En la vida, las opciones se mueven entre ser inteligente, malvado, ingenuo o estúpido.
En el ámbito político, la pasión -peor, si se convierte en fanatismo- es la tumba de la conciencia y la razón. La falta de educación y formación mueven la pasión de las masas y entregan su propio destino a “líderes” de bambalina que se venden en el marketing del engaño y la mentira. Pronto llega el desconsuelo y arrepentimiento. Unos, como si se tratara de un dogma de fe, apuestan por alguien que pronto les defraudará. Al creer en alguien le ponen corazón y para no creer en el otro le ponen hígado. Las contiendas electorales se transforman en competencias marketeras, una lucha entre corazones e hígados. La educación es la única vía que permite actuar con conciencia reflexiva. Además, es indispensable la politización - en el buen sentido ddl término, hablamos de la política de buena calidad- de la sociedad civil como exquisito indispensable para la transformación de las sociedades. Razón tenía Galeano cuando decía que “otro sería el mundo si las personas supieran de política la mitad de lo que dicen saber de fútbol”. (O)
La falta de educación y formación mueven la pasión de las masas y entregan su propio destino a “líderes” de bambalina.

De razones y pasiones

Pude ampliar el título del presente artículo como: “De razones, pasiones y fanatismos”. Solamente diría que la extrema pasión puede considerarse como fanatismo. Lo que trato en esta nota es de la diferencia entre la razón y la pasión. Sin caer en el puro racionalismo/positivismo/pragmatismo, pienso que las sociedades y los individuos, frecuentemente, actuamos motivados por causas antes que por principios, por pasiones antes que por razones, con el corazón -o, lo que es peor, con el hígado - y no con la cabeza. Recordemos la etimología de pasión, palabra que proviene del latín passio que, a su vez se deriva del verbo pati que significa padecer, sufrir, tolerar. Pasión, entonces, es lo contrario de acción, es un estado pasivo; se trata de una emoción o sentimiento muy fuertes, un afición o interés desmedido por algo, un deseo intenso. En el ámbito de los sentimientos no impera la razón, más bien, se aleja de ella. Está muy bien que en la cotidiana función de vivir se le ponga corazón - jamás el hígado- Lo que no cabe es alejarse de las conductas racionales y pensar que siempre “la vida es un carnaval”. Es correcto y necesario que la vida se mueva por sentimientos y virtudes (afecto, solidaridad, amor, respeto, honestidad, etc.). Lo que no cabe es que toda acción o reacción se guíe por la pasión y se abandone la razón. Peor, todavía, si el consejero de la vida se mueve por actitudes y respuestas hepáticas. En la vida, las opciones se mueven entre ser inteligente, malvado, ingenuo o estúpido.
En el ámbito político, la pasión -peor, si se convierte en fanatismo- es la tumba de la conciencia y la razón. La falta de educación y formación mueven la pasión de las masas y entregan su propio destino a “líderes” de bambalina que se venden en el marketing del engaño y la mentira. Pronto llega el desconsuelo y arrepentimiento. Unos, como si se tratara de un dogma de fe, apuestan por alguien que pronto les defraudará. Al creer en alguien le ponen corazón y para no creer en el otro le ponen hígado. Las contiendas electorales se transforman en competencias marketeras, una lucha entre corazones e hígados. La educación es la única vía que permite actuar con conciencia reflexiva. Además, es indispensable la politización - en el buen sentido ddl término, hablamos de la política de buena calidad- de la sociedad civil como exquisito indispensable para la transformación de las sociedades. Razón tenía Galeano cuando decía que “otro sería el mundo si las personas supieran de política la mitad de lo que dicen saber de fútbol”. (O)
La falta de educación y formación mueven la pasión de las masas y entregan su propio destino a “líderes” de bambalina.