Cultura y colectividad

“Habrá que reconocer que no hay un solo ser humano al que no pueda calificarse de “infiel” por un sectario”, cita pertinente en el marco de la red de relaciones que levantamos y fortificamos reafirmando, sobre la negación, una identidad que descalifica cualquier opción que no haga eco de nuestras propias ideas, certezas y convicciones.
Hace un año atrás publiqué en esta columna un artículo al que titulé Henri Dunant: lecciones urgentes, proponiendo una reflexión en torno a dos preguntas:
- ¿Somos el cinismo de repudiar la violencia convocándola o la indignación de asumir la utopía como motor de la transformación social?
- ¿Somos, no más que, la rabia contenida que se desborda sobre si misma?
Un año después, tras un proceso electoral que nos dice “basta” y gira hacia la cordura de ignorar la política de la descalificación, el insulto y ese “el otro es peor”, para ejercer una selección que, más allá del ruido populista de los mismos prometiendo horizontes nuevos, encarga su confianza y expectativa sobre figuras nuevas o renovadas, ajenas al ejercicio de la disputa, la confrontación y el conflicto.
Un año después, más allá de los medios y las redes; y, de las agendas que estos nos proponen, amanece la oportunidad de ser algo más que esa rabia contenida que, hasta aquí, nos desborda, amanece la oportunidad de retomar la utopía como sendero…
La izquierda no es corrupción, tanto como la derecha no es fascismo, el género es mucho más que feminismo y el ecodesarrollo más que un discurso contra-hegemónico, los polos no son la avenida que conduce al buen vivir y, el eclecticismo es la religión del futuro…
Sectarismo que lo dibuja Blavatsky al señalar que “en lo que respecta a la acusación de “infiel”, no es más que un desacierto y una alucinación cuyo absurdo se puede rebatir fácilmente, exigiendo a quienes infaman que muestren a una persona del mundo civilizado que no sea considerada como un “infiel” por personas pertenecientes a una comunidad diferente a la suya”…
El derecho a la identidad es el derecho, no únicamente a ejercer los puntos de intersección que nos definen como colectivo; es también, me atrevo a decir que fundamentalmente, el derecho a sostener un credo independiente, sin atentar contra los derechos o credos de los demás, que responde a mis inquietudes, expectativas y aspiraciones y, por credo me refiero a un paradigma global sobre el mundo, mi colectividad y mi papel en el; derecho que debe ser ejercido, sostenido y defendido por todos y cada uno, desterrando el calificativo de “infiel” sobre aquel que profesa una idea independiente, propia o diferente. (O)
“Habrá que reconocer que no hay un solo ser humano al que no pueda calificarse de “infiel” por un sectario”.

Cultura y colectividad

“Habrá que reconocer que no hay un solo ser humano al que no pueda calificarse de “infiel” por un sectario”, cita pertinente en el marco de la red de relaciones que levantamos y fortificamos reafirmando, sobre la negación, una identidad que descalifica cualquier opción que no haga eco de nuestras propias ideas, certezas y convicciones.
Hace un año atrás publiqué en esta columna un artículo al que titulé Henri Dunant: lecciones urgentes, proponiendo una reflexión en torno a dos preguntas:
- ¿Somos el cinismo de repudiar la violencia convocándola o la indignación de asumir la utopía como motor de la transformación social?
- ¿Somos, no más que, la rabia contenida que se desborda sobre si misma?
Un año después, tras un proceso electoral que nos dice “basta” y gira hacia la cordura de ignorar la política de la descalificación, el insulto y ese “el otro es peor”, para ejercer una selección que, más allá del ruido populista de los mismos prometiendo horizontes nuevos, encarga su confianza y expectativa sobre figuras nuevas o renovadas, ajenas al ejercicio de la disputa, la confrontación y el conflicto.
Un año después, más allá de los medios y las redes; y, de las agendas que estos nos proponen, amanece la oportunidad de ser algo más que esa rabia contenida que, hasta aquí, nos desborda, amanece la oportunidad de retomar la utopía como sendero…
La izquierda no es corrupción, tanto como la derecha no es fascismo, el género es mucho más que feminismo y el ecodesarrollo más que un discurso contra-hegemónico, los polos no son la avenida que conduce al buen vivir y, el eclecticismo es la religión del futuro…
Sectarismo que lo dibuja Blavatsky al señalar que “en lo que respecta a la acusación de “infiel”, no es más que un desacierto y una alucinación cuyo absurdo se puede rebatir fácilmente, exigiendo a quienes infaman que muestren a una persona del mundo civilizado que no sea considerada como un “infiel” por personas pertenecientes a una comunidad diferente a la suya”…
El derecho a la identidad es el derecho, no únicamente a ejercer los puntos de intersección que nos definen como colectivo; es también, me atrevo a decir que fundamentalmente, el derecho a sostener un credo independiente, sin atentar contra los derechos o credos de los demás, que responde a mis inquietudes, expectativas y aspiraciones y, por credo me refiero a un paradigma global sobre el mundo, mi colectividad y mi papel en el; derecho que debe ser ejercido, sostenido y defendido por todos y cada uno, desterrando el calificativo de “infiel” sobre aquel que profesa una idea independiente, propia o diferente. (O)
“Habrá que reconocer que no hay un solo ser humano al que no pueda calificarse de “infiel” por un sectario”.