Cultura de la Paz

Cuando estudiaba Comunicación Social en la Universidad, en varias ocasiones analizamos -con justa preocupación- el hecho de que, ante la sobrecarga de imágenes violentas que aparecían de manera recurrente en medios de comunicación, progresivamente perdíamos nuestra capacidad para asombrarnos. Es así que la violencia se convirtió en un elemento de lo cotidiano, en un producto de consumo visual.
Lamentablemente, con el paso del tiempo la situación no ha hecho más que agravarse. Con el advenimiento de los nuevos medios y soportes digitales, y muy especialmente con las redes sociales, la violencia hoy no solo que se consume, sino que además se transmite, se comparte y hasta se comercializa.
Este escenario nos obliga a reflexionar. A repensar nuestro rol y accionar en el mundo; a empezar a hilvanar las diferentes circunstancias que nos llevaron a estar hoy, aquí, cuestionando o aceptando esta visible realidad. Los hechos obligan a que todos quienes nos incomodamos frente a lo que está pasando, pasemos a ser promotores permanentes de la cultura de la paz.
Una cultura de la paz que, en pocas palabras, se refiere a cultivar los valores, rechazar la violencia, promover el diálogo como herramienta para la solución de conflictos, enseñar las virtudes de una buena negociación y, ante todo, respetar los derechos de todos los seres humanos.
Una cultura de la paz que nos permita entender que así como la violencia nace en la mente de los seres humanos, es ahí mismo mismo en donde se debe cultivar el baluarte del respeto y la tolerancia. En definitiva, ese estado de equilibrio donde prima la libertad, el respeto y la solidaridad. Sin duda es una tarea compleja, pero muy alcanzable gracias al esfuerzo mancomunado de cada uno de nosotros.
El punto de partida: aprendamos a identificarnos en la diversidad humana, a respetarnos dentro de ella, a valorarla y desearla. Y es que esa variedad de personas e ideas, de trayectorias y propósitos, es la que enriquece nuestras vidas y la existencia de todos los grupos humanos. El respeto frente a ideales disímiles es la suprema prueba de civilidad.
El Mahatma Ghandi decía: “Quien sigue el camino de la verdad, no tropieza”. Pero esa verdad es la que subyace en los más profundo del ser; con honestidad, con ética y sobre todo con cariño. (O)

Cultura de la Paz

Cuando estudiaba Comunicación Social en la Universidad, en varias ocasiones analizamos -con justa preocupación- el hecho de que, ante la sobrecarga de imágenes violentas que aparecían de manera recurrente en medios de comunicación, progresivamente perdíamos nuestra capacidad para asombrarnos. Es así que la violencia se convirtió en un elemento de lo cotidiano, en un producto de consumo visual.
Lamentablemente, con el paso del tiempo la situación no ha hecho más que agravarse. Con el advenimiento de los nuevos medios y soportes digitales, y muy especialmente con las redes sociales, la violencia hoy no solo que se consume, sino que además se transmite, se comparte y hasta se comercializa.
Este escenario nos obliga a reflexionar. A repensar nuestro rol y accionar en el mundo; a empezar a hilvanar las diferentes circunstancias que nos llevaron a estar hoy, aquí, cuestionando o aceptando esta visible realidad. Los hechos obligan a que todos quienes nos incomodamos frente a lo que está pasando, pasemos a ser promotores permanentes de la cultura de la paz.
Una cultura de la paz que, en pocas palabras, se refiere a cultivar los valores, rechazar la violencia, promover el diálogo como herramienta para la solución de conflictos, enseñar las virtudes de una buena negociación y, ante todo, respetar los derechos de todos los seres humanos.
Una cultura de la paz que nos permita entender que así como la violencia nace en la mente de los seres humanos, es ahí mismo mismo en donde se debe cultivar el baluarte del respeto y la tolerancia. En definitiva, ese estado de equilibrio donde prima la libertad, el respeto y la solidaridad. Sin duda es una tarea compleja, pero muy alcanzable gracias al esfuerzo mancomunado de cada uno de nosotros.
El punto de partida: aprendamos a identificarnos en la diversidad humana, a respetarnos dentro de ella, a valorarla y desearla. Y es que esa variedad de personas e ideas, de trayectorias y propósitos, es la que enriquece nuestras vidas y la existencia de todos los grupos humanos. El respeto frente a ideales disímiles es la suprema prueba de civilidad.
El Mahatma Ghandi decía: “Quien sigue el camino de la verdad, no tropieza”. Pero esa verdad es la que subyace en los más profundo del ser; con honestidad, con ética y sobre todo con cariño. (O)